El alcohólico y su botella

El alcohólico y su botellaCrecimiento económico es igual a bienestar. Este es el mandamiento que rige nuestras sociedades. Quien lo ponga en duda pone en riesgo su crédito de persona sensata. Sin embargo, cada vez parece más claro que el crecimiento indefinido no sólo no aumenta nuestro bienestar sino que lo va minando de forma dramática. Un nuevo horizonte se impone y hacia él debemos empezar a caminar «mejor hoy que mañana».

Este es el resumen de la contraportada de un libro que acaba de aparecer en Alemania y cuyo título es Exit. Wohlstand ohne Wachstum (Salida. Bienestar sin crecimiento, Propyläen, 2010). Su autor se llama Meinhard Miegel y no es precisamente un joven verde ni un pensador que viva al margen de los circuitos finos del sistema político y económico. Antes al contrario, se trata de un hombre de 70 años que ha sido asesor de la Democracia Cristiana alemana y consejero de varias empresas relevantes en la economía de su país. Cuenta con esa formación tan típica -y envidiable- de los alemanes: empezó estudiando Música para aterrizar después en la Sociología, la Filosofía y el Derecho (es doctor por la Universidad de Fráncfort).

Este intelectual, vinculado a la derecha, es quien escribe que «gran parte del mundo -y a su cabeza los países tempranamente industrializados- dependen del crecimiento económico como los alcohólicos de la botella o los drogadictos de la aguja-. Avanzan ebrios por la historia apoyados en el bastón de una consigna que nadie disputa: «siempre adelante y siempre más». Las 300 páginas de su libro están dedicadas a demostrar lo peligroso de este modo de razonar partiendo de una constatación: nos ha llevado a una crisis «de burgueses que han cultivado un estilo de vida que está muy por encima de sus posibilidades y que han pretendido edificar un patrimonio sobre deudas». Es la crisis además de «las empresas que han vivido gracias al gotero de los bancos» y que de forma ingenua han creído en su imparable crecimiento. Pero es también la crisis de los propios banqueros, que han traficado de manera irresponsable con el dinero de sus clientes. Y la de los científicos, que han vendido sus hipótesis y creencias como verdades inconcusas. Y la de los sindicatos, que exigen y exigen sin tener en cuenta el contexto. Y es, en fin, la crisis de los políticos, que desde hace decenios actúan como si el crecimiento económico fuera algo inmanente y consustancial con nuestros genes y, que, atentos al día a día, no son capaces de contemplar un futuro que no pase por esa fantasía.

Todos ellos han tejido los hilos de una sociedad para cuyos miembros contraer deudas ha sido pura rutina y pagar los plazos puntualmente cortedad de miras propia de mentecatos que no ven más allá de sus narices. En ella ha regido la insensata invitación a una barra libre para todos y todas, el joven y el viejo, el nene y la nena. Gracias a los embelecos de unos y otros hemos cabalgado sobre un tigre sin saber en realidad lo que es un tigre ni cómo se las gasta este félido. A quien no ha participado de este jolgorio se le ha considerado sin más carne de cenobio o ha sido objeto de befa.

La pregunta que ahora se impone es: ¿se puede continuar así? De momento, parece que nadie está dispuesto a dejar de darle a la manivela, pues si se contemplan las medidas tomadas por los gobiernos, advertimos que han consistido en seguir derramando dinero: sobre los bancos, sobre la industria del automóvil, sobre la construcción de carreteras… Es decir, no se aprecia un esfuerzo destinado a empezar de nuevo, a imaginar otro mundo. Como mucho, a corregir algunos defectos o fallos de un sistema al que se reputa nimbado por la infalibilidad.

Una actitud reaccionaria que defienden quienes blasonan de izquierdismo y de esos otros ismos que en rigor no son sino el punto en el que se encuentran los caminos de la bobería y la bribonería. Pero además una actitud peligrosa, pues conduce a crisis futuras de mayores dimensiones. Adviértase que hasta ayer han sido los bancos y las empresas -y por supuesto los ciudadanos- los afectados; hoy, lo estamos viendo de forma dramática, son ya los mismos Estados los que se asoman a profundos abismos al fondo de los cuales les espera un espacio montaraz donde se ignora qué reglas estarán en vigor.

El autor parte de que el bienestar de unos pocos convive con la penuria de millones de seres humanos que miran el gran convite segregando los mismos jugos gástricos que segregaban los niños de los cuentos de Dickens cuando miraban los dulces de las pastelerías tras los cristales de sus escaparates. Esta injusticia no es posible mantenerla por razones éticas pero además porque, al vivir en un mundo globalizado en el que todos nos podemos ver las caras, resulta ya ineludible escapar de la maldita ecuación que liga el bienestar con el crecimiento económico ilimitado: en un mundo finito no es posible el crecimiento infinito. En la hora actual no se trata de crecer más sino de repartir mejor. De idear un plan nuevo de convivencia -más justo o menos feroz- entre los habitantes de una Tierra que no está hecha para acoger una industrialización como la que han vivido los países tempranamente industrializados, beneficiarios de una situación irrepetible: la que permitió servirse a discreción de los recursos naturales alojados en la panza benefactora y multípara de la Tierra y de sus mares.

Por ello la sociedad debe acabar con la religión del crecimiento y el bienestar que tantas víctimas propiciatorias exige a diario: seres humanos, animales, plantas, paisajes, ciudades, y hasta el sentido común arde en el pebetero de ese dios arrogante que es el crecimiento indefinido, concebido como única tabla salvadora de la humanidad. No olvidemos que estamos ante una religión que es monoteísta y que, por ello, no admite otros dioses que proyecten sobre los creyentes sus sombras de dudas.

Y sin embargo  hay que limpiar los altares de falsos ídolos. Hasta ahora el bienestar se ha medido tan solo con las cifras del Producto Interior Bruto, un despropósito que se asemeja al del médico que se empeña en medir la presión arterial con un termómetro. Si queremos interpretar la realidad más ajustadamente, preciso es saber que el aumento del bienestar material es crecimiento económico más descuento de todos los costes y daños que ese crecimiento ha causado en la Tierra. Por ello, en el futuro, el bienestar ha de ser algo distinto a la propiedad de bienes materiales y al disfrute de servicios comerciales. Seguir defendiendo los postulados tradicionales lleva a graves perturbaciones de la Tierra en su conjunto y en particular del hombre, de quien hace un ser intelectualmente pobre y -¿por qué no decirlo?- un poco mochales.

A partir de estas ideas se enhebran unas propuestas sugestivas que abarcan aspectos de la vida social como la construcción de las ciudades y la ordenación del territorio, el transporte, las nuevas formas de trabajar y de dejar de trabajar (jubilaciones), la necesidad de repensar el Estado social, el papel de la familia, los movimientos migratorios, la educación, el disfrute de la cultura…

Reflexiones estas de Miegel que no son nuevas, como sabe el lector avisado, pues conviven con una literatura abundante en la que figuran nombres -citados cálamo currente- como los de Dennis Meadows y Herbert Gruhl, entre otros muchos, y los de nuestros Carlos Taibo o, con otros acentos, Ignacio Sotelo. Compartiendo o combatiendo sus opiniones, es muy conveniente no perderlas de vista y recordar que, probablemente sin saberlo, se apoyan en la proclama que un hombre poco sospechoso, el padre del milagro alemán, Ludwig Erhard, hizo en 1965: «necesitamos un nuevo estilo de vida porque el crecimiento permanente carece de sentido…».

Sospecho que por este semillero de ideas transgresoras circulará el progreso de la sociedad. Muy lejos desde luego de las embaucadoras supercherías que nos quieren colocar los quincalleros de la progresía oficial.

Francisco Sosa Wagner

El Mundo (18.05.2010)

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