La tortilla y los huevos

¡Suerte!Se cuenta que, en sus primeros años de presidente del Gobierno, Zapatero citó en la Moncloa al filósofo Fernando Savater para convencerle de que las negociaciones del Gobierno con ETA llegarían a un buen fin. Al comprobar Zapatero que sus argumentos no habían convencido al filósofo, antes de despedirse le espetó: “Fernando, ten fe en mí, yo tengo mucha suerte y, al final, las cosas siempre me salen bien”. Savater, un descreído racionalista, abandonó el despacho presidencial alucinado: el país estaba en manos de alguien que, en último término, cuando no encontraba razones convincentes para justificar sus decisiones, apelaba a la fe, a su fortuna y al destino.

Si analizamos el modo de hacer política de Zapatero, esta confianza ciega en su buena suerte aparece como un elemento decisivo. Es evidente que la suerte –buena o mala– influye en la vida, también en la política. Ahora bien, aventurarse en exceso confiando sobre todo en tu buena fortuna es exponerse a un seguro fracaso final aunque hayas llegado a él de victoria en victoria. Si, además, este modo de hacer no sólo te compromete a ti mismo sino que pone en peligro intereses de los demás, no digamos ya de toda una nación, se está entrando en el terreno de la irresponsabilidad. Aquí ha llegado Zapatero.

No cabe duda de que el presidente del Gobierno tiene virtudes políticas, especialmente buena imagen, gran capacidad de comunicación y un sexto sentido para la táctica, para sortear en el límite situaciones complicadas. Le pierde, sin embargo, su escaso sentido de la estrategia a medio y largo plazo; el no saber adivinar la tercera derivada de sus actuaciones políticas; el meterse en terrenos que le conducen a nuevos problemas, más graves que los que intentaba evitar. Si Zapatero fuera un empresario podríamos decir que elabora malos productos aunque sabe venderlos bien, es bueno en la publicidad y malo en la fabricación. A la larga, o a la media, es evidente que un empresario así suspende pagos o va a la quiebra. Sin embargo, hasta que llega el momento puede cosechar éxitos espectaculares y, a pesar de andar con pies de barro, durante un tiempo puede seguir trampeando por peligrosas maromas hasta darse de bruces en el suelo.

Esta ha sido, me parece, la trayectoria de Zapatero en sus seis años de gobierno. En la primera legislatura obtuvo éxitos y fracasos notorios. Entre los primeros, la ley de matrimonios entre gais o el llamado divorcio exprés ampliaron ciertas libertades. También la ley de la Dependencia supuso un importante paso adelante en el terreno social, aunque no se calculara su financiación. Pero el intento de pactar con ETA constituyó un sonoro fracaso que suscitó desconfianza por la ingenuidad mostrada. Y peores consecuencias tuvo la aprobación del Estatut de Catalunya, apoyado por Zapatero debido a simples razones tácticas –el apoyo de CiU en el Congreso–, que después no se cumplieron y que mostró los peores defectos del presidente: jugar con las cosas fundamentales por intereses de partido y no calcular bien las consecuencias de sus actos, la tercera derivada a que antes nos referíamos. Ahí está todavía el Estatut varado en un tribunal al que se le ha servido –como era de prever, al no ser aprobado por consenso– una indigesta patata caliente que ha cuestionado su autoridad y prestigio y, aún peor, la legitimidad de la misma Constitución para resolver los problemas territoriales de España.

Pero donde el estilo Zapatero ha mostrado su máxima debilidad ha sido en no hacer frente a tiempo a la crisis económica. Todo empezó con dos gestos populistas e irresponsables: el cheque bebé y el regalo de los 400 euros. Con ello ganó unas elecciones, pero tardó varios meses en reconocer la grave crisis que todo el mundo preveía menos él. ¿Cómo puede sufrir tal desastre alguien con tanta suerte? Tras reconocer su gravedad cuando ya no tenía más remedio, no ha tomado medidas por miedo a perder popularidad. Pero la baraka a veces falla y en el semestre en el que debía dirigir la salida progresista de la crisis en Europa por una providencial confluencia astral, esa Europa que él no ha sabido presidir le ha exigido que cumpliera con sus deberes y adoptara las impopulares medidas que él no tomó a tiempo. Para mayor vergüenza, Barack Obama, su pretendida alma gemela en Estados Unidos, hizo una llamada telefónica para asegurarse de que ayer, en el Congreso, Zapatero no hiciera novillos. Peor final, imposible.

Tras este recorrido, el presidente sólo tiene dos salidas: o retirarse o dejar la adolescencia política y pasar a la mayoría de edad. Zapatero debe saber que para hacer una tortilla hay que romper antes los huevos. Gobernar es eso: no se puede ir de puntillas sin pisar un callo contentando a todos menos al PP. Hay que saber enfrentarte a tiempo con los tuyos si es preciso. Así lo hicieron Suárez, Felipe y Aznar. Gobernar no es sólo sonreír. Zapatero ha tenido seis años para aprenderlo. ¿Sacará las debidas conclusiones de las broncas que le han pegado estos días Obama, Sarkozy y Merkel? Quizás las medidas que ayer se atrevió a anunciar supongan el paso a esta mayoría de edad. De momento, su credibilidad está por los suelos.

Francesc de Carreras

La Vanguardia (13.05.2010)

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