Una dictadura blanca llamada Catalunya

Laporta borracho«Lo que hay ahora en Cataluña es una especie de dictadura blanca. De todos los funcionarios que han entrado en la Generalitat, a ver si hay alguno que no sea de Convergència. Las dictaduras blancas son más peligrosas que las rojas. La blanca no asesina, ni mata, ni mete a la gente en campos de concentración, pero se apodera del país, de este país. Un día u otro esto se acabará, supongo. ¿Y que se verán obligados a hacer los que vengan detrás? Pues tendrán que deshacer lo que estos de ahora han hecho, esta es la realidad.»

Lo que acaba usted de leer entrecomillado lo tecleé en castellano y se publicó en Madrid, pero lo dijo en catalán el presidente de la Generalitat, Josep Tarradellas, en julio de 1982, no mucho después de que Jordi Pujol le sucediera en el cargo. Era una entrevista extensa e iba a aparecer en el mensual Penthouse, revista «de sexo y cultura». Ya en talleres, fue «levantada», puenteando al director oficial, por el director ejecutivo y comisario político. Fue un primer indicio de lo que iba a ocurrir en Cataluña: o al servicio del Régimen o a las tinieblas exteriores.
Las palabras de Tarradellas reproducidas con fidelidad canina en mi entrevista fueron publicadas íntegras en Madrid, en Diario 16, que dirigía Pedro J. Ramírez y cuyo suplemento dominical (donde aparecieron el 15 de agosto) llevaba mi compañero y sin embargo amigo Manuel Hidalgo. En Barcelona se armó la de Dios es Cristo. Para entonces yo estaba en Cambridge por unos meses, pero hasta allí llegaron los ecos de la caza al periodista que se había organizado en Barcelona. No me detendré en ello (figura en mi libro Nada por la patria). Puedo sintetizarlo. De aquellos barros del siglo XX vinieron estos lodos del 21: resulta evidente no solo que Montilla es una nulidad intelectual comparado con Pujol, sino que el tripartito ha logrado empeorar a CiU y encima decir que es una coalición de izquierdas. Ahora Cataluña ya no es una dictadura blanca: es de facto un Estado totalitario insertado incomprensiblemente en una monarquía parlamentaria que forma parte de la Unión Europea (UE).
Probablemente lo más sensato será votar a Laporta, que propugna una Cataluña independiente que siga perteneciendo a la UE en tanto que Estado. La UE no admite estados no democráticos. No puede admitir por tanto a un estado que imponga como idioma vehicular único en la enseñanza pública la lengua de una minoría (el catalán) en detrimento de la lengua mayoritaria de sus ciudadanos (el castellano). Por tanto, el Estado catalán tendría que renunciar al monolingüismo en su vida pública. Votemos pues Laporta. O Carretero. O, si no hay más remedio, Anglada.
Ivan Tubau
El Mundo (10.05.2010)

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