El adiós de Vicky Harrison

Película: 'La soledad del corredor de fondo'Se llama mercado…, a los nacidos a finales del siglo XX les toca vivir la juventud como un drama

Ser joven se puede convertir en un  drama. Hasta ahora se interpretaba como una aventura, como algo que se refería a la vida y a la audacia de tenerlo todo por delante y acumular tan sólo las ganas de hacer cosas. No hacía falta pelear, bastaba con vivir y eso suponía cierta capacidad de decisión, de apuesta, incluso de riesgo. Por muy mal que estuviera todo, había un momento para decir adiós a muchas cosas, y asumir aquel tópico de que el futuro estaba al doblar la esquina y que nos esperaba. Luego venía otra edad y la melancolía, y hasta la convicción de que las equivocaciones no consentían ningún margen al arrepentimiento. Es decir, que daba igual, que arrepentirse o no importaba un carajo, porque la suerte estaba echada y las más pequeñas de nuestras ilusiones se habían transformado en errores y las grandes, ¡ay las grandes ilusiones! Pero nuestra vida fue nuestra. Huérfanos de casi todo menos de nuestra ambición.

El tiempo se ocupó de aquilatarla y así nos quedamos pequeños como éramos, medio ignorantes, achicados, conformes muchos con la circunstancia, frustrados casi siempre, y con un aire vago de haber desaprovechado las mejores oportunidades y haber escogido siempre, o casi, – ¡malditos los casi,de obligado cumplimiento a la excepción, allí donde no hay regla! – lo que queríamos o nos parecía más seguro. Somos, fuimos, la última o la penúltima generación de la voluntad de poder, probablemente.

Porque el poder a que nos referíamos no tenía nada que ver con el Estado, ni con las finanzas, ni con las ayudantías de cátedra con derecho a corrimientos de escala, ni siquiera con asesorar a los alcaldes. Poder era sencillamente decidirse por algo. Poder ser algo, por decirlo sin ninguna retórica. El que se quedó en empleado de banco, técnico electricista, redactor de anuncios por palabras o vendedor de ropa al por mayor podía haber hecho otra cosa de su vida y él lo sabe. Otro asunto es que se atreva a reconocerlo. Por eso quizá escribió el poeta aquellas cosas sobre los veinte años, y Rimbaud, y los amaneceres con algunos gozos y muchas sombras.

Eso fue antes. Ayer quizá. Hoy ser joven se ha convertido en un drama con muy escaso margen para la aventura. Lo digo contemplando la foto sonriente de Vicky Harrison, de 21 años, nacida en Darwen, en el condado de Lancashire, que dicen es lugar muy hermoso del noroeste de Inglaterra, y que hace apenas un mes se sentó ya bien entrada la noche en el sillón de la sala de estar, allí donde imagino habría un televisor encendido, esperó a que sus padres se acostaran y echó mano del frasco de pastillas. ¿Cómo lo hizo? ¿De tres en tres? ¿Ayudándose de una cerveza? Podría haber sido con limonada, pero frente a lo que la gente pueda creer, no da lo mismo. Porque morirse es el único acto humano que está demostrado que es irreversible, y aunque dure segundos, horas o días, no cabe decir nunca que es irreflexivo. Uno se mata porque ha llegado a la conclusión de que no merece la pena seguir viviendo, y es un derecho inalienable de la persona humana. Es el único derecho que ha tenido la humanidad desde siempre y que nunca ha sido incluido en ninguna legislación, que yo sepa.

Hubiera querido saber más de Vicky Harrison, porque los suicidas, tengan ochenta años o dieciséis, acumulan mucha vida. Según sus padres, que la encontraron a la mañana, muerta, medio volcada en el sillón, acababa de recibir el rechazo número doscientos a su solicitud de un trabajo. Lo había intentado todo, desde lo que mejor se adaptaba a sus inclinaciones hasta lo más servil. Supongamos que el padre exagera, que no fueron doscientos, sino ciento cincuenta, o cien. ¿Cuántos currículos enviados? ¿Cuántas entrevistas? Deberíamos describir con sumo detalle, pregunta a pregunta, los interrogatorios a los que se somete un aspirante a un puesto laboral. Esos tests elaborados por equipos de expertos en maldades y dobles sentidos, auténticos canallas del gremio de la psicología, dedicados a detectar cualquier asomo de personalidad como demérito. ¿Quién no ha escuchado impertérrito que alguien le ha dicho a un joven que ese puesto que desea cubrir está muy por debajo de su currículo? Como si se tratara de un mercado de esclavos donde no tiene cabida ninguna persona libre. Cuanto más libre más condenada a no encontrar trabajo. Sin percatarse, abolieron la lucha de clases para volver a un estado anterior, donde Espartaco al fin y al cabo apenas fue una novela que ya nadie lee, un ballet difícil de ver y una película que se puede comprar en DVD.

Importan los detalles. Siempre. La última carta de rechazo, la que hacía cien o doscientas, era de una guardería. Todo un filón para el sarcástico juego de las metáforas sobre la infancia y la muerte. ¿Llegaron a entrevistarla? ¿Qué le preguntaron? ¿Si era capaz de tener la paciencia de Job y sobrevivir en un arca de Noé llena de niños? O más bien le preguntaron si aguantaría jornadas de doce horas. Incluso podrían haberle dicho qué le parecía trabajar un mes a prueba, sin cobrar, para saber de su aptitud para el puesto. No sería la primera vez. A eso ahora se denomina “limitaciones del mercado laboral”. Pero aunque sea el último, la guardería no es más que un incidente. Lo que importa es la serie, el encadenamiento de circunstancias que la van encerrando hasta quedar sola en un sillón, escribir tres cartas de despedida e irse liquidando el frasco de pastillas. Eso lleva tiempo, una eternidad de sufrimiento que va más allá de los doscientos rechazos laborales. En la postal que le dejó a su novio aseguran que sólo hay una frase. “No quiero seguir siendo yo misma”. No sé si es una mala traducción del inglés, pero basta. ¿Qué había sido Vicky Harrison para querer dejar de ser ella? Estudiante brillante, decidió marchar a Londres para seguir una carrera de Medios de Comunicación. Cubrió el primer año pero se desencantó y volvió a Darwen para hacerse maestra. Con un padre carpintero y una madre discapacitada, necesitaba algo para tirar adelante. Lo intentó pero fracasó. ¿Fracasó? No sé muy bien cómo se puede escribir que alguien fracasó cuando no ha tenido ni la posibilidad de intentarlo. Probablemente si en vez de ser una chica fuera un chaval tendría alguna posibilidad de conseguirse algún dinero en los márgenes del mercado laboral. El menudeo, por ejemplo. ¿Cuántos adolescentes que hoy trapichean con maría o tripis serán mañana afamados hombres de negocios? Nadie pregunta ya a nadie cómo hizo sus primeros cien mil euros.

Parece tal que si fuera un destino, y resulta que se llama mercado. A los nacidos en las décadas  finales del siglo XX les toca vivir la juventud como un drama. El hecho de que muchos lo hayan interpretado como si se tratara de una comedia no resta fuerza a la brutalidad. El fallecimiento reciente del novelista Alan Sillitoe me ha traído a la memoria no sólo la generación aquella de los cincuenta, los jóvenes airados, según la traducción libérrima que hicimos de angry young men, y muy especialmente a un personaje protagonista de La soledad del corredor de fondo. Apenas una evocación en la memoria de aquel libro que contaba la historia de un delincuente de poca monta de similar edad, país y clase social que Vicky Harrison. Un chaval que siempre imaginaré con el aspecto del entonces joven actor Tom Courtenay, en una interpretación colosal en la película del mismo título que hizo otro airado de la época, Tony Richardson. Pero aquel adolescente que se hacía llamar Colin Smith acumulaba tal resentimiento que fue capaz de rebelarse de la manera más directa posible, más espectacular y ostentosa, dejando en ridículo al poder y exhibiendo su superioridad en una competición que no era la suya.

De aquella película que vi hace muchos años, nunca olvidaré el travelling final del corredor de fondo que era Courtenay-Smith. Una mezcla de gesto de rebelión y de corte de manga a la sociedad de los que mandan. Quizá ahí esté la diferencia con el desolador adiós de Vicky Harrison.

O quizá no, y hoy un Alan Sillitoe, o un Tony Richardson de ahora mismo, contarían cómo el protagonista de La soledad del corredor de fondo es el mismo personaje, envejecido ya, pero estirado y pulcro, que les controla los tests que no han de aprobar.

Gregorio Morán

La Vanguardia (8.05.2010)

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