Final de trayecto

Final de trayectoSe acaba una época y habrá que volver a empezar sin lunas y sin lunáticos

La suerte está echada. Salvo milagro todo apunta a que la odiseica aventura del Estatut acabará de la peor manera posible: los magistrados corren –ahora, sí, raudos y veloces– hacia la reforma judicial de la Constitución. ¿Sabemos por qué la desdichada aventura neoestatutaria catalana ha levantado tantas ampollas, ha causado tan radicales desencuentros, ha provocado tantos disgustos? Lo sabemos.

Es evidente que Aznar y su idea de la segunda transición tensaron las cuerdas hasta el punto de suscitar una reacción visceral en amplios segmentos de la sociedad catalana. También es evidente que Catalunya necesitaba para hacer frente a sus necesidades, un nuevo instrumento legal de autogobierno y, muy especialmente, mejor financiación. Es evidente, asimismo, que el camino escogido era escrupulosamente legal (y opuesto, por cierto, al que en su momento recorrió Ibarretxe, lo que hace muy incomprensible la agresividad crítica de los sectores más razonables de la cultura política española).

Pero la aventura del Estatut evidenció desde el primer momento un pecado original: cada uno de los partidos catalanistas se lanzó a esta aventura, más que para responder a unas necesidades objetivas catalanas, con una obscena pretensión táctica: dejar al rival en fuera de juego. De ahí la subasta, iniciada en el Parlament, hacia propuestas casi confederales. Unas propuestas que estaban muy lejos, no sé si de la Constitución, pero sí de la realidad. La luna sólo la pueden pedir los que no tienen responsabilidad política. La luna es para los lunáticos y los soñadores.

Si la apuesta catalana rayaba en el delirio, la respuesta de la sociedad española rayó en la xenofobia. Aquel proceso culminó con una sociedad catalana desconcertada, hastiada, despegada de sus representantes. Pero la simiente de cizaña ya estaba sembrada en el resto de España y dio cohesión a un segmento muy amplio y transversal de la españolidad: el que va del neofranquismo al fernandosavaterismo (del que el magistrado Aragón es equivalente judicial). Eso pasó hace ya cuatro años. Entonces yo recordé una anécdota que cuenta Montaigne, quien, durante la guerra de religión francesa del siglo XVI, no quiso fortificar su castillo del Périgord a pesar de que todos sus vecinos lo hacían. “Se equivoca el gentilhombre al hacer gala de su estado de defensa, si no lo está del todo. Quien tiene un lado descubierto, los tiene todos”. Tampoco quiso Montaigne alquilar soldados. Sus vecinos sí lo hicieron. Todos los castillos fueron destrozados menos el suyo: “Toda guardia lleva rostro de guerra. Que se lance quienquiera, si lo quiere Dios, contra mí; pero en ningún caso seré yo quien lo llame”. No saben cómo lamento que Montaigne tuviera razón sobre el Estatut. Pero ya basta de lamentos. Aquella aventura termina ahora. Muy tristemente, se acaba una época. Habrá que volver a empezar. Y se hará sin lunas; y sin lunáticos.

Antoni Puigverd

La Vanguardia (30.04.2010)

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