Entre las víctimas no hay clases

Foto: LEONARD BEARDNo se entiende que la derecha que se movilizó contra la violencia de ETA se vuelva ahora contra Garzón

La decisión del Tribunal Supremo de sentar en el banquillo al juez Baltasar Garzón está teniendo el efecto de una piedra lanzada en un estanque que parecía tranquilo. De repente, las aguas mansas se tornan bravas y afloran actitudes que nos devuelven a un pasado maldito que creíamos superado, pero que solo estaba adormilado.

María Zambrano escribió en 1961 una Carta sobre el exilio, dirigida a los jóvenes antifranquistas de la época que querían acabar con la dictadura y construir una España moderna archivando el pasado. Zambrano les decía que así podrían lograr algún consenso superficial entre los nacidos después de la guerra, pero no la reconciliación. Algo de eso está ocurriendo hoy. Ha bastado que un juez ose abrir la causa del franquismo para juzgar los delitos pendientes para que se disparen las alarmas.

Sabíamos que había un franquismo sociológico que sobrevivía en lugares estratégicos como el Ejército, la universidad o la judicatura. Lógico, entonces, que intenten ajusticiar al juez que quería destapar el tarro de las barbaridades franquistas. Pero lo que no sospechábamos era que ese pasado ofuscara muchas mentes bienintencionadas. Me refiero a quienes han mostrado tanta sensibilidad por las víctimas del terrorismo y no muestran ninguna por las del franquismo. Algo no funciona aquí cuando se mide la significación de la víctima por la ideología de quien la recuerda.

Víctimas hay de muchos tipos: del terrorismo, de la guerra, del fascismo, del estalinismo o sencillamente de la carretera. Lo que tienen en común es que son inocentes. Víctima no es el que sufre, sino el que sufre inmerecidamente porque es inocente. En el filme Juicio de Núremberg se ve cómo sufrían algunos de esos dirigentes nazis vencidos y encarcelados. Sufren igualmente los etarras en la cárcel y sus familiares, pero no son víctimas porque su sufrimiento es el resultado de actos libres que son delitos. Todo sufrimiento humano, aunque sea culpable, merece un respeto y convoca la solidaridad del ser humano, pero hay que distinguir bien entre la víctima y el verdugo.

Víctimas puede haber en cualquier campo ideológico. Las hubo entre los judíos y entre los alemanes; en el bando republicano y en el franquista. ETA ha producido víctimas y también el GAL. El hecho de ser víctima no tiene que ver con la ideología que tuviera ella ni con la del verdugo, sino con la violencia sufrida siendo inocente. La significación moral de la víctima está en el hecho de ser víctima y no en lo que pensara. Esto no quiere decir que todas las ideologías sean lo mismo o que valga lo mismo defender la causa republicana que la fascista. Nada de eso. Pero el debate ideológico tiene lugar en otro negociado que no es el de las víctimas. Hace un año El Follonero juntó en Belchite a dos ancianos que habían luchado en bandos opuestos. El franquista aclaró la diferencia ideológica: «Los republicanos luchaban con fe. Tenían ideales: el bienestar del mundo. Nosotros, por el bienestar de unos cuantos». No es lo mismo luchar por el bienestar de los obreros que por el de los terratenientes, pero aquí lo decisivo es el tipo de violencia sufrida: ¿justa o injustamente?.

Precisamente por esto no se entiende que la derecha que supo movilizarse por las víctimas del terrorismo etarra, llenando las calles, las páginas de algunos periódicos y la boca de políticos conservadores, se vuelva contra el juez que persiguió los crímenes etarras y quiere ahora hacer justicia a las víctimas del franquismo. Todas son víctimas, todas merecen justicia. La justicia a las víctimas del terror consiste en reparar los daños reparables y hacer memoria de lo irreparable. La justicia a las víctimas del franquismo se sustancia en algo tan simple como identificar los restos que yacen en una fosa común o en una cuneta de la historia y darles digna sepultura; revisar los juicios sumarísimos que eran una farsa; devolverles su buen nombre y hasta sus bienes… ¿Por qué lo que parece tan de sentido común en el caso del terrorismo etarra no lo es en el del franquismo? ¿por qué parece tan justo retirar el nombre de una calle dedicada a un etarra y parece un sacrilegio quitar la placa de los «caídos por Dios y por España» en el pórtico de una iglesia?

Esta doble vara de medir no anuncia nada bueno para las víctimas, porque si subordinamos el respeto a las víctimas por el color ideológico, en el fondo las estamos utilizando en provecho de los nuestros. Explotamos su sufrimiento en favor de nuestros intereses, y eso es como una segunda muerte, perpetrada esta vez por los propios feudos.

El franquismo está vivo. Solo así se explica la sinrazón de que los argumentos que defienden el fiscal y algunos magistrados de la Audiencia Nacional sean tachados de prevaricación cuando los maneja Garzón. ¿Habría que considerar prevaricadores al fiscal y a esos magistrados? ¿Por qué el Supremo se ha arriesgado con un argumentario que ha producido el pasmo internacional? En Cien años de soledad se dice que los habitantes de Macondo nacían apestados, víctimas de la peste del olvido. En nuestro caso habría que hablar de una severa ceguera ideológica.

Reyes Mate, Filósofo e investigador del CSIC

El Periódico (29.04.2010)

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