Catalunya después de ETA

ARNAL BALLESTER Es grave que formaciones de claro origen democrático asuman de forma pasiva discursos excluyentes

No se puede comparar ningún movimiento nacionalista catalán con ETA, salvo aquel amago que venturosamente se encargó de liquidar Jordi Pujol, que se llamaba Terra Lliure. Pero es pertinente hablar de algunas cosas, ahora que se vislumbra el final de la organización terrorista: quizá no su final definitivo, sino su final en el sentido de que la política vasca ya no va a estar definida en relación con la actividad de los bandoleros. La idea me surge después de haber leído un espléndido artículo de Joseba Arregui que es, para quienes no lo sepan, uno de los mejores analistas del fenómeno de la violencia nacionalista en Euskadi.

¿Por qué hablar de Catalunya? Yo creo que la razón es sencilla: hemos estado años hablando del nacionalismo influidos por la existencia de la banda, y dejando que el listón de las exigencias democráticas bajara hasta niveles en algún momento insoportables.

Sigamos por un momento en el País Vasco: numerosas intervenciones de Xabier Arzalluz habrían sido imposibles de digerir en una situación distinta a la que vivimos durante los momentos más brillantes de la acción de ETA. Arzalluz era sostenible porque él no mandaba matar y porque, a buen seguro, no estaba a favor de que se matara. Pero eso no habría bastado, en circunstancias distintas, para soportar su discurso xenófobo, etnicista y cercano a la ideología nazi.

El asunto es que, igual que con Arzalluz, nos hemos ido tragando todos, con soberana serenidad, otros discursos que tienen mucho que ver con lo mismo. Y ahora, con las próximas convocatorias electorales, se van a establecer alianzas que exigen definiciones.

Desde luego que no me refiero a CiU, que es un partido, o suma de partidos, que tiene por base ideológica algo que no comparto en absoluto, pero que respeto. Son gentes que están en la democracia y que, con raras excepciones, no incurren en discursos fascistoides. Unos son independentistas y otros autonomistas, pero todos ellos me permitirían vivir en Catalunya aunque discrepe de sus objetivos.

Pero no me parece sensato que se sostenga una actitud de comprensión o tolerancia, o como queramos llamarlo, ante el discurso, no demasiado violento (tan no violento como el del PNV radical), pero excluyente, que empapa muchas de las actitudes de militantes de otras formaciones.

Porque lo que hasta ahora nos ha permitido a muchos aguantar ese discurso es que no tuviera derivaciones armadas, o demasiado violentas.

La vida diaria en Catalunya está marcada por una soterrada tensión que se basa en una idea de la política influida por las concepciones de un ambiente político que pretende llegar a los faldones de Convergència, a veces con éxito, y que consisten esencialmente en un rechazo de los otros, de los llamados españoles. En algunos casos se trata de estupideces aparentes, como la exitosa liquidación del toro de Osborne de los solares patrios.

En otros casos, se trata de algo más serio: la erradicación de las aulas de algunas universidades de cualquier atisbo de españolismo, que incluye tildar de fascista a gente como Fernando Savater, Jon Juaristi, Arcadi Espada o Rosa Díez.

En alguna universidad de Catalunya no puede hablar, sin llevar protección, un demócrata que se la juega todos los días como Antonio Basagoiti, pero sí puede hacerlo, envuelto en mimos y aplausos, un colaborador de los asesinos como Arnaldo Otegi. Parece una provocación que inaugure las fiestas de la Mercè la escritora Elvira Lindo, y ha sido muy costoso que se invitara a hacerlo a Jaume Sisa.

Lo grave no es que haya un ámbito social desde cuyas filas se propicie, más o menos abiertamente, semejante cosa (que es grave), sino que su discurso se convierta en un discurso que otras formaciones de claro origen democrático asumen de forma pasiva, para no quedarse a la retaguardia del progresismo nacional.

Y se producen hechos tan absurdos como el que la gestión de un aeropuerto lleve a una discusión identitaria, desplazando su carácter democrático o administrativo. Con la más que razonable demanda sobre las balanzas fiscales ha pasado lo mismo.

La desaparición política de ETA nos va a complicar la vida, entre otras cosas porque, como señala Joseba Arregi, hay que gestionar no solo su último papel, sino todo lo que ha significado durante muchos años. Pero nos la va a simplificar en otros terrenos, como, por ejemplo, el de poner a muchos en su sitio. A los que no han optado por la violencia extrema, pero practican cada día un discurso xenófobo que se soporta solo porque no pregona la muerte de los otros; que se conforma con que vayan al destierro o callen una de sus lenguas.

Tropelías como la de la piadosa gestión con ETA para que no matara en Catalunya han pasado como si tal cosa, como si no significaran el rechazo a los otros que está en los catálogos de la Europa de la posguerra, la que tomó conciencia de sí misma después de los campos de exterminio.

Jorge M. Reverte, Periodista.

El Periódico (2404.2010

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