Yo no querría esa calle

Pepín Vidal BeneytoQue cada cual tenga sus calles, sus parques y sus propios mataderos, pero separados en el bando

Es terrible cómo se van muriendo las palabras. Algunas palabras que fueron nuestras y de pronto van desapareciendo de nuestro mundo y se van quedando ahí, arrinconadas. Hace ya muchos años, y aquí mismo, dediqué una necrológica a las entrañables palabras que habían pasado a mejor vida. Nunca pensé que lo mismo podía ocurrir con los nombres. Gentes que fueron mucho para nosotros, de esos que podrían tener su apellido grabado en el muro de los historiadores, ese Muro de las Lamentaciones para generaciones olvidadizas. Y resulta que no, que los nombres se mueren igual que algunas palabras, y que además es por lo mismo, porque su tiempo pasó y ellos mismos no quisieron ejercer la indignidad de molestar, esa grosería al uso de redactores de memorias, ególatras sin gracia ni gracejo.

Pero es verdad, los nombres que han hecho historia desaparecen como algunas antiguas palabras. De no pronunciarse se olvidan, y al final, cuando mueren de verdad, apenas si les echan una necrológica, casi siempre torpe y desvaída, redactada por gente carente de todo, incluso de oficio y curiosidad intelectual. Y así resulta que acabo de enterarme de que murió Carlos Franqui, y como llevo tiempo fuera de España y soy un internauta incompetente no acierto a comprobarlo en toda su magnitud. ¿De verdad se murió Carlos Franqui? ¿Y nadie le dedicó un artículo? ¡Pero si él fue motivo de páginas enteras durante años, dándole vueltas a Camilo, a Ernesto, a Fidel, a los doce de la revolución cubana! Fue el primero, que yo recuerde, que nos acercó a las claves que no queríamos ver. El primero en ser acusado de gusano y agente de la CIA, ahora que todo el mundo es tan lúcido como desvergonzado, y hasta el poeta manchego Félix Grande marca sus distancias con Julio Cortázar. ¡Tiempo de jetas e impostores! De los supervivientes será el reino de la historia.

Me sucedió también con Eduardo Navarro. Ahora que cualquier simple habla de Suárez como si hubiera nacido en Cebreros y compartido despacho en la calle Antonio Maura, resulta que se murió aquel que sabía, el depositario de todos los secretos, el hombre que había hecho tantos discursos, informes, conspiraciones, como ningún otro de la transición. Incluido Rodolfo Martín Villa, que al final será el gran historiador. Porque el último superviviente, el que aguante, el que los vaya enterrando a todos tendrá el supremo derecho a escribir la última palabra. Y nadie dirá Martín Villa dixit, sino la historia ha sentenciado.

Y este largo exordio es para llegar a la doble noticia de que ha muerto Pepín Vidal Beneyto y que la alcaldía de Madrid dedica a su memoria una calle. Una a él y otra a Jaime Capmany. Demasiado volumen de noticia para digerirla de una sentada. ¿Cuánto tardará en desaparecer de la historia Pepín Vidal? (Nunca oí a nadie que le llamara José; todo lo más, irónicamente, Pepén,como una i pronunciada a la francesa). A tenor de los escasos artículos necrológicos, su muerte física anuncia la definitiva de la historia. Y sin embargo, Pepín Vidal Beneyto fue una figura muy importante en el mundo intelectual del antifranquismo y la transición; menos de lo que su inagotable vanidad creía, pero bastante más de lo que sus adversarios hubieran tenido a gala atribuirle.

No estimo en mucho la obra intelectual de Vidal Beneyto, esa manía suya por estar al tanto de la última moda París-Berkeley, pero me quito el sombrero y debería destocarse toda mi generación hasta las postrimerías de ella, que llegan a hoy mismo, ante su figura humana. Mi admiración ante el agitador intelectual que había en él, su audacia, su resolución, su inagotable entusiasmo por las causas más perdidas, pero siempre dignas. Algo de Blasco Ibáñez habitaba en su personalidad; aires levantinos, quizá. Los ricos no se meten en líos, y si alguna vez lo hacen es porque quieren aumentar su patrimonio. No fue el caso de Pepín Vidal, que era rico y no se hizo más por eso.

De la naturaleza de su ambición intelectual y social dice mucho que empezara siendo secretario de un hombre como Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. El resto será una mezcla de Blasco Ibáñez en lo levantino, de Garibaldi en la radicalidad y de jacobino en su pasión por el poder y la conspiración permanente. Pocos como él podían explicar el contubernio de Munich de 1962 y la insólita aventura de crear la primera universidad independiente de la historia de la dictadura – CEISA, que clausuró el estado de excepción de enero de 1969 -, y luego los diversos conciliábulos que llevaron no sólo a la Junta Democrática, sino a las negociaciones entre esa junta y don Juan de Borbón; las bambalinas que manejaba de buena mañana el abogado García Trevijano y que se venían abajo al anochecer, que para eso estaba allí el gran jubilado don Pedro Sainz Rodríguez, auténtico rey de la noche, desbordante bebedor y exquisito pornógrafo.

Es pena que a Pepín Vidal le perdiera la parte menos suntuosa de su personalidad; su afán por dejar sentada una obra teórica en vez de contar la parte práctica de una vida brillante y desmesurada. La especie de memorias que escribió son tan sosas como las de un catedrático de latín en un instituto de Palencia. A su obra teórica la mató el síndrome del académico: ¡que nadie piense que no sé! Y así resulta que sus libros son centones de citas y padecen de elefantiasis erudita. Pero su obra de activista intelectual no; todo lo contrario. Era un agitador entusiasta y divertido. Para buscar esa veta e incorporarla a un libro que preparo sobre la España intelectual de los años del cólera, charlamos algo por teléfono y quedamos citados en París, tal que los mismos días que lo ingresaron. Me lo quitó la parca, que diría un mal poeta levantino.

Y ahora resulta que el Ayuntamiento de Madrid ha decidido concederle una calle a este personaje que bien merecería una avenida, y si me es permitido sugerirlo en lugar tan controvertido como el barrio valenciano del Cabanyal. Pero por eso de las compensaciones políticas que hace extraños compañeros no ya de cama sino de nicho, le van a dedicar otro tanto a un tipejo que murió hace ya algunos años, y que ya conoce póstumas gracias en plazas y homenajes, el murciano Jaime Capmany, cuyo nombre toda una porción de ciudadanos españoles no pronunciamos sin ese desprecio que se otorga a la basura periodística. Como aún es el día que no entiendo que gentes supuestamente leídas se hagan mieles de la “prosa de Paco Umbral”, que siempre me pareció pluma entre avestruz y ganso, menos aún entiendo que las columnas biliosas, corruptas y  bien remuneradas de Jaime Capmany tuvieran algún interés dentro de la prosa periodística.

Porque uno puede ser un canalla – como lo fue con reiteración y cierta alevosía el tal Capmany – y un gran escritor. Es uno de esos extraños fenómenos entre paradójicos y perversos que consienten la naturaleza y el arte. Por eso me parece fuera de lugar oponerse a un homenaje a Agustín de Foxá, escritor notable y persona decente por otra parte. Ni siquiera diré nada a que bauticen con el nombre de Jaime Capmany una plaza, una calle o un matadero municipal, aun sabiendo lo sucio y vil que fue, no sólo durante su etapa como director del falangista Arriba, sino jaleando a los asesinos de Salvador Allende y cobrando suntuosas cantidades por elogiar a los militares golpistas argentinos durante los Mundiales de fútbol, periodo que conocí de primera mano y que constituyó la primera empresa española compradora de periodistas, que tuvo por mal nombre Ageurop. En puridad, deberíamos decir la tercera, porque en España, y hasta hoy mismo, la primera empresa compradora de periodistas es el Estado, seguido de las comunidades autónomas.

Por eso, y por mucho más, que cada cual tenga sus calles, sus parques y sus propios mataderos, pero separados en el bando. Sin mezclar en los decretos, que no es lo mismo haber estado en Munich allá por el 62, defendiendo la democracia para España, que escribir editoriales llamando a que los fusilaran a su vuelta. ¿O sí?

Si fuera que sí, yo propondría que sortearan las calles. Oque les pusieran números, como en América.

Gregorio Morán

La Vanguardia (24.04.2010)

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