Mendicidades urbanas

Mendicidades urbanasEl de la mendicidad es un largo y tortuoso camino que pasa por la piedad y la pena hasta llegar al chantaje social

El joven estaba colocado junto a a escalera mecánica que hacía de paso obligado para salir del metro. Su edad pasaría de los veinte años, pero sin excesos. Vestido correctamente, con la camisa abierta y una cazadora discreta, azulenca. La mirada algo ida, como de quien espera pocas novedades y está un poco aburrido de su propia historia. Estatura mediana, ligeramente echado hacia delante. Quizá el rasgo más singular de su aspecto fuera una discreta perilla, casi un bozo perfilado que le resaltaba el rostro, otorgándole un aire de efebo con experiencia de gustar. A sus pies un cartel, claro y rotundo, de aspirante a mendigo: “Si no me ayudan, tendré que prostituirme”.

Me quedé mirándole tan intensamente que me hubiera gustado ser de aquellos fotógrafos antiguos que hacían retratos con una máquina pesada y trípode, y que se echaban sobre la cabeza un trapo a modo de capucha antes de hacer una señal con la mano y avisar de que salía el pajarito. Una foto de época, de la nuestra. Un veinteañero, a la puerta interior de un metro, en una capital del mundo desarrollado, nos amenaza con prostituirse si no le echamos unas monedas en el cuenco que nos ha puesto delante.

Llevo semanas dándole vueltas a esa misma escena. Nunca se me hubiera ocurrido pensar que un chaval echara sobre mí la responsabilidad de ejercer de puto si no le daba una limosna. ¿Limosna? Una de esas palabras moribundas de un tiempo que creíamos ido. Nadie admitiría hoy que le diéramos una limosna; todo lo más asumiría que le concediéramos una ayuda. Y sin embargo es lo mismo, sólo ha cambiado el lenguaje; pero si cambia el lenguaje es que algo ha sucedido que obliga a variar el significado. Si las cosas no cambian y las palabras sí, es que alguien nos está engañando. La lógica común confirma que si yo presto ayuda a una persona es porque no se trata de un mendigo, porque a los mendigos se les daba una limosna, no una ayuda. ¿Pero cómo podría ser un mendigo quien tiene la posibilidad de prostituirse?

En una sociedad abierta, a todo el mundo le cabe la posibilidad de prostituirse y además no se trata sólo de una posibilidad entre mil, sino de la forma más eficaz de colocarse en un mercado altamente competitivo. Pero es menester entender que el puto involuntario que me responsabiliza de su mal oficio no es algo intelectual ni de conciencia, sino algo tangible y físico, y degradante, como la prostitución. ¿Alguien se imagina a una joven con un cartel donde precisara que si no la ayudaban debería “hacer la calle”? Se entendería como un llamamiento indirecto a la prostitución, y con toda probabilidad habría un enjambre de tipos dispuestos a llenarle cuantos cuencos hiciera falta.

Los mendigos son retratos sociales, evidentes por exhibicionistas, pero bastante más complejos de lo que creemos, y por eso nos dan cierta aprensión y nos resistimos a analizarlos. ¿En qué se diferencian los mendigos de nuestra infancia, que exhibían sus llagas y amputaciones, de los que hoy aparecen con un cartel advirtiéndome que volverán a la prostitución si yo no les ayudo, es decir, que conocen ese oficio, y que apelan a mi piedad y sobre todo a mi pretendida buena conciencia? Exactamente igual que ocurría con el tullido de las puertas de las iglesias de antaño.

El hombre o mujer que se disfraza en la Rambla de la primera idiotez que se le ocurre, pensando siempre en el efecto que tendrá en el turista, ¿es un mendigo o un artista? Está claro que empezaron siendo mendigos y acabaron en la creencia de ser artistas, algo bastante más común de lo que la gente cree. (Yo conozco un buen montón de personal que está permanentemente ordeñando la teta institucional, pedigüeños de la subvención, que ejercen de creativos, cuando la realidad es que se trata de mendigos, por más que gocen de un tren de vida excepcional). Refiriéndome a ese espectáculo patético-festivo de las esculturas humanas de la Rambla barcelonesa hay una diferencia notable entre aquel honrado mendigo, ya fallecido, que hacía de gallina yque no engañaba a nadie – sencillamente llamaba la atención ante su pobreza-,frente a las malas artes del mendigo desvergonzado que se disfraza de Che Guevara, de cowboy John Wayne o de hada madrina con angelito. Es el tránsito mendaz del mendigo al artista.

Un principio societario no recogido en la Constitución pero de plena vigencia dice que cada uno se gana la vida como puede, lo cual contribuye a las más variadas experiencias. La mendicidad urbana es una de ellas. Urbana se traduce en exhibicionista, en lo que tiene la ciudad de espectáculo. La mendicidad oculta, ese otro flagelo de la crisis, no tiene nada que ver con esto; es otro capítulo de un drama que se vive puertas adentro. Yo me estoy refiriendo a lo que se exhibe, a ese juego de la desvergüenza entre el que se anuncia y el que lee atentamente el aviso, para dar paso a la comprensión en forma de propina o de sonrisa. Aún me admira que no hayamos festejado a Aena con un clamoroso pateo por su gesto de desmontar los bancos de la terminal 2 del aeropuerto de El Prat para que no puedan usarlos los mendigos.

Constituye una aportación de envergadura universal a la posmodernidad. Si no tienen bancos donde instalarse, dejará de haber mendigos permanentes en El Prat. Hace décadas nos hubiéramos preguntado quiénes eran los mendigos para evitar que se pusieran en El Prat, pero hoy es más sencillo. Si no hay bancos, no hay mendigos visibles. La miseria se explica ahora como antaño la energía; ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Si usted se disfraza de escultura, plantea una cuestión cultural – ¿son arte las figuras humanas?-,no un problema social descarnado. Soy un artista y además cumplo con el sagrado deber de un horario. Entre maquillaje, atrezo y posado, ocho horas al día, con pausa para almorzar.

No sé si alguien ha escrito ya una historia de la mendicidad, seguro que sí, aunque yo la desconozca. Para la gente de cierta edad la experiencia mendicante ha hollado nuestras vidas. Porque siempre hemos vivido rodeados de mendigos. Cambiaban las formas, no lo contenidos. Recuerdo que mi madre no podía soportar que al dar una limosna le respondieran con un escueto “gracias”; ella exigía un “Dios se lo pague”. En esa sencilla diferencia hay dos concepciones del mundo. Una, moderna: el ciudadano “gracias”. La otra, arcaica: “Dios tiene memoria”. Ahora nos han cambiado el lenguaje y estamos en la “ayuda” como metáfora de la posmodernidad. Sólo la necesidad es parecida, pero las formas de manifestarla han cambiado porque ha cambiado el poder.

Tuvo su momento de éxito el mendigo con animales. En España, donde los animales, fuera cual fuera su número de patas, eran maltratados, la aparición de un mendigo cual Francisco de Asís, rodeado de perros drogatas y gatos fumados, causaba sensación. Pero la fórmula caducó porque la gente se acostumbró a tener animales domésticos y a tratarlos mejor, por más que sigan cagando en la calle sin remisión, que para eso tienen dueño o dueña arrogante, jactanciosos de pagar sus impuestos al ayuntamiento. La presunta guardería canina mendicante perdió su encanto. Ahora llega el chantaje social. Ome ayuda o me hago chapero, o camello, o tironero. Oficios bajos, sin cualificación profesional, para los que sirve cualquiera, al parecer. Basta con no ayudarle, para profesionalizarse. Sería imaginable un tipo de cuerpo entero, con traje cruzado y un diente de oro, con puesto fijo a la puerta del metro de paseo de Gracia: “Si no me ayuda, tendré que ejercer de guardaespaldas”. Ode sicario. ¿Quién de nosotros no le ofrecería una sonrisa cómplice y un billete? La vida da muchas vueltas, ¿quién nos asegura que no volveremos a encontrarle de segurata en El Prat, ahora que han quitado los bancos y ya no nos quedará esa última opción de los viajeros arruinados, la de instalarnos en una terminal de aeropuerto para ver pasar a los afortunados que aún pueden viajar?

Es un largo y tortuoso camino el de la mendicidad, que pasa por la piedad y la pena hasta llegar al chantaje social, veteado de complicidad mafiosa. Como en tantas otras cosas fue el malvado Baudelaire quien orientó al mundo: “¿Por qué los pobres no se ponen guantes para mendigar? Harían fortuna”.

Gregorio Morán

La Vanguardia (17.04.2010)

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