Sin sorpresa

Sin sorpresaLos tiempos de la justicia y la política son distintos: el TC tiene margen hasta que se convoquen elecciones

El resultado de la votación de ayer en el Tribunal Constitucional no ha sido una sorpresa sino que confirma lo esperado. Aunque probablemente se ha llegado a un punto de no retorno y algunas medidas deben tomarse ya.

Primero repartamos culpas. La primera y principal es la de quienes son responsables de haber aprobado una pieza tan central de nuestra organización de poderes como es el Estatut de Catalunya sin un previo consenso suficientemente amplio que evitara lo que ha sucedido. En su génesis en Catalunya hubo una frívola e irresponsable táctica partidista por parte del PSC –presidir la Generalitat con el apoyo de ERC, lo cual se consiguió–; en su aprobación en Madrid hubo idéntica irresponsabilidad y frivolidad por parte de Zapatero con el objetivo –al fin no conseguido– de obtener el apoyo parlamentario de CiU en el Congreso. En política el poder no debe alcanzarse a toda costa, hay límites que deben ser respetados y en ese caso no lo fueron. La patata caliente que se depositó en el Tribunal ha resultado ser, como era previsible, una bomba de relojería, más todavía tras el precalentamiento previo que supusieron unas infundadas recusaciones.

Dicho esto, en el seno del Constitucional también ha fallado más de una pieza. La presidenta, María Emilia Casas, no ha sabido liderar un núcleo central de magistrados sino que se ha alineado siempre con un enrocado sector minoritario: las instituciones en las que deben adoptarse decisiones colectivas nunca pueden dirigirse desde los extremos. También hace meses que debería haber sido relevada la ponente tras sus reiterados fracasos. El actual recambio dudo que llegue a tiempo, aunque Guillermo Jiménez, el nuevo ponente, tiene fama de ser una persona con especial aptitud para la mediación.

Los escenarios futuros son, obviamente, inciertos. Si en el plazo de un mes el nuevo ponente no logra que una mayoría de magistrados le acepte una propuesta de sentencia, el Senado y el Congreso deberán proceder con celeridad a cubrir los cargos que deben renovarse. El desgaste del Tribunal ha llegado al límite.

En cuanto a la interferencia con las elecciones catalanas no debe exagerarse. Hay tantas elecciones en España que, según como se mire, siempre estamos en época electoral. Los tiempos de la justicia y los de la política son distintos, aunque la prudencia aconseje que se tengan en cuenta. Pero hasta que se convoquen las elecciones catalanas –no es previsible que sea hasta entrado septiembre– esta prudencia no se habrá rebasado. Ciertamente es muy justo para que un Tribunal renovado pueda alcanzar un acuerdo tras una meditación reposada. Pero los juristas que previsiblemente pueden acceder a magistrados seguro que conocen bien los variados problemas de constitucionalidad que presenta el Estatut y con poco esfuerzo, más la experiencia de quienes se quedan, pueden redactar una sentencia consistente y razonable.

Francesc de Carreras

La Vanguardia (17.04.2010)

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