¡Ah, los liberales como Alemany!

El periodista Antonio AlemanyEl primer “liberal” que conocí en mi vida saltó como un energúmeno ante un clítoris y un orgasmo

Que Rajoy recogía de la mano de  Aznar un circo lo sabía cualquier atento seguidor de la política española, pero que le crecieran tantos enanos resulta sorprendente incluso para los más lúcidos. Vaya serie. Tal parecería que los dosifican. Valga casi como un apunte, pero las cosas se están poniendo tan italianas que podría suceder la peor de las variantes: que ganara el PP cuando la mierda le llega ya hasta las orejas. Algo tan berlusconiano como que a los ciudadanos les diera ya lo mismo quién abre la piñata del poder, que incluso les otorgue más confianza cuanto más evidente es la garrapiña.

Y en eso de la confianza entramos nosotros. Resulta un poco fuerte decirlo, pero sin la colaboración periodística no hay corrupción política que prospere.

Incluso que gobierne y menos aún que conserve un cierto halo de prestigio. ¿Llegaríamos a pensar que somos, por cuestión tan principal, tan imprescindibles como los abogados? Casi vamos al alimón. Por eso en cada caso de corrupción política fundamentada yo recomendaría buscar un letrado y un periodista, basta con uno. El resto viene solo.

Se me ocurrió esta reflexión al leer el auto sobre Jaume Matas, el ex presidente de Baleares, redactado por el juez José Castro; insólita pieza jurídica, no sólo por la prosa, sino porque se entiende todo, y es sabido que cuanto se refiera a leyes acostumbra llevar la barrera de la jerga gremial, ese tamiz que limita como si se tratara de un club selecto con etiqueta obligada. Sucede también en otras profesiones. Recuérdese que los tomistas del nacional catolicismo criticaban a Ortega y Gasset porque escribía bien, y era verdad de ley para ellos que sin jerga no hay filosofía. Leí el auto sobre el asunto Matas y como no soy ducho en la materia no me interesó lo del abogado, pero sí el periodista. Allí aparece Antonio Alemany. Y me emocioné, me hizo rejuvenecer en más de tres décadas.

Le podrían caer quince años, que el buen juez no quiera, porque la prisión no la deseo yo a ningún hombre de pluma por muy basura que sea. Antonio Alemany se ocupaba de redactar los discursos de Matas, qué chusco y brillante el gesto del ex presidente balear, y ex ministro de Aznar, cuando precisó que no era lo mismo “redactar” que “hacer”; que la redacción corría a cargo de Alemany pero quien los hacía era él mismo. Precioso. Cuando un delincuente se vuelve filólogo es que tiene veteranía en el oficio; la filología además de una disciplina académica constituye un signo de astucia con gran tradición poética y teatral, desde Shakespeare y Goldoni hasta Prenafeta, atento declamador de Leopardi. ¿Acaso su “pirañas”, dirigido al gremio periodístico, no tiene acentos leopardianos?

Pero Alemany, además de los discursos, le llevaba a Matas otras cosillas. Muchas deberían ser a tenor del buen sobre mensual que le endosaba, amén de las subvenciones. ¡Aviso para recopiladores de subvenciones y asesorías! El delito en juego de Alemany fue la opacidad, la falsedad en documento mercantil y otras manipulaciones, no el redactar discursos, ni manipular la información desde su agencia Nimbus y el diario, por buen nombre, Libertad Digital. ¡Qué pálpito sentí al saber que Antonio Alemany había bautizado con tan bella idea – Libertad-una cosa tan táctil como lo digital!

Debo empezar por una confesión. Antonio Alemany fue el primer “liberal” que conocí en mi vida. Ocurrió en 1976. Franco había muerto y empezaba aquella gran kermesse de la transición. Y allí estaba en Madrid un tipo que fumaba en pipa, que tenía una mujer muy cursi y que se jactaba de comprar en Londres (“hago shopping”). Era nada menos que el director de una revista bautizada Opinión,que disponía de todo el dinero del mundo para competir con el semanario Cambio 16,en un momento en el que todos soñábamos con poder leer lo que no nos habían dejado en 40 años. En aquel mundo madrileño, donde cada uno de nosotros venía de un sitio diferente, inconfesable a veces, nos preguntábamos cómo había llegado hasta allí aquel individuo que hablaba de manera envarada y exhibía una sonrisa de rico con juguetes. Nos conocíamos todos, quién venía del PCE y quiénes de mucho más a la izquierda, y quién no venía de ningún sitio pero tenía contacto directo con el ejército, o la banca, o la policía, o sencillamente la influyente embajada de Estados Unidos de la calle de Serrano… Grandes colegas: Moncho Alpuente, Nativel Preciado, Ignacio Fontes, el brillante y malogrado reportero Juan Villarín, Manolo Velasco – creador de Cambio 16 y el mejor reescritor que he conocido en mi vida-,Manolo Bueno – luego pluma de Joaquín Garrigues-,Gómez Escorial – ídem de Alfonso Escámez-,Enrique Vázquez, futuro gerifalte de la televisión socialista… ¡Se me escapan tantos nombres!

Nos conocíamos todos. Menos él. Ni nosotros le conocíamos, ni él conocía a nadie. Y se nos presentó así: “Soy un liberal”. Y añadía, “un liberal inglés”. Y la verdad es que nos quedábamos mirándole con esa impresión de estar contemplando, en aquel Madrid volcánico, a un pingüino. Un pingüino que no tenía ni idea de periodismo, ni de política, ni de cultura, ni de nada. ¿Cómo había llegado a dirigir nada menos que el proyecto periodístico más descomunal de cuantos se hicieron en la transición, sólo equiparable a El País,que salió a la luz por aquellas fechas? El secreto estaba en Pío Cabanillas. Para un lector posmoderno decir Pío Cabanillas no es nada, para un antiguo se trata de una leyenda política. Pío Cabanillas se movía entre Adolfo Suárez y Manuel Fraga, es decir, ganaba siempre. El que ponía el dinero era nada menos que el gran Lara, el viejo editor de Planeta, para entendernos. No podía fallar. Un gran semanario político, donde escribían grandes plumas del momento, entre otros Ricardo de la Cierva – la gente ha olvidado que era también el principal columnista de El País-.Por eso sacaron a aquel chico de Palma de Mallorca que tanto prometía, para hacer de pantalla del proyecto. Los demás éramos tropa; bien pagada, todo hay que decirlo, pero tropa. Nos echó “el liberal” a todos. Pero nada que ver con la política, eso vino luego. El conflicto que puso a la publicación en una crisis que la llevaría a la agonía fue por dos palabras, de ahí la importancia de la filología en la vida política. Y no eran “lucha de clases”, ni “revolución”, ni “ruptura”. Las palabras fueron “clítoris” y “orgasmo”. Aún me río al recordarlo, porque Berlanga no inventó nada; sencillamente tuvo el talento de recoger la media ambiente. “Yo no puedo darle a leer a mamá una revista donde estén palabras como ´clítoris´ y ´orgasmo´”. Su madre constituía el límite del mundo y él no era Marcel Proust. El asunto se presentaba peliagudo, porque se trataba de resumir el famoso Informe Hitesobre la sexualidad femenina, recién aparecido, y resultaba imposible hacerlo sin mencionar las nefandas palabras. Estoy muy lejos de mis papeles, pero creo que debió de ocurrir a finales de 1976 o comienzos de 1977.A partir de un “clítoris” y un “orgasmo”, ambos virtuales, diríamos hoy, empezó una crisis en la publicación que hizo resaltar el provincianismo y la incompetencia de aquel “liberal” de casino. Le perdimos hasta el más mínimo respeto. Luego pasó a la fase política y fuimos saliendo todos hasta que Lara, harto de aquella ruina de publicación, “regaló” Opinión a la UCD en el poder, y nuestro “liberal” dejó Madrid. No volví a saber de él hasta ahora que le hacen redactor y asesor clandestino del espléndido Matas durante su presidencia de Baleares.

Siempre le recordaré como el primer “liberal” que conocí. Hasta entonces, en el mundo político en el que nos movíamos, había franquistas y antifranquistas, y dentro de estos cabía un arco amplísimo, pero nadie se presentaba como “liberal” a secas, porque eso pertenecía al interior de las personas, no a su comportamiento frente al Régimen. La figura del liberal escueto, con pipa o sin ella, nació entonces, en aquellos paranoicos años primeros de la transición. Y bastaba arañar un poco para que surgiera en ellos ese furor autoritario que había sido su fuente nutricia.

Pero así es la vida de suculenta. El primer liberal sobrevenido que conocí en mi vida saltó como un energúmeno ante un clítoris y un orgasmo. Ahora lo entiendo, entonces no entendía nada.

Gregorio Morán

La Vanguardia (10.04.2010)

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