Elvira, El problema es más complicad

Elvira, El problema es más complicado de lo que parece. Lo que tú expresas es más un deseo encomiable que una realidad. Las personas comenzaron a tener derechos como tales a partir de la revolución americana y, especialmente, de la revolución francesa. Por lo menos en el sentido de marcar un antes y un después en el devenir de los sistemas políticos. El concepto de nación está, a estas alturas, muy contaminado por los nacionalistas. Pero inicialmente las naciones se configuraron como la ruptura frente al Antiguo Régimen, en el que el poder emanaba de Dios y el soberano era su representante en la tierra. La nación eliminó los elementos esotéricos y humanizó el poder al convertirlo en un contrato social entre los ciudadanos y sus representantes políticos. Esa idea de que todos fuéramos considerados iguales en deberes y derechos ante la ley no fue un camino de rosas. Se han fraguado diferentes intentonas involutivas así como pretensiones revolucionarias frustradas. Y el último giro en el reconocimiento de la igualdad y la libertad de los ciudadanos han sido los Estados del Bienestar, que pretenden igualar socialmente respetando la economía de mercado. Los que somos internacionalistas sabemos que los Estados nacionales no son el fin de la Historia. Perseguimos borrar todas las fronteras y ya no sólo aspiramos a una ciudadanía universal sino también a la desaparición de las diferencias de clase entre los individuos. Pero recuerda que los primeros internacionalistas militantes y sus teóricos defendieron las constituciones nacionales frente a los elementos reaccionarios -incluidos los separatistas- que pretendían retroceder en la Historia. Los Estados-nación son, hoy por hoy, garantes de los derechos adquiridos en más de dos siglos de lucha. Partimos de esta base para avanzar en la consecución de una sociedad más justa en la que no existan diferenciaciones ni jerarquías. Es por esta razón que no podemos comparar los Estados democráticos con las ensoñaciones interesadas del nacionalismo identitario, para el que la nación no pasa por el reconocimiento de la igualdad de nadie y, por el contrario, presupone establecer jerarquías en función de mitos y leyendas inventados ad hoc.

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