El olvidado Haití

Sucios negociosEl mundo se olvidará de Haití y de su terremoto. Pero algunos no lo olvidarán y seguirán haciendo allí sus sucios negocios

En Catalunya hemos tenido, tras una inusual nevada, un apagón. Un apagón más. Las autoridades competentes sostienen, como es habitual, que lo han hecho muy bien, aunque, añaden, hubieran podido hacerlo todavía mejor. Con este acendrado sentido de la autocrítica, con esta tan profunda convicción de que se deben asumir responsabilidades, tendremos más apagones, no lo duden.

En Catalunya ha habido un apagón, uno más, pero en Haití hubo hace poco más de dos meses un terremoto que devastó Puerto Príncipe y causó 230.000 muertos y más de un millón de personas quedaron sin hogar, sin trabajo, sin comida, sin nada. También en Chile, más recientemente, se produjo otro trágico terremoto, con centenares de muertos, y aún sigue, amenazante, temblando la tierra. Pero en Haití, repito, un terremoto provocó la muerte de 230.000 seres humanos y la desgracia de otros cientos de miles. Se dice que recibirán ayuda exterior, aunque siempre resulta que después no llega. Pero a 230.000 hombres y mujeres, ancianos y niños, nadie les puede ayudar porque han muerto: y nadie puede resucitar a los muertos.

Todo eso sucedió en Haití hace apenas unas semanas. Y ya nos hemos olvidado de Haití. Es lo normal: así ha sucedido siempre desde hace más de doscientos años. De todas las historias de la historia, la más triste, quizás, es la de Haití.

A final del siglo XVIII, Haití era la colonia americana que mayores riquezas producía de todo el continente. Los españoles la habían dominado desde que llegó Colón en 1492, pero a finales del siglo XVII había pasado a dominio francés. Mediante la compra de esclavos en África,los franceses habían intensificado la productividad de la agricultura, especialmente en azúcar y, en menor medida, café. Desde Haití exportaban a Europa y a Norteamérica: una riqueza inmensa para la metrópoli, obtenida gracias a la esclavitud, a la máxima desigualdad social.

Sin embargo, la Revolución Francesa de 1789 contagió Haití y, dos años más tarde, los esclavos se rebelaron dirigidos desde la sombra por un africano inteligente e ilustrado, católico y masón, Toussaint Louverture. La guerra civil se prolongó hasta 1804, cuando Haití se proclamó independiente. Un año antes, Louverture había muerto en una cárcel francesa y en Haití mandaba un personaje muy distinto a él, Dessalines, un caudillo militar corrompido, de temperamento despótico, que repartió la tierra entre sus amigos, se hizo proclamar emperador y, tras restablecer la esclavitud, fue asesinado dos años después por sus rivales. Con el reparto del botín, comenzaban las luchas intestinas de la nueva élite. Alejo Carpentier, en pesadísima prosa barroca, lo explica todo con detalle en su novela El Siglo de las Luces.

Ahí empezó la decadencia económica de Haití, que dura hasta hoy y que lo ha convertido, desde hace muchos años, en el país más pobre de América. En efecto, la independencia de Haití era un ejemplo altamente peligroso para las potencias coloniales europeas, especialmente para Francia y España, pero también para Estados Unidos. Este último se había independizado de Gran Bretaña unos años antes, pero nada tenían que ver socialmente los agricultores y comerciantes independentistas de la costa este de Norteamérica con los analfabetos y rebeldes esclavos negros de aquella isla de las Antillas. Pero la agricultura de Estados Unidos estaba basada también en la esclavitud. Había, pues, que aislar y castigar a Haití, porque su tipo de independencia era una enfermedad que podía llegar a ser contagiosa. Para aislarla, boicotearon comercialmente los productos que producía. Ahí empezó la prosperidad económica de Cuba, que reemplazó a Haití en la producción de azúcar y café. La isla dirigida por los antiguos esclavos entró en una visible decadencia económica: si no exportaba, tampoco podía importar. El botín se había esfumado.

Ante tal situación, los dirigentes haitianos quisieron pactar con las potencias europeas y lo lograron: pero ahí vino el castigo. Francia levantó el embargo en 1825 con el compromiso de que se le indemnizara con el pago de 150 millones de francos de oro. Haití no acabó de pagar esta cantidad hasta ¡1947! Ya desde mitad del siglo XIX, Haití había pasado a la órbita económica de Estados Unidos, que la ocupó militarmente, además, entre 1915 y 1934. Después, todo ha seguido más o menos igual: dictaduras (Duvalier, padre e hijo, la más sanguinaria), deforestación de toda la isla como medio de subsistencia (sólo el 2% de la superficie está arbolada), catolicismo primitivo mezclado con ritos vudús y orgullo nacionalista fundado en la negritud (sólo un 5 por ciento son blancos), emigración y miseria. Del país más rico de América hace doscientos años, ha pasado a ser el más pobre y uno de los más pobres del mundo.

Europa, sobre todo Francia, y Estados Unidos tienen contraída una deuda moral con Haití, y el catastrófico  terremoto hubiera sido una buena ocasión para empezar a pagarla. No parece que vaya a ser así. Como explicaba Félix Flores en La Vanguardia del lunes pasado, todo indica lo contrario. Tan sólo ha llegado la mitad de la ayuda prometida y, además, Riceland Foods, la gigantesca empresa norteamericana del arroz, se beneficia de las ayudas de su país para ir arruinado a los pobres agricultores haitianos.

El mundo se olvidará de Haití y de su terremoto. Pero algunos no lo olvidarán y seguirán haciendo allí sus sucios negocios.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB
La Vanguardia (18.03.2010)

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