Cena de amigos

Francesc de CarrerasExtraña manera de hacer política; nadie dimite, nadie es destituido; arrecia la crisis, y se discute de toros

Leí la noticia el miércoles pasado en La Vanguardia y no me la podía creer. Resulta que el Departament de Política Territorial de la Generalitat ha previsto entre Barcelona y Alguaire, donde está situado el nuevo y flamante aeropuerto de Lleida, una línea regular diaria de autobuses. Pues bien, desde el 5 de febrero pasado en que se inauguró el aeropuerto han utilizado dicho servicio sólo tres pasajeros. En concreto, de los 32 viajes previstos sólo se han efectuado dos; el resto quedó anulado por falta de usuarios. El departament, ciertamente no muy autocrítico, sostiene que esta escasa (sic) afluencia de clientes entra dentro de la normalidad porque el aeropuerto acaba de inaugurarse.

El día en que sale la noticia ceno con un grupo de amigos y la comentan con estupor, tan alucinados como yo. Uno de ellos recuerda que tan mal cálculo, tan inútil gasto, no le extraña nada. “Este aeropuerto debe estar gafado –dice irónicamente–. Si recordáis ya el mismo día de su inauguración, el señor Carod-Rovira, vicepresidente de la Generalitat, utilizó un helicóptero para regresar rápidamente a Barcelona y poder coger a tiempo el vuelo a Dakar para realizar una visita oficial a Senegal, donde dijo haber conseguido que este país abriera un consulado en Barcelona cuando ya existía uno desde hacía bastantes años. ¿No recordáis la estupefacción con la que acogió la noticia la consulesa de Senegal en Barcelona?”.

Ya en vena, otro amigo se apunta a decir que el Govern todavía hizo más el ridículo cuando el conseller de Educació, Ernest Maragall, tuvo que rectificar al día siguiente lo afirmado el día anterior en un artículo publicado en La Vanguardia sosteniendo que el Govern del que forma parte causa “fatiga” a los catalanes y “no tiene proyecto” de país. Un tercero interviene para sostener que quien hizo el ridículo en este caso, al demostrar su escasa autoridad, fue el president Montilla, que no fue capaz de destituir inmediatamente a un conseller –encima, más o menos, de su propio partido– que tan mal concepto tenía del gobierno del cual formaba parte. “¿Imagináis –dijo– que un ministro de Zapatero publicara en El País un artículo semejante? ¿Creéis que la reacción hubiera sido tan débil como la de Montilla?”. “Hombre –terció otro comensal–, es que si Moratinos comete una metedura de pata como la de Carod con Senegal, también las consecuencias hubieran sido distintas”.

Extraña manera de hacer política, ciertamente. El final patético de un gobierno de la Señorita Pepis. Nadie dimite, nadie es destituido. Cuando arrecia la crisis se discute sobre toros. Otros celebran los domingos extraños exorcismos para ver si algún día llega la independencia de Catalunya y cuanto peores son los resultados obtenidos, más satisfechos se muestran.

Gracias, amigos, compañeros de cena: sin querer ni pretenderlo, me hicisteis el artículo.

Francesc de Carreras

La Vanguardia (6.03.2010)

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