Totalitarismo de ida y vuelta

Patricia GabanchoEl 4 de junio de 1943 un golpe militar, alimentado ideoló­gica y económicamente por la embajada de Alemania nazi y por el Instituto de Cultura Hispánica de matriz franquista, inauguró la larga noche del totalitarismo en Argentina, no­che que aún perdura, con esporádicos intervalos de normali­dad democrática. A partir de 1946, ese totalitarismo se ins­titucionalizó bajo la férula del entonces coronel Juan Do­mingo Perón y, sin perder sus raíces iniciales, incorporó a fracciones deleznables de la izquierda antidemocrática

El peronismo nunca sobresalió por su coherencia doctri­naria: fue, y continúa siendo, una maquinaria desprovista de escrúpulos y experta en acumular poder. Sin embargo, con­servó, y aún conserva, algunos componentes típicos. Es autoritario y busca sus modelos en el pasado que el pensador y go­bernante Domingo Faustino Sarmiento encuadró en la barbarie. Por ejemplo, el tirano latifundista Juan Manuel de Rosas y los caudillos feudales que aterrorizaron al país en el siglo XIX. Es maniqueísta y se encarniza despiadadamente con “el otro”, que es siempre el opositor político, anate­matizado como “cipayo”, “vendepatria” o “gorila”, y condenado irremediablemente a la marginación, la cárcel o la muerte. Dicho maniqueísmo degrada el espacio cultural cuando promociona una mítica cultura nacional antagónica a la que tilda de cosmopolita o extranjerizante, en razón de lo cual Jorge Luis Borges es su bestia negra. Enfrentado desde sus orígenes con la juventud universitaria y con la vanguardia intelectual, el totalitarismo peronista, aficionado a los eslogan simplistas, acuñó uno tan chocante como elocuente: “Alpargatas sí, libros no”. En fin, el peronismo, no obstan­te sus raíces totalitarias europeas, o quizá precisamente como producto de éstas, privilegió un discurso exasperadamente nacionalista (o “nazionalista”, según sus detractores) dirigido contra las manifestaciones del pensamiento libe­ral, racional, civilizado.

Pero, ¿a qué viene este largo introito en el contexto del debate sobre la realidad catalana? Sucede que he descu­bierto en el muy trajinado ensayo El preu de ser catalans, de Patricia Gabancho, un desmesurado afán por devolver a España, a través de Cataluña, las toxinas totalitarias que el Instituto de Cultura Hispánica franquista envió en 1945 a Argentina. Gabancho se define como “una argentina que vi­ve en Cataluña (pág. 27)… “llevo mas años viviendo en Cataluña que los que jamás he vivido en Buenos Aires” (pág. 18)… y “no me he nacionalizado española, no tengo derechos políticos. Ningún inmigrante los tiene” (pág. 111). El he­cho de que una privilegiada activista mediática compare su indocumentación testimonial con el desdichado estatus de una empleada del hogar peruana, un mantero africano, o una prostituta ucraniana, ya nos dice mucho sobre la ecuanimi­dad y la credibilidad de Gabancho.

El maniqueísmo totalitario importado de Argentina for­ma el núcleo duro del libro. La añoranza por el pasado feu­dal, poblado por mercenarios almogávares, impregna sus páginas: “La cultura catalana pertenece a un país que tuvo sus quince minutos de gloria en la Edad Media… La Edad Media marca la cima del poder cultural, político y lingüístico catalán: la máxima extensión en el mapa: el ducado de Neopatria y el Partenón de Grecia como joya principal de con­des-reyes” (pág. 129). La predilección del totalitarismo peronista por una Arcadia rural inmunizada contra el moder­nismo civilizador se repite en el texto: “En cualquier épo­ca, la cultura-cultura es minoritaria. O bien las masas son analfabetas (como hace un siglo), o bien lo parecen (como hoy)… Entendámonos, la savia popular, tanto de la lengua como de las tradiciones y costumbres, no se ha perdido ja­más. Es la sardana, la fiesta mayor, los diablos, los ‘tra­bucaires’, los ‘castellers’, las coplas de Semana Santa y los gozos a la Virgen… Este sedimento ha persistido siempre, pero hay que convenir que gran parte de ello pertene­ce a una modalidad de cultura más bien rural, preliteraria, tradicional y folklórica. Nuestro folklore no es el flamen­co, ni las canciones de la Pantoja: nuestro folklore es eso, y es un folklore dignísimo, vivísimo y particularísimo. TV3 es nuestro folklore” (págs. 133-134). Y continúa: “La cultura tradicional es ya, para siempre, una celebración nostálgica: lo que hemos sido. Y en ello reside su valor. Coexiste con el consumo cultural moderno precisamente por eso: porque tiene una pátina épica. La torre humana, la pi­ña, huir del fuego, caminar hacia el santuario, recorrer el camino de Santiago: experiencias primigenias que hoy no da la tecnología” (págs. 134-135).

La contraposición de la Pantoja y el flamenco con el folklore catalán no es una boutade intrascendente, sino la médula de una especulación más vasta, rayana en las patra­ñas racistas que nutrieron, desde el siglo XIX y comienzos del XX, lo que más tarde sería el Leviatán totalitario (aun­que, para ser sinceros, el peronismo nunca se especializó en este tipo de aberraciones, que dejó en manos de sus gru­pos de choque marginales, hoy amancebados con el fundamentalismo islámico y con el populismo chavista). Gabancho po­dría haber citado, en el marco de esta cruzada, a precurso­res catalanes como el extravagante Pompeu Gener, quien es­cribió en 1887: “Diríase que al echar a los Moros, los Astures y los Castellanos viejos a medida que avanzaban iban siendo presa del espíritu africano. Los Sarracenos perdían terreno, pero ganaban influencia. Así Castilla la Nueva se sobrepuso a la Vieja, y a Castilla Andalucía, y a Andalucía el elemento moro-agitanado, y éste a toda España… Los elementos de la raza catalana son, prescindiendo del elemen­to autóctono primitivo, el Celta, el Griego, el Romano, el Godo y, por fin, el Franco. Razas fuertes, inteligentes, enérgicas.”

Joan-Lluís Marfany, que reproduce abundantes ejemplos de estos desvaríos, escribe: “El recurso a la raza se explica por la necesidad que tiene todo nacionalismo de definirse por oposición a ‘el otro’, de asentar sobre una base pretendidamente objetiva las características que configuran la nación en oposición a aquella otra que obstaculiza o, de una manera real o supuesta, amenaza su existencia: el ‘hecho diferencial’, como dirán más adelante los catalanistas. En este caso, las diferencias entre catalanes y ‘cas­tellanos’, los cuales constituyen, por consiguiente, dos razas” (La cultura del catalanisme, págs. 196 y sigs.).

No obstante su preferencia por la cosmovisión arcaica y arcaizante, medieval y folklórica, Gabancho intenta maquillar sus exabruptos racistas, como lo han hecho todos los teóricos del totalitarismo moderno, con un lenguaje fingi­damente científico. Así, su aporte a las mistificaciones devastadoras del conde Gobineau, Sabino Arana, Joseph Goebbels y otros lunáticos, es el “genoma cultural catalán”. Atención: “Es un término que propongo para definir el con­junto de referentes que sirven para crear y/o interpretar la cultura. Los individuos de una cultura comparten este genoma, y lo fecundan con la parte universal de la cultura que catan. En otras palabras, el genoma es una combinación de lo imaginario (el entorno), la identidad (lengua y tra­dición), el momento (moda/tendencias) y el mundo (cultura universal), pasada por el filtro de los creadores naciona­les” (págs. 174 y sigs.).

Así como los peronistas execraban a Borges, un escritor cosmopolita y, para más inri, liberal, que no pasaba “por el filtro de los creadores nacionales”, Gabancho confecciona su propia lista de justos y réprobos, o sea de bienaven­turados poseedores del “genoma cultural catalán” y parias marcados por el estigma del genoma cultural castellano o español. Esta lista exhibe un testimonio clamoroso del sec­tarismo visceral de su autora. Los leales de Els Pets y So­pa de Cabra (pág. 178) contra los tránsfugas de Estopa (pág 102). La propia Nuria Feliu contra la ajena Rocío Jurado (pág. 170). El incorruptible Max Cahner (pág. 202) contra los desertores Félix de Azúa y Esther Tusquets (pág. 211). El postergado Jordi Coca contra el promocionado Javier Cer­cas (pág. 172). La vernácula Maria del Mar Bonet contra la infiltrada Ana Belén (pág. 171). La ilustrada Christa Leem contra la barriobajera La Maña (pág. 177). Y para que no falte nadie, el “gran productor” autóctono de pornografía Conrad Son contra el director de cine versátil e internacional Alejandro Amenábar (pág. 173). Precisamente, se jacta Gabancho, cuando le preguntaron a una actriz porno cuál es la diferencia entre el porno catalán y los otros, respondió: “Que es más intelectual” (pag. 173). Por supuesto, también Eduardo Mendoza, Elvira Lindo, Fernando Savater, Juan Pablo Fusi, “el imperio Jesús Polanco” y muchos otros son reclui­dos en el séptimo círculo del infierno castellano.

Empujada por la soberbia –defecto que los estereotipos malévolos adjudican preferentemente a los argentinos, aun­que esta equitativamente repartido por todo el género huma­no– Gabancho dictamina ex cathedra que los nacionalistas catalanes no son suficientemente autoritarios, maniqueístas, intolerantes, represores, medievales y racistas para alcan­zar los objetivos que les impone su genoma. En síntesis, que no son tan totalitarios como sus compadres del Cono Sur. Tal vez, a su juicio, Joan Laporta reúne las condiciones necesarias.

Nota bene: Ignoro si Patricia Gabancho es o se siente peronista. Lo que pretendo demostrar documentadamente es que la ideología que orienta su interpretación de la rea­lidad catalana es idéntica a la que inculcó ese movimiento totalitario, cuya hegemonía nos marcó, en mayor o menor medida, a favor o en contra, a todos los que lo padecimos en Argentina durante una larga etapa de nuestras vidas.

Eduardo Goligorsky

Asociación por la Tolerancia (23.02.2010)

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