La venganza familiar

Ernest MaragallEl cazurro de Ernest se ríe a carcajadas mientras manosea el alma vendida al diablo por los advenedizos de Iznájar

Hay en la maragallada del hermanísimo Ernest Maragall el indecoroso encanto del amo venido a menos. O peor, del amo a sueldo del antiguo sirviente. Sí, porque hasta el abandono de su hermano Pascual Maragall en 2005, los barones catalanistas estaban acostumbrados a ejercer de amos en un partido donde los currantes eran los hijos de la inmigración.

Dicho de manera menos alegórica: desde 1977, el PSC ha sido dirigido y gestionado en beneficio propio por los barones procedentes de las familias burguesas catalanistas. Las dos almas del PSC tuvieron desde el principio roles bien definidos, aunque también muy injustos: el alma obrera secuestrada por los capitanes territoriales estuvo condenada desde el principio a hacer de serpas para que una minoría de barones nacionalistas coronaran los puestos más altos de la administración y del Gobierno.

Así fue hasta el Congreso de Sitges en febrero del 1994. En él, Josep María Sala dio la Secretaría de Organización a un alcalde andaluz de Cornellà, José Montilla y encaramó a la dirección del partido a Miquel Iceta y José Zaragoza. Todos procedentes del poder municipalista, conocidos bajo la denominación de capitanes. El Obiolismo, y con él la dominación del catalanismo nacionalista, comenzó su declive. Pero los capitanes territoriales que controlaban las bases del partido no se atrevieron a ser consecuentes, y a las elecciones siguientes volvieron a colocar de cabeza de lista a la Generalitat a un representante del alma nacionalista, en esta ocasión a Joaquín Nadal (1995).

Mientras, el aparato era dominado más y más por los capitanes. Aún así, el complejo de inferioridad de éstos frente a los señoritos catalanistas, les llevó a presentar al Gobierno de la Generalitat en 1999 y 2003 nuevamente a un catalanista, Pascual Maragall. Parecía que las bases obreras cercanas al PSOE dirigidas por los capitanes, nunca se sacudirían de encima el complejo de inferioridad frente a los catalanistas. Pero se lo quitaron cuando se atrevieron a poner de cabeza de lista a José Montilla en las elecciones autonómicas del 1 de noviembre de 2006.

Lo que ha ocurrido ahora con la crítica de Ernest Maragall al Tripartito y a su presidente (“Hace tiempo que el Gobierno de José Montilla renunció a encarnar un proyecto integral de país”), tiene que ver, y mucho, con el final de un pulso por el poder entre barones y capitanes. O lo que es lo mismo, los representantes del alma catalanista están perdiendo definitivamente el aparato. O sea, el poder a secas.

¿Significa esto que el espíritu de la federación socialista del PSOE de Cataluña, que fue arrinconada por los dirigentes nacionalistas del PSC, podría regresar para poner freno a tanto nacionalismo?

De ninguna manera. Si bien los capitanes se han hecho fuertes en el aparato, ha sido a costa de renegar de la cultura y lengua españolas y renunciar a sus principios socialistas. O lo que es lo mismo, para retener poder se han fundido con el entorno catalanista, o como pretendía Piqué para el PPC en su etapa de presidente de los populares catalanes y no consiguió, se han confundido con el paisaje. Han sido tantos años de camuflaje que hoy no queda ni rastro de la federación socialista del PSOE. Han quemado las naves con las multas lingüísticas, la inmersión, la manía de la bilateralidad, el apoyo de un Estatuto que quiebra la lealtad constitucional, la asimetría federal no cooperativa con el resto de España y su desvergonzada renuncia a sentirse españoles públicamente.

Ya no es posible rectificar, el espacio nacionalista los ha secuestrado, forma parte de sus tesis, de él viven, y en él y sólo en él podrán sobrevivir. Pero tienen el aparato. O sea el poder. Lo único que les interesó como políticos. La tentación de considerarlos como “quinquis del Baix Llobregat”, como dice Salvador Sostres que los definió el secretario de Comunicación y estrategia de CiU, David Medí, puede parecer excesivo, pero ellos han sido claves para desarraigar a la población inmigrante de su cultura y lengua y para desmantelar la cohesión de España en Cataluña.

Desde el otro lado el cazurro de Ernest se ríe a carcajadas, mientras manosea el alma vendida al diablo por los advenedizos de Iznájar. Y al fondo del túnel, Pujol se mira al espejo; nunca se pudo imaginar un Pujol tan bien recreado como Montilla. La lobotomía perfecta.

Antonio Robles

Libertaddigital (18.02.2010)

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