Cataluña es una razón

Alonso QuijanoEl comentarista de la actualidad tiene un grave problema cada vez que Cataluña aparece a un lado de su camino. Existe la tentación, clara, de pasar de largo. La política de los últimos años ha impuesto tantas y tan drásticas modificaciones del sentido común que el comentarista tiende a interpretar los sucesos con los patrones de una racionalidad estrictamente catalana. En esa medida de las cosas no está claro que el comentarista deba reparar, por ejemplo, en las últimas declaraciones y escritos del consejero Maragall. Ciertamente: el consejero Se pone a caer de un burro. Pero al fin y al cabo se trata de un Maragall, de una excrecencia del pasado, como esos genes que sólo están ahí para informarnos de la evolución. Maragall, genes aparte, está en los meses finales de su carrera política. Qué importará el burro. Algo parecido sucede con la alcaldesa de Cunit y su torpeza cobarde ante el caso de la musulmana amenazada. ¿Qué puede importar (siguiendo en la racionalidad catalana) que la alcaldesa haya eludido la defensa de los principios éticos más elementales en beneficio del poder, porque ésa y no otra es la esencia del asunto, cuando el responsable máximo de los socialistas catalanes ha hecho de esta actitud el eje de su política? Qué importan los juegos olímpicos de invierno, los bomberos quemados en Horta, las multas lingüísticas, las cuotas cinematográficas y hasta la lanza de Carod. Todo eso se han convertido en anodinos asuntos locales, porque sólo la irracionalidad local puede dar cuenta de ello.

El foso entre Cataluña y España, crece, en efecto. Un foso mental. Los nacionalistas han conseguido ponerle adjetivos y denominación de origen a la propia razón. Cataluña tiene una jurisdicción moral propia. Y ése es, por cierto, el principio rector del Estulto y la única explicación real de que sus señorías españolas no puedan juzgarlo.

¡Y que fuera en la playa de Barcelona donde el caballero Alonso Quijano recobrara la razón!

Arcadi Espada

El Mundo (15.02.2010)

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