Por si acaso

Amigos contertulios: He estado unas semanas perdido, pero no desaparecido. Quería deciros, sobre todo, eso, que he estado ocupado, pero no me he esfumado. Y como estaré casi dos semanas más sin tiempo para la correspondencia electrónica, me ha parecido oportuno daros señales de vida con el texto de réplica a la carta de un amigo, que vive cerca de Barcelona. Hace algún tiempo le envié y glosé unos artículos de Félix de Azúa y de alguien más y una entrevista de A. Boadella. Me contestó con un pronto bastante normal, el de que no se contara con él para estar en la otra orilla o para huir de Guatemala y meterse en Guatapeor. Y me adjuntó dos artículos en los que quería fundamentar su posición; eran de J. Ramoneda y de J. Oliver, el economista, a propósito de los referéndums locales y de lago más, creo que relacionado con el T. C. Mi respuesta es la que figura más abajo. Le adjunté algunas de las “cartas” que ha publicado ACP en su página web y que he eliminado por conocidas. Mantengo los adjuntos que no conocéis y pienso que vienen al caso. Uno de ellos es de R. Yus, que, aunque no gira sobre el nacionalismo, me parece muy pertinente. 

Enviado: mié,10 febrero, 2010 01:53
Asunto: Por si acaso…
Por si acaso tardo un poco en reanudar nuestro intercambio de opiniones, he pensado que quizá te interese conocer diversos intercambios epistolares con un grupo de contertulios, que en su mayoría son gentes de izquierdas que viven en Cataluña y amigos que conocí en el Partido del Trabajo o que he conocido después aquí en movimientos cívicos críticos con la partitocracia y los nacionalismos. Así que he seleccionado algunos correos del último semestre, que es lo que te remito adjunto, más mi última sección de la “mosca cojonera” (“Autonomías y autonomía”) que publico en la revista Almazara, la cual presentará su nº 25 el sábado 6 de marzo. Un hito en las publicaciones locales de por aquí.
 
Como habrás visto por mi correo anterior, soy de los que piensan que, en efecto, hay dos orillas, pero que en una de las orillas, en la misma orilla, están los nacionalismos, sean del color que sean y tengan el perfil que tengan (radicales, moderados, etc.). Lo del color y el matiz, si es centralista o periférico, si es imperialista o resistente, me resulta accesorio, secundario; son matices a tener en cuenta, como todo en la vida, pero que no cambian la pertenencia al mismo árbol genealógico y político del nacionalismo como fenómeno que histórica y políticamente ha ha significado y significa una reacción a la democracia. Es fácil establecer filiaciones hasta en nacionalismos antagonistas, como es el caso del catalanismo y el españolismo. Es decir, el ´”círculo perverso” de los nacionalismos (Ignatieff), de que si no eres catalanista eres españolista, de que si no eres de los nuestros eres de ellos, de que el nuestro es el civilizado o el bueno y el otro es la barbarie despótica, etc., constituye una percepción sesgada y sectaria de la realidad que se propone atrapar a la realidad, toda la realidad, por no corresponder y representar a la realidad misma. 
 
En la otra orilla están quienes parten del reconocimiento del concepto de ciudadanía democrática y de los procesos y sujetos constituyentes como únicos sujetos dotados de soberanía y legitimidad democráticas, tengan el perfil ideológico que tengan (socialistas, revolucionarios, liberales, ácratas…) y pertenezcan a las siglas que pertenezcan (derecha, centro o izquierda). Obviamente, unos más que otros, unos estarán más lejos o más cerca que otros de la democracia como universalización e igualdad de derechos y de la ampliación y profundización de la idea de derechos humanos como derechos ciudadanos y sociales, pero me parece claro que en esta orilla no caben los nacionalismos. En este campo es donde se han dirimido y se dirime la histórica conquista de la democracia, de la justicia, de la igualdad y hay que precisar que la amenaza a este campo de juego son los nacionalismos y regímenes afines. En este sentido, en efecto, hay dos orillas y no más de dos orillas; no hay orillas, islas ni islotes equidistantes.
 
En el siglo XX, las diversas versiones de los nacionalismos (los llamados de la época imperialista que alentaron la I GM, los fascistas que alentaron la II GM y la versión soviética del patriotismo totalitario del “socialismo en un solo país” que alentó el estalinismo) están en la orilla contraria a 1789, 1848 y la democracia. El multiculturalismo, el comunitarismo y la balcanización política que sigue al derrumbe del muro, me parecen las señas de identidad claras del siglo XXI político, que enlazan con las reacciones nacionalistas y totalitarias habidas a la democracia a lo largo del siglo XX. Ideas (o ideologías) como la España plurinacional (sucedáneo del Estado de los Pueblos y Regiones de España), la Europa de los Pueblos, la del partido único y del rechazo patriótico a las injerencias externas, al modo chino o cubano (o franquista), y los populismos al estilo bolivariano de Chávez o al estilo indigenista de Evo M., por citar varios  ejemplos, me parecen una reacción manifiesta al proceso de revolución democrática global y a la necesaria, inaplazable, transferencia de los derechos de ciudadanía del Estado Nacional al proceso de globalización en marcha. Las teorías multiculturalistas o comunitaristas y las ideologías no son alternativa alguna al neoliberalismo ni a la globalización de los Chicago boys. En mi opinión, son, por el contrario, una de las principales obstrucciones y amenazas para la creación de sujetos constituyentes a nivel nacional, internacional y global.
 
En este sentido, la balcanización política es en Europa, bajo mi punto de vista, una reacción clara, por parte en la mayoría de los casos de las regiones ricas y de las ideologías de los lobbies (al estilo del Círculo de Economía o del Foment) de estas regiones ricas, al concepto de ciudadanía democrática y a la universalización e igualdad de los derechos ciudadanos; el fenómeno de la balcanización europea, con el que se cerró la última década del siglo XX y ha arrancado el XXI, amenaza la democracia tanto en los Estados nacionales europeos como cualquier proceso constituyente futuro de UE. Si bajo el sistema de “guerra fría” y de la supuesta confrontación entre el E. y el O., entre el capitalismo y el socialismo, se escamoteó el gran problema central de la democracia y de la desigualdad de derechos entre el N. y el S., la balcanización en Europa ha venido a colmar el vacío y a jugar el mismo papel de sucedáneo de la “guerra fría” y del “telón de acero”.
 
Por otra parte, las estrategias de apoyo de los sprotgres europeos a los populismos “progresistas” latinoamericanos y otros, como herederos de los regímenes socialistas y antiimperialistas de siglo XX,  son la mejor arma para concebir y proseguir una globalización con asimetrías de derechos ciudadanos, diferencialismos de los ricos y fragmentación de todos los pobres del mundo. Las ideologías del árbol genealógico del nacionalismo y del relativismo cultural, en mi opinión, están haciendo más daño social y político a cualquier idea de revolución democrática que las ideas imperiales de Bush.
 
De lo que dice, por ejemplo, F. de Azúa en su artículo, lo aprovechable para mí es la advertencia sobre el riesgo de balcanización política de la democracia en España y la UE, más que la comparación tal cual con la Guerra de los Balcanes. Pero, como reiteré en algunos artículos en El Viejo Topo y En pie de Paz a principios de los años 90, igual que la Guerra Civil española fue la anticipación y símbolo de la principal encrucijada política europea del siglo XX, la diplomacia europea y los episodios de la Guerra de los Balcanes (el de Bosnia Herzegovina, en particular) fueron el anticipo de la principal encrucijada política del siglo XXI. Esto es lo que me parece que puede entenderse del apunte de F. de Azúa.
 
Cuando lo de Bosnia Herzegovina se discutió poco del patriotismo constitucional y mucho del imperialismo serbio por homologación con el español.. En esas seguimos. En esas falacias o falsos supuestos se mueven, a mi entender, J. Ramoneda y J. Oliver (a quien por cierto traté cuando la entrada de los de Unidad Comunista en el PTE). Lo que más me ha llamado la atención de J. Ramoneda es cómo y por qué ha pasado de ser casi el único denunciante en su día del consenso político en Cataluña que excluía a quienes podían recordar o retrotraer la memoria a la multitud revolucionaria de la Guerra Civil y a la fronda popular antifranquista, la multitud, que con mayor o menor poder fue la única fuerza social real que posibilitó la transformación de la reforma del franquismo en proceso constituyente o transición democrática entre 1975 y 1979, cómo y por qué ha pasado -decía- a considerar las bases de ese consenso como punto de partida ahora para cuestionar el proceso constituyente de la democracia entonces y legitimar las actuales posiciones nacionalistas como las únicas y casi exclusivas aspiraciones democráticas o a tener en cuenta. Es decir, pasa de considerar el pacto catalanista (con su correlato de soberanismo nacional, de federalismo asimétrico, de Estado plurinacional o bilateral, etc.) como un fenómeno de exclusión democrática, de deslealtad a la ley constituyente de la democracia, a considerar el pacto constituyente como una amenaza (ilegítima o ciega) a los supuestos del pacto nacionalista de 1979-82, que él mismo denunció. Pero, de esto hay que analizar lo que no hay escrito. Es como eludir la contradicción entre la nación herderiana y el patriotismo constitucional.
 
No quería extenderme y, al final, me he extendido. El análisis, no obstante, sigue pendiente y abierto. Hasta pronto.

Rafa N.
14/02/2010

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