Los catalanistas del PSC atizan el debate sobre la “fatiga” del tripartito

Problemas en el PSCMontilla rechaza polemizar con sus consejeros y niega que haya crisis en el partido

Miquel Noguer – Barcelona.- Los días plácidos parecen haber quedado definitivamente atrás en el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), al menos de puertas adentro. A apenas nueve meses para las elecciones autonómicas, los problemas le han estallado a José Montilla donde menos se lo esperaba: en su propio partido y de la mano de varios de sus colaboradores en el Gobierno, concretamente los encuadrados en el sector más catalanista del PSC.

Si el miércoles era el consejero de Educación, Ernest Maragall, quien certificaba que los catalanes están “fatigados” del tripartito y vaticinaba que esta fórmula de gobierno no reunirá suficientes apoyos tras las elecciones, ayer se sumó a este discurso, aunque con matices, otro consejero. Antoni Castells, titular de Economía y número dos del PSC en las últimas elecciones autonómicas, salió en defensa de Maragall precisamente justo después de que Montilla pidiera explícitamente pasar página en el debate y dijera que no es labor de un consejero interpretar lo que dicen las encuestas de opinión.

Castells rebatió las palabras de Montilla en una estudiada declaración en los pasillos del Parlament. “No faltaría más que un consejero de la Generalitat no pudiera hablar de política y hacerse eco de las preocupaciones que tienen los ciudadanos respecto a las instituciones”, dijo para sorpresa de sus compañeros de partido. Y añadió: “Negar el debate libre y negar la realidad es siempre un error que yo intentaré que mi partido no cometa”.

Por si fuera poco, más tarde Maragall y Castells lograron el apoyo velado de un tercer miembro del Gobierno, la consejera de Justicia, Montserrat Tura, encuadrada, como sus compañeros, en el sector más catalanista del PSC. Tura evitó los pronunciamentos rotundos “para no dañar el proyecto socialista, que es el mío”, dijo, pero insistió en la “pluralidad” que debe reinar en el PSC.

Montilla mantuvo un escrupuloso silencio durante todo el día hasta que cerca de las seis de la tarde, en una conversación informal con periodistas en el Parlament, lanzó una llamada a la calma. El presidente negó que el PSC esté en crisis y aseguró que no pretende coartar el debate ?”no quiero un partido de clones”, dijo? ni prescindir de nadie, porque en el partido no hay “luchas cainitas”. Montilla, consciente de los delicados equilibrios que debe mantener entre la tradición más catalanista y la más obrerista de su partido, aseguró que piensa seguir contando con todos.

Las palabras del presidente en el Parlament fueron ligeramente más suaves que las pronunciadas horas antes en Punto Radio, donde dijo que a lo que se deben dedicar los políticos es a “los problemas de la gente” y no a “mirarse el ombligo”.

No es la primera vez que los sectores más catalanistas del PSC abren debates de este tipo. Y aunque su peso específico en el partido es cada vez menor, su capacidad para adquirir notoriedad se mantiene intacta en un partido poco acostumbrado a los grandes desbarajustes. El último gran debate también lo promovieron Maragall y Castells al reclamar un grupo parlamentario propio para los socialistas catalanes en el Congreso.

Pero esta vez las críticas llegan en un pésimo momento para el PSC, que lucha por ganar posiciones en las encuestas y desbancar a CiU del primer puesto. Muchos diputados lamentaban ayer, sin esconderse demasiado, la “inoportunidad” de los consejeros Maragall y Castells. “Hemos hecho una campaña donde lo fiamos todo a la seriedad de Montilla; episodios como éste no nos favorecen”, sostenía un destacado dirigente socialista. Ahora el presidente tiene poco más de medio año para recomponer las cosas y se prevé que sea nombrado oficialmente candidato en julio.

Los nervios en las filas del PSC se evidenciaron tras el desafío lanzado por Castells. Bajo el mismo techo del Parlament, Montilla llamó a su despacho a Miquel Iceta, viceprimer secretario socialista, con quien mantuvo una reunión de 30 minutos. Los dos salieron a la hora de comer con semblante serio.

El País (12.02.2010)

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