Siete años después

Joseba PagazaurtundúaHoy se cumplen siete años desde el asesinato de Joseba Pagazaurtundúa. Quienes le conocimos no necesitamos aniversarios para recordarle; pero nos sentimos en la obligación de legar a las nuevas generaciones el relato verdadero de lo que supuso la  tarea del hombre, del ciudadano libre, del amigo entrañable, del componedor de acuerdos, del resistente, del hermano mayor, de cuidador de tantos de nosotros que fue Joseba.

La memoria juega mala pasadas; y la desmemoria organizada contribuye a que personas irrepetibles pasen a ser olvidadas en ese limbo de los justos a que se apela de vez en cuando- quizá como una fórmula para superar la mala conciencia- con versos u homenajes institucionalizados.

Yo creo que Joseba no nos perdonaría que su imagen fuera devaluada por las “necesidades estéticas” de los nuevos tiempos. Él no fue un místico; ni un contemporizador. Él no calló nunca; él nunca tuvo miedo de que otros le malinterpretaran por defender con claridad las cosas en las que creía. Él siempre se dejó llevar por su pulsión ética, por su humanidad sin miedo. Aunque quizá sería más ajustado decir que él luchó con miedo contra el miedo; y que precisamente por eso, porque siempre fue consciente del riesgo que corría por hacer lo que hacía– porque amaba profundamente la vida y a pesar de todo seguía arriesgándola–,  es uno de nuestros  grandes héroes democráticos.

Debo confesar que siempre que pienso en Joseba se me escapa una sonrisa. Mira que nos duele haberle perdido; pero es imposible no pensar en él sin revivir la sensación que te produce el recuerdo de los buenos momentos. Joseba nos hacía reír; nos daba tranquilidad; le sabíamos siempre ahí, con ese ceño fruncido ante la adversidad que siempre acababa transformándose en una sonrisa amplia y desnuda en cuanto encontraba una nueva idea para actuar contra los malos. Debatía con pasión sobre todo: el lema de la manifestación de Basta Ya; la política llevada a cabo por el PSOE, su partido del alma; la inacción de la ertzaintza ante ETA; el sufrimiento de las víctimas… Y luego, acabado el debate, te agarraba del brazo y salía a la calle a cuerpo descubierto, como si no supiera que era una diana perseguida por los malos desde el mismo día en que les hizo saber que jamás se rendiría ante su chantaje.

En los días posteriores a su asesinato hablé con guardias civiles y policías nacionales destinados al País Vasco que se habían convertido en los últimos años en sus amigos. Todos me contaban cómo les acogió; cómo les llevó a su casa con Pilar, la madre, para que se sintieran parte de la familia. Me contaron cómo se sentían junto a ese policía municipal euskaldún que les acogió desde el primer día como a hermanos.  Joseba era consciente de que su condena a muerte estaba fundada, entre otras cosas, por sus relaciones con miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado con los que trabajaba –al margen de cualquier instrucción de la cadena de mando municipal–,  para buscar y detener a los terroristas. Pero ese hecho nunca le importó; siempre puso por encima del miedo la amistad y el deber. Uno de los policías que llegó a ser su amigo me lo explicó sencillamente: “Él nos hizo mejores, Rosa”.

Joseba era un hombre libre en cualquier esfera de su vida. Recuerdo una reunión del Comité Provincial del PSE de Guipuzcoa, presidido por Eguiguren,  en la que asqueado de tanto cálculo, de tanto complejo, terminó poniéndose de pié y sacando una bandera española para “reivindicar la Constitución que nos reconoce ciudadanos”. Recuerdo también (y tengo constancia escrita de ello) la carta que le mandó a Juan Carlos Rodríguez Ibarra, adjuntándole todas las enmiendas que le habían sido rechazadas en Guipuzcoa, para pedirle que las defendiera ante el Congreso Federal del PSOE del 2000, ese en el que fue  elegido Secretario General José Luís Rodríguez Zapatero.

La carta, escrita en papel de la Agrupación Local de Andoain, decía así:

“Estimado compañero:

En Euskadi, incluidos muchos socialistas, ha prejuicios a la hora de definirse español. Es más, me temo que algunos “sociolistos· se están preparando para montarse y adaptarse a la supervivencia política en una Euskadi soberana.

Sin más, recibe un saludo socialista.

Salud y Libertad.

Joseba Pagazaurtundúa”.

Un anticipado de la historia era Joseba. No pudo ver a sus compañeros de partido confraternizando con los terroristas tan sólo unos meses después de su asesinato, Gema Zabaleta (hoy Consejera del  Gobierno López) y Arnaldo Otegi (hoy terrorista para los mismos que otrora le pusieron el título de hombre de paz), ambos en la misma mesa, hablando de entendimiento y de superación del “conflicto vasco”…  No pudo tampoco ver la traición de sus jefes de fila (como define Maite, su hermana, a todos sus líderes del PSOE y del PSE); no pudo ver el acoso al que sometió su partido a los movimientos cívicos; el mismo partido cuya casa del pueblo abría cada mañana para que la gente buena y muda de Andoain viera que aún había  valientes dispuestos a hablar en su nombre.

No vio Joseba tampoco el nacimiento de un partido nuevo, el nuestro, en el que queremos recoger lo mejor de lo que tantos ciudadanos como él representa en la historia de España: el valor de ser ciudadanos españoles y la necesidad de defender el orden constitucional que garantiza nuestros derechos. No pudo acompañarnos en esta historia de regeneración democrática y de resistencia ante la injusticia; no puede disfrutar con nosotros el día a día, las pequeñas victorias, la sensación de estar “fundando un sueño” que vivimos cada día.  No nos ha podido acompañar el amigo; pero no renunciamos a su memoria. Porque él nos hizo mejores. Y no queremos defraudarle.

Besos dulces Joseba, musu bat, maitía. Cada día te echamos en falta.

PD.

A Joseba le gustaban los piratas. Y las canciones piratas. Por eso el día de su funeral cívico en Andoaín le pusimos una de ellas: “Adiós a las penas de Abril”, cantada por Suburbano e Imanol. También desplegamos en la plaza, junto a la bandera de España, la bandera de la calavera. Y sonó la Internacional, el Himno Nacional y la marcha Fúnebre de la Guardia Civil. A él le gustaba esa marcha; además la había oído tantas veces, acompañando a los compañeros de la Guardia Civil asesinados por ETA, que pensamos que le hubiera gustado que sonara en su funeral. Ese día vi llorar a hombres hechos y derechos, de los que viven cada día siendo nuestras sombras para que nosotros podamos vivir más o menos libres.

“Las penas de abril” quedó para siempre como el himno alegre de los resistentes

Rosa Díez

blog de Rosa Díez (8.02.2010)

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