En nuestra cultura, la proliferación de

En nuestra cultura, la proliferación de lenguas empezó siendo una maldición bíblica, símbolo del caos y la confusión y, en consecuencia, de la incomprensión y de la guerra entre los seres humanos. El tema vuelve a aparecer en los textos sagrados mostrando su reverso: la capacidad de traspasar todos los códigos para llevar un mensaje de paz y prosperidad más allá de las fronteras. Mucho tiempo después, será la Ilustración la que prime lo universal sobre lo local y provinciano, el Siglo de las Luces vino a deshacer la superstición. No obstante, de la reacción que supuso la vertiente más conservadora y retrógrada del Romanticismo surgió el nacionalismo étnico, y con él llegó la sacralización del folklore y de las lenguas de escaso recorrido, muchas veces haciendo un esfuerzo para darles una estructura coherente. Frente a esta tendencia reaccionaria, la izquierda política emergente encontró uno de los fines y también una consecuencia evidente del socialismo en el desarrollo de una lengua franca o común que sirviera para estrechar aún más los lazos de la nueva sociedad sin clases que pugnaba por nacer. Este noble objetivo podemos encontrarlo en clásicos del pensamiento marxista como el mismo Friedrich Engels, Karl Kautsky, Rosa Luxemburg o incluso Lenin. Por su parte, los anarquistas anhelaban alcanzar la misma meta, y por ello no dudaron en impulsar el conocimiento del esperanto. Lamentablemente, la pseudoizquierda actual, siguiendo una estrategia desesperada para seguir viviendo de rentas pasadas, ha asumido el relativismo postmoderno -que incluye al nacionalismo étnico- para captar adeptos por la vía populista y encontrar aliados en el infierno. Arcadi Espada lo dejó muy claro en una entrevista, escasamente difundida, que concedió a El Correo Vasco: las lenguas son un instrumento de comunicación, y darles una carácter metafísico acaba atentando contra los Derechos Humanos. Vale la pena reflexionar al respecto.

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