Violencia digital

Un hombre usa un ordenador en el área de recepción de la sede de Google en Beijing (China) el 18 de enero de 2010.- APSegún Jaron Lanier, pionero de Silycon Valley, en la cultura internáutica se critica mucho y se crea poco

En regímenes como el chino, Internet se utiliza para generar rumores tanto de tipo personal como político

Soy internauta. No menos que los que pertenecen a una asociación. Soy internauta. Es algo tan común, que hoy ya no se puede usar como rasgo distintivo. No es como decir soy paracaidista o cirujano. Ser internauta es como ser telespectadora, sólo define una actividad propia de nuestros tiempos, pero empiezo haciendo esa afirmación, “soy internauta”, para aclarar, de nuevo, que somos tantos los que practicamos a diario el buceo digital, que es iluso pensar que tenemos la misma opinión sobre las reglas de este medio. Nuestra inabarcable heterogeneidad no nos permite ser representados por una sola asociación. Leo en la prensa que acaba de salir un libro aún no traducido al español, You are not a Gadget, escrito por una de las personas que contribuyeron a la creación de Internet tal y como es ahora. Jaron Lanier, se llama el autor. Lo interesante es que sea él, y no alguien ajeno, quien con este libro alarme sobre los peligros de este artilugio. Lanier asegura que las decisiones que se tomaron en un primer momento con respecto al funcionamiento de Internet favorecieron el anonimato de tal manera que han revelado el lado más oscuro de la naturaleza humana, generando una especie de “cultura del sadismo”. Este sabio internauta ha estudiado cómo en ciertos regímenes totalitarios, como el chino, Internet se ha utilizado y se utiliza para generar rumores de naturaleza personal, adulterios, por ejemplo, que pueden conducir a una persona a una situación insostenible, o de orden político, como señalar a simpatizantes de la causa tibetana para dejarlos luego en manos de una masa justiciera.

Y en España… Ay, España. Suelo mirar, entre los blogs que visito, el de un joven amigo. Lo recomendaría, pero, en este caso, no puedo decir el nombre. El blog de mi amigo está lleno de fotos sensibles y comentarios conmovedores de los dos universos entre los que tiene repartido el corazón: Nueva York y un pueblo de Cataluña. Cuando llegaron las navidades de hace tres años, este bloguero escribió un comentario irónico sobre cómo vivía de niño la víspera de Reyes en su pueblo; siendo como es hijo de personas humildes, recordaba haber percibido la manera sutil en que se relegaba a los críos de familias menos ricas. Algo así. El caso es que como internautas somos hoy (casi) todos, su texto llegó a ojos de un paisano que lo entendió como un ataque a las sagradas tradiciones vernáculas y lo puso en circulación para que otros irrumpieran en el blog y escribieran comentarios vejatorios. La cosa no quedó ahí: cuando llegaron las fiestas del pueblo, los mozos, que habitualmente comercializan una camiseta con una frase alusiva a un acontecimiento significativo que haya ocurrido durante el año, estamparon el nombre de mi amigo junto a un adjetivo: “Maricón”. No hace falta describir la tremenda angustia de los padres y la ansiedad con la que mi amigo vivió este cruel episodio estando al otro lado del océano. Como siempre, los cafres consiguieron que la víctima se sintiera culpable por haber disgustado a quien más quería, su familia. Fuimos los amigos los que le hicimos interpretar este desagradable episodio como una muestra de nuestro pecado más lamentable, la envidia, que siempre se expresó en las barras de los bares, pero que en nuestros días se ve magnificada por el ciberespacio. Envidia contra el muchacho de origen humilde que consigue una beca, deja el pueblo y se larga, que no le tiene miedo a poner tierra por medio, a estar solo en otra ciudad y labrarse un futuro con esfuerzo y entusiasmo. El episodio le hizo madurar, pero a qué precio.

En el libro del que les hablaba, el autor, Lanier, analiza uno por uno los peligros de la cultura internáutica. La define como una cultura de “reacción sin acción”: se critica mucho, irreflexivamente, y se crea poco. Recuerda este pionero de Silicon Valley cómo en un principio los teóricos internautas celebraban la desaparición de las voces individuales; la voz individual es suprimible, auguraban, incluso la de un experto, porque la masa siempre estará más cerca de la verdad. Imaginaban un mundo en el que, gracias al continuo escaneo de textos, no existiera un libro, sino el Gran Libro que contuviera todos los libros posibles; una Gran Cultura Digital en la que se ensombrecería al autor de manera que el usuario no estuviera interesado en saber de dónde viene un fragmento literario, quién rodó un vídeo o cuál era el contexto en el que fueron creadas las obras artísticas o académicas. ¡Ningún libro será una isla!, decían. Aquellos pioneros estaban generando, algunos sin saberlo, el mayor ataque a la propiedad intelectual desde que dejó de entenderse que los artistas eran meros empleados de los poderosos. Jason Lanier advierte que la opinión de la masa ha de ser utilizada selectivamente, que hay que volver a dar voz a los expertos, que hay que tratar de generar un “nuevo humanismo digital”. “Vivimos”, dice, “en un estado de somnolencia del que sólo lograremos escapar cuando acabemos con este gregarismo”. Cierto. Es la presión de una masa organizada que a muchos no nos representa, pero que puede empujar a un Gobierno, preocupado a diario por su popularidad, a modificar sus principios para aplacar el griterío de los más agresivos y dejar con el culo al aire a los débiles.

Elvira Lindo

El País (24.01.2010)

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