A vueltas con el lenguaje jurídico

Francisco Sosa WagnerUna vez más compruebo cómo el poder público está pendiente de mis «Soserías» y cómo reacciona ante sus contenidos según puede y sabe. Hace poco me he pronunciado acerca del lenguaje de los juristas y la respuesta no se ha hecho esperar: el Ministerio de Justicia acaba de crear una comisión para lograr que el lenguaje jurídico «sea más comprensible para la ciudadanía». Entre los comisionados hay sabios de mucha relevancia, entre ellos mi amigo Salvador Gutiérrez Ordóñez, académico de la Real de la lengua.

Me temo que las autoridades no han entendido nada de mi mensaje, lo cual no es de extrañar pues es su triste sino no acertar a ver más allá de sus narices.

A ver si nos aclaramos: yo defiendo que el lenguaje de los profesionales del derecho sea lo más enrevesado posible, lo más oscuro y arcano. Trufado de esos latinajos adorables que son como peanas que nos elevan por encima del común de los mortales, como joyas envueltas en misterio, signos de una liturgia remota y caduca… Debería inventarse un hisopo con el que los magistrados y los notarios asperjaran sus humedades formularias con la misma gracia y el mismo mimo con que el pastelero esparce el azúcar sobre los bollos recién horneados.

¿A cuento de qué viene expresar con claridad al litigante el contenido de una sentencia? ¿O de una escritura pública? ¿O de un asiento registral? Si las leyes no contuvieran al final una serie de disposiciones transitorias y derogatorias que oscurecen el texto y lo hacen todo él contradictorio, ¿de qué vivirían los abogados? Bien decían los latinos: «In claris non fit interpretatio», es decir, en las cosas claras no hace falta interpretar. Pero es que es justamente de eso, de interpretar, de lo que vive el jurista; dicho de otra forma, de moverse «con astucia, con argucias, con criterio», de «revolver en el Índice con un equívoco, con un sinónimo y encontrar algún embrollo» como canta don Bartolo en «Las bodas de Fígaro» de Mozart en su memorable aria «La venganza, oh, la venganza». Y lo que se dice en las óperas nadie puede negar que va a misa …

El lenguaje, parece mentira tener que recordarlo, crea todas las ficciones del mundo permitiéndonos entenderlas y, sobre todo, darles credibilidad. Sin él no hay nada y todo se vuelve una nebulosa pegajosa e indescifrable. No existen «las profesiones», existe el «lenguaje de las profesiones»; sin el lenguaje y los diccionarios todas ellas se vendrían abajo como castillo de naipes, faltas del aliento que las sustenta y las mantiene erguidas. El lenguaje es lo único real en un mundo irreal. Las personas adultas sabemos que los fantasmas no existen, existen sólo las sábanas que los cubren. Pues exactamente lo mismo ocurre con el lenguaje, sábana de todas las sábanas y embeleco de todos los embelecos.

Pues ¿de qué vivirían los médicos si los entendiéramos? ¿Y los físicos y los veterinarios? ¿Y esos analistas financieros que nos llevan a perder los ahorros porque nos embarullan con sus ratios y sus índices? ¿Qué decir de los pedagogos, constructores del gran mecano de la nadería para poder sobrevivir en un mundo tan inhóspito como el que tenemos?

Y por fin ¿de qué vivirían los lingüistas cuyas gramáticas están llenas de palabros como «implemento», «aditamento atributivo» o «atributo del implemento»? Yo propongo que si los lingüistas nos quieren corregir, creemos una comisión para corregirles nosotros a ellos.

Lo mejor es dejar las cosas como están, pues las personas decentes sabemos que toda innovación es extravío. Además, ¿se imagina alguien un mundo en el que todos nos pudiéramos entender? ¿De qué podríamos hablar?

Francisco Sosa Wagner, Catedrático y Diputado del Parlamento Europeo por UPyD

ine.es (7.01.2010)

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