Justos por pecadores

Estado de DerechoLeo en la La Vanguardia de anteayer las posiciones de los principales partidos catalanes acerca de la sentencia del TC que, hipotéticamente, declarará contrarios a la Constitución ciertos preceptos del Estatut. Permítanme que les haga un breve resumen de estas posiciones: Artur Mas mantiene que el tribunal debe inhibirse y no anular ni reinterpretar el texto, Montilla anuncia que no renuncia a hacer prevalecer el pacto político que hizo posible este Estatut, Esquerra considera que la independencia es la única solución que ya queda e Iniciativa que la Constitución entrará en vía muerta si el TC tumba el Estatut.

De todas estas posiciones se desprende un menosprecio generalizado por el Estado de derecho y una apocalíptica sensación de que a los ciudadanos de Catalunya no les preocupa otra cosa que esta sentencia y están dispuestos a rebelarse en masa ante tan ignominiosa afrenta. Salgo a la calle, hablo con unos y con otros, y percibo claramente que las preocupaciones son muy distintas. Alguien parece interesado en distraer al personal para ocultar otras inquietudes de la sociedad catalana, mucho más palpables y menos abstractas.

Los motores se venían calentando desde hacía meses y se intensificaron antes, durante y después de este verano.

El motivo es el vértigo del fracaso ante unas elecciones ya próximas. En realidad, lo que pretenden los políticos catalanes no es defender el Estatut, ni a Catalunya, ni a los catalanes: lo que tratan es defenderse a sí mismos, no dejar en evidencia su tan visible mediocridad. Están asustados ante unos sondeos de opinión según los cuales, si las elecciones se celebraran hoy, se abstendrían de votar más de la mitad de los electores: sería la constatación de su fracaso y la certeza de una desconfianza generalizada. Esto es lo que verdaderamente les preocupa.

Para entender este patético panorama, nada mejor que acudir a un documento histórico que nunca me cansaré de recomendar.

Se trata del libro de Amadeu Hurtado Abans del sis d´octubre (un dietari),publicado por Quaderns Crema (Barcelona, 2008). En él se recogen las anotaciones diarias del autor entre el 29 de mayo y el 15 de septiembre de 1934, escritas con pluma brillante e incisiva. El autor no ha pretendido acumular anécdotas más o menos divertidas y curiosas, sino, por el contrario, según sus propias palabras, la intención es consignar “las características esenciales de la vida pública catalana” (página 212). Si contrastamos lo que nos explica de aquellos tiempos y lo que está pasando ahora, poco o nada ha cambiado en la vida política catalana, los caminos por los que discurre son muy semejantes.

Amadeu Hurtado fue un prestigioso abogado y político, republicano de toda la vida, amigo y hombre de confianza de Macià en sus primeros tiempos como president. En 1934 la Generalitat le encarga la defensa jurídica de la famosa y conflictiva Llei de Contractes de Conreu ante el Tribunal de Garantías Constitucionales de la República. Ello le permite conocer los entresijos de la política madrileña y catalana de aquellos meses, que describe con ironía y minuciosidad. Memorables son sus retratos de Macià y Companys, de Alcalá-Zamora y de Azaña, así como el recuerdo de una conversación, repleta de lucidez e inteligencia, con Gaziel.

Efectivamente, al leer el libro se tiene la sensación de que el tiempo no ha pasado, que incluso los personajes se repiten. Lo que explica Hurtado es pura actualidad. Por ejemplo, al hablar de la creciente desafección de los ciudadanos hacia los políticos catalanes, Hurtado observa: “Nuestros partidos necesitan estas agitaciones (las protestas contra la decisión del Tribunal de Garantías) porque los políticos catalanes no pueden ni saben hacer otra cosa”. Y añade: “Los políticos han de suplir su ineptitud con frecuentes apelaciones al pueblo, fingiendo peligros que no existen y creando conflictos imaginarios, es equivocado y funesto” (página 167). O : “Catalunya no ha producido, ni puede producir por ahora, ningún otro tipo de político que el agitador propenso a la protesta como el pueblo mismo y hábil en aprovechar cualquier motivo de orden sentimental para provocar miedo en el adversario mientras dure la llamarada (…) La República, a pesar de haber reconocido la autonomía catalana, es tan odiosa como la Monarquía, y esto, además de injusto, puede llegar a ser funesto” (página 59).

¿Les suena todo esto? Hoy estamos como en 1934, aunque, por fortuna, quiero ser optimista, sin la perspectiva de un 6 de octubre, de una ruptura del orden constitucional. Estoy convencido de que aquellos tiempos no volverán, pero, ¡cuidado!, la historia da sorpresas y el futuro nunca está escrito.

M. Dolores García escribía en estas páginas el pasado martes: “En todo caso, sea cual sea el resultado de la sentencia, el embrollo surgió de los partidos y ellos deberán solucionarlo. No vale apelar a la respuesta ciudadana cuando, por incompetencia política, se ha acabado en un callejón sin salida. Ellos nos metieron en esto, pues que nos saquen”.

Me parece un juicio exacto. Con sus exagerados aspavientos electoralistas, los políticos catalanes lo único que pretenden es salvarse del ridículo, que los justos paguen por los pecadores: saltándose las reglas de juego, ya al final del partido intentan descalificar al árbitro, al Tribunal Constitucional, con la finalidad de que no se les pidan responsabilidades.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB
La Vanguardia (26.11.2009)

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