Gervasio Sánchez, un homenaje

Gervasio SánchezEl fotoperiodista trabaja sobre el meollo de las angustias, el de una profesión desvirtuada

Hace un siglo era costumbre  que en ocasiones señaladas, como la publicación de un libro o tras un éxito profesional, se organizara un almuerzo de homenaje. Por lo general no era nada pomposo ni estirado, por más que se denominaran banquetes,sino un grupo de amigos y colegas que se reunían para darle una alegría a quien la sociedad por lo común no hacía nada por dársela, y así pensaban, y con buen criterio, que se le compensaba de los sinsabores de la vida. Una particularidad de estos homenajes es que eran públicos, es decir, que se anunciaban por los medios habituales, sin olvidar la deferencia hacia los susceptibles asistentes de señalarles el precio del cubierto, el lugar y la hora. No era por tanto imprescindible ejercer de amigo o compadre del homenajeado, bastaba con mostrarse solidario con él, pagarse el condumio a tocateja y escuchar al final los diversos circunloquios de los convocantes más atrevidos y locuaces.

No se pedían adhesiones incondicionales ni se reservaba el derecho de admisión. Iba quien quería y quien podía pagarse el modesto menú. Gracias a esta costumbre tenemos fotos y recordatorios memorables de personajes como Unamuno, García Lorca, o el incontinente don Marcelino Menéndez Pelayo.

Son magníficos retratos de época donde se homenajea la amistad y se desvanece la envidia.

Las cosas han cambiado mucho y esa práctica hoy sería casi imposible. Por muchas razones, desde la cuestión de los escalafones – si van los jefes, están fuera de lugar los indios-,hasta el mismo pago del condumio, que exigiría un sponsor,según es costumbre, bajo la forma institucional de asociaciones, agrupaciones o demás faramalla de los diversos gremios, o de la empresa que pone las bebidas. Hoy, así entre amigos, sólo se da la alambicada costumbre de la cena sorpresa,que no deja de ser un compendio de los peores hábitos de nuestra sociedad: sorprender al homenajeado con gente que probablemente no le gustaría ver si le dieran la oportunidad de escoger, pero está obligado a hacer el paripé de lo mucho que le gusta verlos a todos reunidos. Sólo una sociedad pervertida por los hábitos horteras de la televisión es capaz de haber formalizado en sociedad la fórmula de los encuentros sorpresa.Usted se deja invitar a una cena íntima y se encuentra rodeado de un centenar largo de caras babeantes de sonrisas, a las que tiene que ir concediendo la venia como en un besamanos nobiliario.

Amí me habría gustado hacerle un homenaje a Gervasio Sánchez, a quien ustedes no conocerán pero cuyas fotos a buen seguro habrán visto. Un banquete a la manera antigua, con respeto y merecimiento, donde un grupo de colegas no necesariamente amigos tuviéramos el gesto de reconocimiento y admiración hacia un profesional del periodismo que goza de la doble cualidad de ser honesto y coherente. Oloque es lo mismo, conoce la diferencia entre protestar y llorar. El periodístico es un gremio cada vez menos inclinado a la protesta (pública) ymás al llanto (privado). Él se queja, pero insiste. Y desde que sigo sus trabajos no hay ningún retroceso ni en la calidad ni en la responsabilidad ni en la insistencia. Porque Gervasio Sánchez es un fotoperiodista que nació en Córdoba, se crió en Tarragona y reside en Zaragoza. Y aquí sí que podríamos regodearnos en los tópicos: la gracia andaluza de nacimiento, la laboriosidad catalana de su formación y la tozudez aragonesa en su trayectoria profesional.

Acaban de otorgarle el premio Nacional de Fotografía o Periodismo, no lo sé muy bien, y prefiero no saberlo porque ese tipo de cosas cuando entras en ellas te desazonan. Los premios en España exigen la condición previa de humillarte solicitándolo, confirmando la tesis general de “el premio para el que lo trabaja”. Por eso me admira y me conmueve que Gervasio Sánchez haya aprovechado la concesión de un galardón individual para recordar nuestros muertos,los profesionales caídos en el ejercicio de una profesión en la que las glorias se conceden por lo general con carácter póstumo, y suelen ser tan efímeras que apenas pasan de los funerales. Pero aún queda otra, tan cruel y despiadada que en general no nos atrevemos a denunciar. Nuestras víctimas periodísticas de los últimos años, casi sin excepción, fueron baleadas, torturadas o asesinadas bajo la condición laboral de colaboradores;es decir, aquellos que, cuando son procesados, la primera preocupación de sus empresas consiste en explicarles a los jueces que aquel plumilla, aquel fotógrafo, no tiene nada que ver con la empresa que el ilustre letrado representa, y que el reo apenas es otra cosa que un colaborador a tanto la pieza. Ahora bien, si muere, ay, si muere, entonces automáticamente asciende a la categoría de bien empresarial fecundo y enajenable. Los periodistas, como los poetas, ganan las mejores batallas cuando mueren en ejercicio.

Un homenaje a Gervasio Sánchez favorecería una reflexión gremial, porque la profesión de fotoperiodista es el más gráfico de los retratos de la crisis del periodismo, la de su identidad y la de su economía.

Para quien desconoce el gremio hay que decirle que fotoperiodista es aquel profesional que cumple dos tareas paralelas, la escritura y la fotografía, y lo hace de tal modo que no desmerezca ninguna de ellas. Por eso mismo quizá el fotoperiodista trabaja sobre el meollo de las angustias, el de una profesión desvirtuada por la instrumentalización y abocada a que la reducción de costes no se traduzca en hacer dos trabajos al precio de uno, y además en precario. Sobrevivir con honestidad y coherencia en este oficio, con lo que está cayendo, tiene algo de prodigioso. Recuerdo unas declaraciones de Gervasio evocadoras de sus comienzos en el periodismo. “Los más prepotentes eran los más mediocres”.

No creo que exista otra profesión donde el mediocre tenga tantas posibilidades de disimular sus limitaciones. Es lógico. Distribuye información reservada, por tanto selecta, y eso le hace creerse parte integrante de los que manejan el mundo. Ocurre con los empleados de los grandes hoteles, que se les pegan las maneras de sus clientes, tanto que alcanzan a considerarse de la misma clase. Quizá es por eso que el periodismo, como los camareros, constituye el gran refugio de los fracasados sociales, de los resentidos. Ni eso significa que los camareros sean así ni los periodistas asá, sino que son gremios de aluvión donde el aprendizaje lo genera el tiempo. También les pasa a los vinos, pero nadie dice nunca que el tiempo tiende a estropear las botellas, sino que aseguramos que es la vieja añada la que mejora los caldos.

La crisis económica, entre otras cosas, ha actualizado el dilema del camarero. ¿Estamos para servir o estamos para informar? Cualquier  directivo-economista diría que se trata de un falso problema, ¿acaso un buen camarero no es aquel que sirve y a la vez informa? Una variante, adaptada a los tiempos, del histórico enseñar deleitando.Nosotros no llegamos tan lejos, lo nuestro en apariencia es más rutinario: qué hacemos con la información. ¿La damos, la estudiamos, la valoramos? Hemos entrado en una época en la que uno puede sobrevivir haciéndose a la idea de que apenas nada depende de nosotros. Hago lo que me mandan. Yo no decido. Sobre este caldo de cultivo fermenta el mediocre.

No es extraño entonces el doble descubrimiento que han hecho empresas y periodistas de las ventajas de los gabinetes de información propios. Para las empresas es una manera de tapar un flanco siempre susceptible de crearte serios problemas, de modo que sus responsables de prensa han de abordar dos tareas: conseguir que lo positivo aparezca y lograr que lo negativo se difumine. Para los periodistas es una forma magnífica de ganarse muy bien la vida sin horarios enloquecidos ni angustias cotidianas. Lo que no nos atrevemos a decir es que se trata de dos oficios diferentes, que uno y otro están en diferente lugar de la barricada. Porque hay una barricada, porque en la información siempre existió una barricada; la de quien vive de informar y la de quien tiene como misión que tú no consigas saber lo que la gente debería saber.

Por todo eso me gustaría hacerle un homenaje a Gervasio Sánchez, porque siempre tuvo claro su lugar en esa barricada. Qué mejor elogio de alguien que se pueda decir: Gervasio Sánchez, fotoperiodista. Un respeto.

Gregorio Morán

La Vanguardia (21.11.2009)

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