Poco oasis y mucho camello (y 2)

JusticiaEstamos ante tres ideólogos: han sido capaces de hacer de sus ideas una fortuna, el sueño de todo pensador

Una modesta proposición. Por eso de la salud pública propongo que los medios de comunicación de Catalunya, especialmente los escritos, que parecen gozar de historia y sensibilidad, inserten un pequeño recuadro donde den cuenta, día a día, del tiempo que va transcurriendo sin que el señor Fèlix Millet entre en la cárcel. ¿Cuánto llevamos? ¿Cien, ochenta, cuarenta y cinco días? Esa misma discusión sería una buena terapia social y una pregunta digna para el equipo de Redactores de Informes Institucionales (cuyas siglas RII lo identifica con la época del jijiji-jajaja que disfrutamos). Se podría adjuntar una pregunta sencilla que obligaría a la ciudadanía a definirse: ¿Cuándo se enteró usted que don Fèlix Millet era un chorizo? Los resultados estadísticos pueden ser excepcionalmente reveladores de los segmentos en los que se divide la sociedad catalana. Soy consciente de la primera dificultad.

La idea de que Catalunya esté segmentada no deja de resultar tendenciosa porque aquí segmentos, lo que se dice segmentos, sólo hay uno. Los demás están en trance de integrarse, y si aún se consideran segmentos es porque no han terminado su proceso de adaptación. Pero si dejamos esta afirmación canónica para otro día y hacemos un soberano esfuerzo por aparcarla, hemos de abordar lo fundamental.

Fèlix Millet no está en la cárcel.

Ni está ni se le espera.

Alcachofa de encuestador en mano usted podría recorrer la geografía catalana e ir preguntando, yde seguro que se encontrará dos bloques fundamentales. Uno que no necesita demasiadas explicaciones porque tiene experiencia y sabe que la gente como Fèlix Millet no va a la cárcel sino que pasa una estancia carcelaria,y el otro bloque, muy puesto y serio, que le responderá con otra pregunta ¿por qué no dejamos trabajar a la justicia? Quizá sea por la edad y la experiencia pero cada vez que oigo que alguien dice “tengo confianza en la justicia”, me echo a temblar, porque soy consciente de que están preparándose para engañarme. Yo no tengo ni la más mínima confianza en la justicia, me sobran las razones, y me bastaría decir que los primeros que desconfían de la justicia son quienes viven de ella.

El episodio Fèlix Millet es la ecografía menos deseada para una sociedad, la expresión más brutal de un tumor canceroso. El más vulgar de los ladrones de pisos, el tironero más desalmado, no alcanzan el grado de desfachatez de un tipo capaz de estafar a su consuegro y hacer cobrar a la sociedad que le apacienta hasta sus condones, sin contar con lo de orinarse sobre los trajes de gala con fondo modernista y música orquestal en vivo. Como dicen los posmodernos, lo de Millet es el top de una sociedad corrupta y narcisista. No le den más vueltas, lo uno y lo otro, inseparables. Ahora bien, a partir de aquí hay gente que asume la necesidad de una terapia y quien se encomienda al santo patrono, porque tiene mucha fe. Y eso cada uno lo aborda como puede, como sabe o como quiere. Mi opinión personal es que esta sociedad tiene difícil arreglo, porque está demasiado instalada en su narcisismo. Se reparte tanto dinero para alimentar el narcisismo, que chocaría con muchos intereses creados reconvertir ese personal en algo socialmente responsable. Por lo demás lo que ocurra en Madrid, Oviedo o Sevilla, en este caso me trae al pairo. Estamos hablando de nosotros, y punto.

Para un observador de la sociedad catalana que no cobre de las instituciones, ¿qué es lo más llamativo de la detención del grupo Prenafeta-Alavedra-Muñoz? La irritación de buena parte de sus representantes sociales. Clase política y clase mediática, con pocas excepciones, han tomado el asunto como si fuera suyo; como si se tratara de un pariente, de un amigo, casi de un socio. Y si nos detenemos en las tres figuras emblemáticas quizá nos encontremos con eso, son socios. Mitad compadres, que dirían los mexicanos, mitad amici según dicen por Sicilia. Porque si hay algo que distinguía al triángulo Prenafeta-Alavedra-Muñoz es su sociabilidad, su simpatía, su capacidad para generar amigos allí donde otros llaman socios o compadres. Por supuesto, tres especialistas en ese oficio difícil y exquisito de la corrupción de mayores. Su transversalidad los hace más genuinamente representativos y no sólo porque se trate de una cuestión de partidos o de ideas. Que nadie dude que estamos ante tres ideólogos. Han sido capaces de hacer de sus ideas una fortuna; el sueño de todo pensador.

¿Corruptos? Todo el mundo está de acuerdo en luchar contra la corrupción en abstracto, las diferencias aparecen cuando se citan los nombres. ¿Quién de nosotros tiene la menor sombra de duda de que el señor Prenafeta ejercía de corruptor de mayores? Lo es desde que tengo noticia de su existencia. No habrá muchos periodistas veteranos a los que no haya contratado o despedido. Los famosos regalos de Prenafeta; un hombre de detalles. Nadie quiere recordar hoy aquella suculenta invención periodística que se llamó El Observador,tan irregular y corrupta que hubiera sido imposible sin los fondos y los poderes de la Generalitat pujoliana que administraba Prenafeta. ¿Cuántos fondos públicos fueron usados en intereses privados? ¿Dónde está lo privado y lo público de Prenafeta? ¿Ven ustedes cómo volvemos al tópico? Unos roban, otros defienden las instituciones. ¡El temido Prenafeta, recitador de Leopardi y responsable de la caja B de la Generalitat desde sus albores, en la cárcel! Seamos claros, no me imagino aun juez en Catalunya, ni cargado de razón y de pruebas, que hubiera osado tal desmesura. Eso es lo que ha trasbalsat al cogollo de la barretina.

No sé si ustedes gustan de las metáforas, yo las adoro porque al escribir vivo de ellas, pero podemos confundirnos con las metáforas. No existe ningún peligro de que venga un Berlusconi haciendo populismo y extorsionando a la opinión, porque Berlusconi ya habita entre nosotros. Observen a Joan Laporta; ensaya todos los días. Estamos tan sumidos en una sociedad berlusconiana que ante la detención de tres personajes excelentes, cuyos delitos deberá probar la justicia pero sobre cuya imposible honradez han trabajado ya la fiscalía y la policía, brota otra agrupación transversal: los defensores de la presunción de inocencia. Quizá muchos olvidan que no es lo mismo la condena judicial que ser inocente. Ahí tienen a los Albertos madrileños, delincuentes notables y reiterados, pero absueltos por prescripción. Vivimos en una sociedad que lleva con la mayor tranquilidad una humillación a la ciudadanía como es la simple visualización de un Fèlix Millet en vecindad, ¡y en familia, qué cojones! Una sociedad que ante la aplastante evidencia de tres individuos y sus laxos entornos políticos, tan transversales ellos que recorren toda la geografía del país, lo que debería avergonzarnos, puesto que no hemos sido nosotros, sino quienes se hicieron favores y se los cobraron, como es obvio.

Y ante todo esto lo que más nos ha llamado la atención no es la estafa, ni los estafadores, ni el deterioro de nuestro propio respeto como sociedad democrática, y según algunos hasta modelo de igualitarismo. ¿Qué es lo que nos desasosiega? “La pena de telediario”.

Hemos visto de todo en los basurales de nuestras televisiones, pero aún no habían sacado a tres de los nuestros. Bajarse de las lecheras de la Guardia Civil, esposados – odio las esposas; es una ofensa humillante, y deberían desterrarse para todos los que no estén acusados de delitos de sangre y violencia-,y con sus pertenencias en bolsas de basura. ¡En bolsas de basura! O sea que nuestros detenidos, los nuestros, han de meter sus cosas, cordones de zapatos incluidos, como todos, en bolsas de basura y no de Vinçon! Y los ponen ante los ojos de la opinión pública. ¿Humillación social? Yo la mayor humillación y escarnio me parece poner el grito en el cielo porque aparezcan en el telediario y no porque han sido detenidos por estafa y asociación delictiva tres hombres a los que la sociedad había concedido un crédito ilimitado. La idea del oasis nació bajo la forma de sarcasmo, pero algunos se lo acabaron creyendo por el simple hecho de que ayudaban a abrevar a los camellos.

Gregorio Morán

La Vanguardia (14.11.2009)

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