Berlín, 1989-2009

Berlín, 1989-2009Alemania nos envía dos mensajes políticos cuyo alcance sobrepasa ampliamente al propio país. Por un lado ha votado hace poco y los resultados electorales suponen un claro declive de la socialdemocracia. Por otro, se dispone a conmemorar el aniversario – 20 años-de la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, una fecha que simboliza el final del comunismo.

Alemania no es el único país de Europa donde la socialdemocracia y la fórmula bastante cercana que constituye el laborismo se están quedando sin aliento; podemos verlo en Escandinavia y en el Reino Unido. Y desde la desaparición de los regímenes comunistas en Europa central y en Yugoslavia, en ninguna parte de Europa el comunismo aparece ya como una fuerza política importante, capaz de obtener resultados electorales significativos. El izquierdismo, del que Lenin decía que era «la enfermedad infantil» y que ha sido sobre todo su enfermedad senil, está también, si no en desaparición, sí al menos privado de lo que estaba en el corazón de su ideología: la referencia a proyectos revolucionarios realizados por el proletariado obrero.

Los dos fenómenos – el declive de la socialdemocracia y el final del comunismo-están ligados. En realidad constituyen uno solo. Durante mucho tiempo han compartido la misma historia, la de una utopía socialista transformándose en partidos políticos vinculados a sindicatos obreros, los unos reformistas, los otros revolucionarios. Sus protagonistas se enfrentaron y dividieron, de forma irrevocable, tras la revolución rusa de 1917, cuando la URSS pidió a los partidos obreros, en todo el mundo, que aceptaran 21 condiciones que no podían conducir más que a la escisión, entre los que rechazaban y los que se unían a sus tesis. Pero más allá de sus profundas diferencias y divergencias, todos procedían de una misma matriz, incluyendo la referencia central al movimiento obrero, y el llamamiento a un Estado extremadamente presente, que aportara a la sociedad protección y desarrollo.

Un ciclo histórico se cierra en Europa para la izquierda, durante mucho tiempo organizada en función de estos dos grandes modelos nacidos de las mismas esperanzas y de los mismos combates antes de separarse. ¿Quiere ello decir que la idea del socialismo, en su conjunto, y la de la izquierda, aún más amplia, están condenadas a marchitarse?

Una primera respuesta es mirar hacia otros partidos del mundo. De norte a sur, América inventa fórmulas de izquierda que no son ni comunistas ni socialdemócratas. Barack Obama en EE. UU., Lula, Evo Morales, Michelle Bachelet, Hugo Chávez o Rafael Correa en América Latina son personalidades que abarcan un amplio espectro y no un modelo único. Japón acaba de dotarse de un gobierno de centroizquierda. Y China, Cuba, Corea del Norte o Vietnam nos indican que si el comunismo está bien muerto como fenómeno totalitario, ha sobrevivido mutándose en regímenes puramente autoritarios. Siguen existiendo por el mundo, fuera de Europa, fuerzas y poderes de izquierda que escapan a la agonía del comunismo y a las dificultades de la socialdemocracia.

Una segunda respuesta frente a la hipótesis de un proceso de decadencia de la idea de la izquierda consiste en examinar la experiencia de Europa bajo el ángulo de otras formas de izquierda que la socialdemocracia o el comunismo. El nuevo laborismo en la época de Blair, el SPD en la de Schröder mostraron que era posible innovar, apartarse al menos parcialmente del modelo canónico del laborismo o de la socialdemocracia. El socialismo francés es un partido de electos locales que experimenta dificultades a escala nacional pero sigue siendo vigoroso en los ámbitos municipales, departamentales y regionales. Está claramente apartado de la socialdemocracia y del comunismo. España está gobernada por la izquierda y Grecia acaba de votar al Pasok. Y en toda Europa los partidos ecologistas están firmemente implantados desde hace veinte años y hacen esfuerzos reales para anclarse en la izquierda articulando temáticas verdes y preocupaciones sociales de lucha contra las desigualdades o la exclusión.

Es importante, pues, evitar hacer juicios apresurados que condenen de una vez y para siempre al socialismo e incluso la idea misma de izquierda. La actual coyuntura, de profunda crisis, ha favorecido por ahora, paradójicamente, a las fuerzas de derecha en el Viejo Continente. Ysi las ideologías neoliberales han quedado debilitadas, las derechas han mantenido sus apoyos populares, pareciendo favorecer un retorno al papel del Estado y a políticas económicas abiertas a un cierto keynesianismo. De hecho, han podido, aquí y  allá, dar la impresión de copiar el patrimonio intelectual de la izquierda, lo que no puede más que contribuir a su debilitamiento.

Las derechas europeas han sabido tomar mejor las corrientes de los años ochenta y noventa y afrontar mejor la crisis que las izquierdas. Estas, si quieren sobrevivir a la superación histórica de la socialdemocracia y no sólo del comunismo, deberán efectuar esfuerzos considerables para inventar ideas nuevas, nuevos proyectos, nuevas utopías pero también nuevas dinámicas que movilicen a la sociedad.

Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París
La Vanguardia (25.10.2009)

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