¿’Quo vadis’, Berlusconi?

Silvio BerlusconiCon el grotesco “¡Viva Italia! ¡Viva Berlusconi!”, volvemos al lenguaje de la era Mussolini

El monopolio de la televisión hace innecesarios a los escuadristas

La decisión del Tribunal Constitucional (TC) italiano en el sentido de privar de inmunidad a los cuatro altos cargos del Estado, anulando así la Ley Alfano, ha dado lugar a un estallido de Berlusconi similar al que anunciaban los últimos minutos de El caimán, la película de Nanni Moretti. Fue una reacción en que se mezclaron la prepotencia y la irritación, un miedo mal encubierto con una agresividad de signo paranoico. Pocos días antes había tenido que encajar la sentencia sobre el caso Mondadori, con 750 millones de coste y la confirmación de haber sobornado a dos jueces. Ahora la resolución del TC no supone una condena, pero vuelve a hacerle vulnerable.

La carrera de Silvio Berlusconi se ha convertido en un permanente ejercicio de imposición de su voluntad soberana sobre la ley y las instituciones cada vez más distanciado de los usos democráticos. No resulta inútil, en consecuencia, la comparación con otro líder carismático italiano del pasado siglo. Para empezar, al modo de Mussolini, conjuga brutalmente en su discurso la afirmación de la propia personalidad excepcional -ahí está su grotesco “¡Viva Italia! ¡Viva Berlusconi!” ante los periodistas- con la descalificación y el desprecio absoluto dirigidos frase a frase, y repetidos por el coro de fieles, contra sus oponentes. No son éstos, “la izquierda”, sus adversarios, sino los enemigos a aplastar de Italia. El “pueblo italiano” es suyo. Su predecesor, el Gobierno Prodi, no existió; fue el Gobierno sombra. Volvemos al lenguaje de los años veinte.

Curiosamente, ahora antiguos escuadristas se han vuelto demócratas (Fini), pero su papel es cubierto de sobra por la masiva acción de los medios que garantizan al redentor San Silvio un monopolio parcial ante la opinión pública. Unos son más toscos (Il Giornale), otros más sofisticados (el Porta a porta, de Bruno Vespa), mientras domestica como hiciera el Duce a los independientes (La Stampa, Il Corriere: ambos edulcoraron la mención despreciativa hacia el presidente de la República italiana -“No me interesa lo que diga Napolitano”- en un “No me interesa lo que diga el jefe del Estado”). Contra la oposición rigurosa, tipo el diario Repubblica, no siendo factible hoy el recurso al manganello ni al cierre forzoso, pone en juego calumnias de un lado, medidas de estrangulamiento de otro. Como para Chávez, la prensa y la televisión críticas son enemigos declarados. Sólo admite una actitud de rigurosa obediencia, cuyo ejemplo sería el mencionado programa Porta a porta.

De nuevo, igual que su precursor, nombrado por su masculinidad Lui, Él, Silvio asume públicamente el papel de supermacho, no sólo al presumir de sus “conquistas” sexuales, quien sabe cómo consumadas, sino cuando se permite en Rai-1 insultar a una opositora sexagenaria. No son alardes gratuitos, sino reflejo de la vieja concepción del poder que recogieran el Código de Manu con la vara por emblema y los Brahmanas, acudiendo a la virilidad: el poder es el pene del gobernante que penetra al pueblo, su contrapartida femenina. En su versión actualizada, encarnan ésta “las masas” (Mussolini), “el pueblo italiano”, “los electores” (Berlusconi), gracias a su vigor proverbial y al encantamiento que produce la eficaz propaganda del Gran Seductor. Ahora con la televisión como instrumento decisivo.

Los mecanismos de la democracia representativa o la autonomía del poder judicial sobran, salvo como elementos suntuarios, ya que interfieren en la única relación política que debe existir, entre el Jefe que decide y quienes manifiestan en elecciones/plebiscitos su fiel adhesión a Él, Lui, proprio Lui, como ironizaba una cancioncilla de la era fascista. Según revela una y otra vez en sus declaraciones, ha de contar sólo el poder refrendado por “los electores”, el suyo (a pesar de no haberse acercado nunca al 50%). Los demás quedan relegados al papel de títeres, incluido un presidente de la República cuyo deber sería forzar el voto de los jueces del Constitucional a favor de la inmunidad de don Silvio. En otro caso, se convierte en alguien que debe ser denigrado, no mereciendo siquiera en la cita la consideración de “jefe del Estado”, y en un obstáculo inadmisible. No cabe un poder neutral super partes, precisa. De ahí el calumnioso ataque al presidente Napolitano -“ya sabéis de dónde viene”- cuyo derrocamiento permitiría a Berlusconi poner en marcha un vuelco al orden constitucional.

El norte inmediato de su política consistirá en una eliminación de aquellos (“comunistas” del Partido Democrático, “la izquierda”, los jueces) que tratan de impedir su benéfico liderazgo de “una Italia que quiere la tranquilidad, que quiere la calma en el trabajo”. Son éstas palabras del Duce en enero de 1925, cuyo contenido hoy Berlusconi retoma para avalar su voluntad de traer felicidad a los italianos por medio de su buen gobierno.

A Il Giornale le ha faltado tiempo para lanzar un manifiesto pro-Berlusconi del “país que produce” para acabar con “la Italia de los tramposos”. Igual que su precursor, non molla, no cede y amenaza: “Veréis de qué pasta estoy hecho”. No hace falta que lo explique. Jugará todas las bazas para convertir la democracia representativa italiana en un régimen autocrático de base plebiscitaria. A Carl Schmitt le hubiera encantado por personificar como antes Mussolini, en una circunstancia menos dramática, la figura del katejon, el que se impone, frente al Anticristo izquierdista y al caos, figura inventada por San Pablo y puesta al día por Schmitt, a cuyo cargo corre por encima de la norma garantizar el orden social (véase el esclarecedor estudio de C. Jiménez Segado).

¿Qué ha hecho Italia para merecer esto ahora, como antes el fascismo en los años veinte? Sin duda en la gestación de las dificultades del último siglo cuentan las malformaciones territoriales del Estado por obra del Risorgimento, la tardía modernización, la interferencia constante de una Iglesia habituada a una hegemonía secular, el decisivo trauma causado por la intervención en la Gran Guerra y el hecho de que las crisis orgánicas de aquella posguerra y del corrupto régimen de la Primera República no abocaran a una transformación progresista, sino por el contrario a soluciones conservadoras, de corte autoritario y lastradas asimismo por la corrupción.

Los residuos del comunismo tras la caída del muro sirvieron de coartada para invocar de nuevo la aparición del katejon. Así, de la costilla del seudosocialista Craxi surgió Berlusconi, formado en el mundo de grandes negocios fraudulentos del milagro italiano y con la imagen de un fascismo modernizador en el fondo. El monopolio de la televisión hace innecesarios a los escuadristas. Para sofocar el pluralismo político, bastan la manipulación masiva de la opinión desde sus medios, el fraude de ley y una constante presión agresiva contra los opositores. Todo tiene su lógica.

Antonio Elorza ha sido profesor de la Universidad de Turín y es cavalliere de la Orden del Mérito de la República italiana. Es también catedrático de Ciencia Política.

El País (21.10.2009)

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