En torno a la desobediencia civil

LEONARD BEARD El Estado de derecho es un ámbito en el que rige una única ley que a todos hace libres y a todos iguala

Las recientes invitaciones a la desobediencia civil formuladas por algunos ciudadanos –desde los aledaños de la política a los arrabales de la cátedra– con motivo de la inminente sentencia del Tribunal Constitucional me han hecho recuperar algunas viejas notas en torno a la desobediencia civil. Aunque insuficientes, quizá sean útiles para quienes pretendan afrontar la política con racionalidad, es decir, sin excesos tremendistas ni retórica tartarinesca. Son estas.

En 1970, Hannah Arendt dio una conferencia titulada Sobre la desobediencia civil. Era la época de la guerra de Vietnam. En su trabajo, la pensadora germana afirma de entrada que la desobediencia civil –es decir, si se puede en ocasiones desobedecer legítimamente la ley– se enmarca dentro de la dialéctica existente entre moralidad y legalidad. Dicho lo cual sostiene que, en principio, la infracción de la ley no puede justificarse por medio de la propia ley. No obstante, se esfuerza por salir de esta contradicción.

La primera vía que explora está en el dualismo del ordenamiento americano, que permite «la equiparación de la desobediencia civil con la infracción premeditada de una ley para verificar su constitucionalidad». Pero este razonamiento es engañoso, pues la conducta de quien infringe una ley para verificar su constitucionalidad no supone desobediencia civil. Otra fórmula que examina tiene un antecedente ilustre, Sócrates, para quien la desobediencia de la ley solo se justifica si el infractor está dispuesto a sufrir el correspondiente castigo, lo que a él le llevó hasta la muerte. Pero la aceptación de la cicuta es un recurso extremo. Y tampoco admite Arendt la homologación de la desobediencia civil con la objeción de conciencia, pese a su similitud, por no existir analogía entre objeción y desobediencia, pues la objeción es un acto individual mientras que el protagonista de la desobediencia civil es un grupo.

Pero en este carácter colectivo de la desobediencia civil se funda Arendt para justificarla. Éste es su pensamiento:

1. La desobediencia civil surge cuando un grupo significativo de ciudadanos se convence de que los canales para conseguir cambios están obturados, o de que el Gobierno persiste en una línea cuya legalidad o constitucionalidad despierta graves dudas.
2. No puede equipararse la desobediencia civil con la criminal, porque hay una gran diferencia entre el criminal que se oculta y el desobediente que desafía la ley a la luz del día. Además, la desobediencia civil es incompatible con la violencia, pues, a diferencia del revolucionario, el desobediente civil acepta la autoridad existente y la legalidad general.
3. Las sociedades modernas están sujetas a un acelerado proceso de cambio, que el derecho legaliza una vez producido, pero que suele ser resultado de acciones extrajurídicas. Ante este cambio, los canales de participación política de los ciudadanos son muchas veces insuficientes. De hecho, el sistema representativo se halla en crisis, en buena parte porque los partidos se han burocratizado.
4. Por esta razón, a la desobediencia civil le corresponde una relevancia creciente en las democracias modernas: constituye una manifestación extrema del derecho del pueblo a asociarse para reclamar al Gobierno o para protestar por sus decisiones.
5. Este derecho a asociarse para disentir tiene su fundamento en el hecho de que la obligación moral de cumplir la ley nace del consenso originario fundacional del Estado, que limita el poder de los ciudadanos y fundamenta el poder del Gobierno, pero que no enerva el derecho de aquellos a participar en las tareas de éste.
6. Por tanto, este consenso originario implica el derecho a disentir, por ejemplo, de una guerra que se estima ilegal e inmoral y que se considera promovida mediante un engaño crónico. (El ejemplo es de Arendt, quien se refería a la guerra de Vietnam).
7. Por consiguiente, la asociación para manifestarse puede llegar a ser el único medio de acción. Lo que significa que la desobediencia civil representa la última forma de asociación voluntaria.

¿Cabe, según esto, hallar un fundamento legal a la desobediencia civil? Arendt lo duda y propone encauzarla mediante su institucionalización política, atribuyendo a las minorías que la practican el mismo reconocimiento que se otorga a los grupos de interés.

Hasta aquí alcanza Hannah Arendt en su discurso lógico. En realidad, no puede llegarse más allá, porque el Estado de derecho no es compatible con la desobediencia civil, ya que un Estado es –en esencia– un ámbito en el que rige una única ley que a todos hace libres y a todos iguala, sin excepción o reserva de ningún tipo (salvo la que impetran para su patrocinado los abogados de Berlusconi). En esta vida pueden hacerse muchas cosas, pero no quedarse en la iglesia e ir a la procesión al mismo tiempo. Hay que optar: o se preserva el Estado de derecho o se rompe la baraja en forma de desobediencia civil. La decisión es libre, pero conviene tener en cuenta dos puntos. Primero, que la ley protege sobre todo a los más débiles, por lo que hay que estar muy seguro de las propias fuerzas antes de prescindir de la ley. Segundo, que el desprecio de los riesgos suele llevar al ridículo.

Juan-José Löpez Burniol, Notario.

El Periódico (19.10.2009)

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