El espejismo trilingüe

CABATreinta años de autonomía no han servido hasta ahora para levantar el poliglotismo de los catalanes

El pasado mes de septiembre la oficina de estadística de la Unión Europea, que dirige el alemán Walter Rademacher, dio a conocer los datos sobre el conocimiento de lenguas extranjeras entre la población adulta de los estados miembros. Según estos datos, España es el tercer país de la Unión con más adultos que no conocen ninguna lengua extranjera (solo Hungría y Portugal la superan). Casi la mitad de los españoles de 25 a 64 años no puede utilizar «ningún idioma» aparte del materno.

Otro dato interesante aportado por Eurostat se refiere al aprendizaje de lenguas extranjeras en la educación secundaria: mientras que en la Francia de Nicolas Sarkozy 9 de cada 10 alumnos de secundaria aprenden dos lenguas extranjeras, en la España de José Luis Rodríguez Zapatero apenas lo hacen 3 de cada 10. Enzarzados como están en otras querellas, el dato pasó desapercibido tanto para el presidente del Gobierno español como para el jefe de la oposición, que no obstante se disponen a emprender la senda de un posible pacto educativo en el que la cuestión de las lenguas extranjeras deberá abordarse tarde o temprano. En la perspectiva de este pacto, la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, ya ha sacado lo de «vertebrar» el sistema educativo para garantizar la enseñanza en castellano en toda España. La canción empieza a ser bastante aburrida. Alguien debería explicarle a Cospedal que el verdadero problema lingüístico de España no es que en algunas comunidades autónomas se dé prioridad a las lenguas oficiales propias frente al castellano en el sistema educativo, sino el escaso grado de poliglotismo de la población española en general.

Como se ha demostrado últimamente en otros ámbitos más lacerantes, en cuestión de idiomas extranjeros los catalanes no son necesariamente mejores que los españoles. De hecho, si uno empieza a buscar datos descubre que incluso podrían ser un poco peores. Según la reciente Enquesta sobre els Usos Lingüístics de la Població, solo el 23,3% de los catalanes dicen hablar el inglés «con fluidez», mientras que la media española, tanto en el Eurobarómetro de Eurostat como en los estudios del Centro de Investigaciones Sociológicas, se sitúa en torno al 27%. En otras palabras, 30 años de autonomía no han servido, hasta ahora, para levantar el poliglotismo de los ciudadanos de Catalunya y acercarlo al de los ciudadanos de Suecia, Dinamarca, Holanda o simplemente Eslovenia, país donde un poco más de la mitad de la población habla inglés lo suficientemente bien como para mantener una conversación.

Pues bien: he aquí que en el 2006 José Montilla acudió a las elecciones catalanas con la promesa de hacer de Catalunya una «sociedad trilingüe» (catalán, castellano, inglés) y con el propósito declarado de asentar el inglés en el sistema educativo. Como decía Montilla en su programa, «no nos podemos permitir un sistema educativo en el que se enseña inglés pero no se acaba de aprender nunca». Ahora que empieza a otearse el final de la legislatura, es bueno trazar un primer balance de lo que se ha logrado en este empeño.

José Montilla siempre podrá decir que su fiel Ernest Maragall, luchando contra todo tipo de adversidades, ha sido capaz de llevar a feliz término la ley de educación. Pero si uno lee con atención este documento legislativo, la idea de la sociedad trilingüe brilla más bien por su ausencia. ¿Saben ustedes cuántas veces aparece la palabra trilingüe en el texto? Sí, exactamente ninguna. Las mismas que la palabra inglés. Desengañémonos. La ley de educación de Maragall no es la ley de la nueva escuela trilingüe para una sociedad que quiere ser trilingüe, sino la ley de la escuela en catalán de siempre que está dispuesta a permitir que se imparta algún contenido curricular en inglés y que todavía recela de la otra lengua del terceto.
Más allá del hito relativo de la ley de educación, el balance de la cosecha de trilingüismo es pobre. Basta un simple rodeo por la página web de la Secretaria de Política Lingüística para darse cuenta de que, tres años después, lo de la sociedad trilingüe ni siquiera ha llegado a quienes deberían ser sus artífices. Acaso más ocupados en vigilarse mutuamente que en otros menesteres (el número uno es de ERC, y la número dos, del PSC), los responsables de la Secretaria de Política Lingüística han sido incapaces, no ya de instaurar la sociedad trilingüe, sino simplemente de sacar adelante el «gran acuerdo nacional por las competencias lingüísticas en Catalunya» pomposamente anunciado en el Pla de Govern 2007-2010. (Puestos a no hacer, ni siquiera han logrado que su web esté íntegramente disponible en castellano e inglés).

La sociedad trilingüe, pues, deberá esperar. El inglés logrará afianzarse en el sistema educativo, sin duda; ahí está el Pla d’Impuls de l’Anglès que puso en marcha el buen Joan Badia, anterior director general de Innovació, siguiendo los deseos de Ernest Maragall. Pero de un sistema educativo donde algunos contenidos curriculares se pueden impartir en inglés por parte de profesorado no nativo, a una sociedad anglocompetente de verdad hay un gran trecho. Dentro de tres o cuatro legislaturas nos empezaremos a dar cuenta de que la clave de todo el asunto no está en la escuela, sino en la subtitulación. Y, si no, pregúntenselo a nuestros admirados finlandeses.

Albert Branchadell, Profesor de la Facultad de Traducción e Interpetación de la UAB

El Periódico (16.10.2009)

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