Una visita a George Orwell (1)

George OrwellEn su mundo cabe una total libertad para que cada uno pueda pensar lo que quiera, siempre que no se le note

Osea, que cayó el Muro, el socialismo  real se convirtió en un parque temático de los horrores, el estalinismo se vio superado por la competitividad mafiosa, el orbe casi entero se hizo liberal con pedigrí renovable cada cuatro años, y fue a resultar que los dos emblemas de la denuncia del totalitarismo – la granja de animales que se rebelaban y el número mágico de 1984 que parecía inalcanzable-resultaron ser parodias del paraíso que nos hemos construido. Y así George Orwell, el que parecía paradigma de los escritores frente a la amenaza comunista, se ha situado entre nosotros con una familiaridad digna de Kafka y de Buñuel, a caballo entre la crueldad del poder y la gracia surrealista.

Usted no necesita leer esa fábula atroz y divertida titulada Rebelión en la granja,escrita en estado de gracia y con el talento preciso del gran narrador que fue Orwell, ni siquiera esa otra obra, en mi opinión menos magistral aunque con mayor densidad reflexiva que es 1984,la que un hombre con el talento de Tim Robbins lleva paseando por los escenarios desde hace dos años. Para sentirse inmerso en el mundo orwelliano no hace falta ni siquiera leerle, porque empieza a ocurrir con él algo similar a lo sucedido con Kafka tras la Segunda Guerra Mundial; un mundo literario montado sobre el humor judío más negro – Kafka al decir de sus amigos era sobre todo un humorista-se transformó en la representación del horror y la barbarie, y entonces leer El proceso o La metamorfosis,tenía mucho de bucear en las raíces de la perversidad absoluta, en su incomprensible evidencia. Kafka seguía siendo el mismo escritor; éramos nosotros y la sociedad los que habíamos cambiado, por eso un lector de Kafka en los años veinte no era capaz de encontrarle la cantidad de matices que otro lector de los años cincuenta. Lo mismo ocurre con George Orwell. Le basta a usted llegar a la terminal del aeropuerto, cruzar el umbral y ya se echará de bruces sobre ese mundo orwelliano que usted creyó con total ingenuidad que se refería a Stalin y el totalitarismo, porque nunca se le ocurrió pensar que Orwell era mucho más que eso que nos hicieron creer sobre la Granja y el Gran Hermano. Fijemos las imágenes, reconstruyámoslo como si fuera una parodia de nuestra cotidianidad más evidente.

Apenas entre en el aeropuerto deténgase y mire. Habrá de situarse en el centro, denominado meeting point,debidamente señalizado para que usted vaya familiarizándose como la neolengua.Sólo los simples piensan que es el inglés el que domina en el orwelliano territorio aeroportuario; le engañan, es una jerga creada por los iniciados para que la gente sepa a qué atenerse, no haga preguntas y sea sumisa. Todo está pensado para que las máquinas, las grandes pantallas, eviten que usted pregunte a nadie; no es sólo una cuestión de costos, es algo también referido a los contenidos. Las máquinas sólo responden a las preguntas precisas; se atoran ante el manipulador que duda. ¿Se ha fijado en que le basta con su tarjeta de identidad para entrar en el proceloso mar de los vuelos y los billetes? No necesita papel ni comprobantes, le basta con su tarjeta de identidad. ¿Y qué es su tarjeta de identidad? Un trozo de plástico que le otorga el Estado. Es muy cómodo porque usted puede hacer casi todo con él, ¿pero ha pensado usted alguna vez en lo que le ocurriría si se lo quitaran? Si los que se encargan de conceder las tarjetas de identidad decidieran retirársela, pongamos por caso, para hacer una comprobación; un asunto rutinario, nada grave, no tiene usted por qué inquietarse. Ni siquiera podría permanecer en el hall del aeropuerto. Le detendrían.

Ha conseguido la tarjeta de embarque. Un triunfo de la técnica, donde usted no sabe nada y ellos lo saben todo, porque les ha bastado su tarjeta de identidad para conocer desde su estado de cuentas – es positivo, y sobre todo han constatado que tiene capacidad para endeudarse-hasta su pasado, no sólo financiero, sino también si ha tenido o no conflictos con la justicia, y dónde vive y ha vivido, estado civil… Bueno, hasta el momento es usted un tipo normal, puesto que ha conseguido que le den la tarjeta de embarque con la sola presentación de su carnet identitario. ¡No se puede imaginar usted cuántas cosas se han dado por correctas con la sola presentación del carnet y la obtención inmediata de esa frágil cartulina rectangular que le servirá en su momento para embarcar! En su momento, porque antes debe cruzar las líneas de seguridad.

¿Qué le voy a decir yo a usted que no haya pensado cada vez que cruza por un control de seguridad del aeropuerto? Es la conciencia del humillado, lo sabe, pero confía en que será tan breve que en seguida se le pasará, y la ilusión del viaje o las ventajas del avión pronto le harán olvidar el mal trago. Vaya amontonando sus cosas en las bandejas de plástico y no se deje nada. Póngalo todo y sin excusa posible, porque si no, se lo reprochará un tipo o una señora, con ese tono chusco del sirviente con galones. Mucho cuidado con los sirvientes con galones. No les mire a los ojos; puede usted tener un lío. Ni les haga preguntas poco pertinentes o ambiguas. Mejor que no diga nada y que mire al suelo. Siga atentamente las instrucciones. Olvídese de su condición de ciudadano, es por su bien, porque ellos aseguran que lo hacen por su seguridad y usted debe creerlo a pies juntillas, y si no lo cree da igual, pero sobre todo que no se le note. Si le dicen que se descalce, descálcese humildemente, todo lo más cabecee disgustado, pero sin exagerar, porque entonces le harían quitarse el cinturón, y los pantalones, incluso dejarle en pelota, o cuestionar su tarjeta – “¡A ver, su tarjeta de embarque!”, con ese tono que usted sabe que no preludia nada bueno.

Acéptelo usted todo sin rechistar, es por su seguridad, y además por no perder el vuelo ni el dinero ni el tiempo, sin olvidar la mota que desde entonces podría tener cada vez que entregue el carnet de identidad. Vale, vale, de acuerdo. Me quito lo que haga falta, y lo hago ante un individuo, hombre o mujer, constituidos en guardianes del Estado por horas, sus servidores, mercenarios por tanto; pero no se le ocurra que detecten lo que está pensando de ellos. Son seguratas,un personal que cobra una mierda y que asume la responsabilidad del Estado, y ambas cosas se les notan; tanto que cobran poco como que saben que a ellos, mientras estén allí y con ese uniforme prestado, no les tose nadie. Son como la Guardia Civil, pero sin historia; una guardia civil orwelliana en su sentido estricto, cumplen con su obligación que consiste en que tú hagas lo que les han dicho que debes hacer. Son una empresa que ejerce de Estado por horas.  ¡Por tu seguridad! ¿O es por la del Estado? ¡No te atrevas a pasar esa línea con una duda semejante! Tu seguridad es siempre la del Estado, y la del Estado es la tuya. Ellos son un ariete en la lucha frente al terrorismo. ¿De verdad alguien ha pensado alguna vez que los seguratas del aeropuerto son un brazo fundamental de la lucha contra el terrorismo? Lo que piensa usted no lo diga. En el mundo orwelliano cabe una total libertad para que cada uno pueda pensar lo que quiera, siempre y cuando no lo manifieste ni se le note. Se llama libertad interior inalienable; en el pasado los teólogos escolásticos hicieron auténticos castillos intelectuales sobre la materia. El maldito Orwell odiaba las iglesias en general y la católica en particular; probablemente nunca se lo han explicado a usted, pero se entiende.

Si tienes alguna duda y acabas de cruzar, cabreado, sordamente cabreado, esa línea de demarcación entre dos mundos que son el mismo mundo – los que van a embarcar y los que han sido admitidos para que puedan embarcar-,si tienes, digo, alguna duda sobre tu seguridad y la del Estado, levanta la cabeza. Ya puedes mirar alto, por tanto alza la vista y comprobarás que toda una maraña de cámaras te están filmando. Creías que bastaba con las radiografías de tus maletas, tus bolsas, tus ropas…, pero no basta, porque ellas pueden equivocarse o no ser muy precisas. En ese momento, mientras observas, escucharás por primera vez una voz rotunda que cubre todo el aeropuerto: “Por su propio interés mantenga sus pertenencias controladas en todo momento”… “Por su propio interés mantenga sus pertenencias controladas en todo momento”.

Gregorio Morán

La Vanguardia (10.10.2009)

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