Cataluña se ha quedado sin fachas

FachaFacha. Término repudiado por los que tienen memoria, mal utilizado por los que pretenden hacer daño y que alguno consideran sugerente, cuando ya no saben donde situarse. La palabra facha en Cataluña explica muchas cosas y aleja de otras. Caracteriza a los que sienten un amor, vinculación o complicidad con el pasado franquista de este país o con la dictadura que soportó. Facha también es esta palabra que algunos indocumentados han utilizado para calificar a los que se mantienen críticos con una sociedad que vive en silencio su locura, su imaginario patriótico o simplemente que piensa que el tiempo que se pierde defendiendo valores del XIX sirve de bien poco.

¿Es usted facha? Mejor dicho. Se lo voy a preguntar de otra forma, querido lector: ¿cuántas veces le han dicho que es facha y usted no acepta esa consideración, mejor dicho, se siente muy alejado de ella? En cuántas ocasiones ha defendido la legalidad vigente, la Constitución a la que se llegó gracias a la democracia, el sentido autonomista y, por lo tanto, de autogobierno que España ofrece en mayor o menor medida o los diferentes territorios, el derecho que tiene Cataluña a auspiciar el catalán, como una de sus lenguas, a que cada uno se exprese como quiera, y, sin embargo, le han llamado facha.

¿Cuántas veces ha criticado los gobiernos de Pujol, de Maragall y ahora de Montilla por su exceso de dedicación nacionalista y le han llamado facha? ¿Cuántas veces ha denunciado que Cataluña ha ocultado sus asuntos turbios, su basura putrefacta, todo lo podrido debajo de una bandera y un himno, y le han llamado facha? Y de tanto llamarle facha, aunque usted odie a los fachas, se ha sentido fuera de lugar, con dolor de estómago, con sensación de cansancio, de error o de agotamiento, por explicar una realidad que la mayoría rechaza.

Estos días pasamos por una revisión de muchas cosas. Decir públicamente que Félix Millet es un ladrón no escandaliza a nadie. No sólo eso. La posibilidad de que te llamen antipatriota o te acusen de trabajar para que este país se hunda, no existe. Al revés. Se ha levantado la veda. Tanto es así que la sociedad catalana no entendería que Millet no acabara en la cárcel. Lo han destronado hasta del término señor. Lo dicen los oyentes en las tertulias: «¿Pueden dejar de tratarlo como si fuera un caballero?».

Cataluña ya no puede ocultar a sus ladrones bajo ninguna referencia nacionalista, de nación. Y eso es lo más sano que le ha pasado desde hace mucho tiempo. Siempre he pensado que las sociedades se preparan para lo que después reciben. España se dispuso durante muchos años para ir creando empresarios o políticos que tenían una preferencia por caer en los brazos de la seductora corrupción, como si de un canto de sirenas se tratara. Gracias a ello, se construyeron historias periodísticas que explican espectaculares situaciones de irregularidad supina. Tras ello, el españolito de a pie, harto de observar como unos cuantos se apropiaban de lo de todos, dirigió su mirada ante la denuncia que hacía la prensa, en especial este diario. Quiero decir que España estaba preparada para limpiar su horizonte de corruptos, aun sabiendo que el tiempo daría más.

Pero esa labor de salud pública y política no se ha realizado en Cataluña. Casos como los de Estevill, Banca Catalana, el 3% o Casinos, se malinterpretaron como un ataque a Cataluña. El presente de aquellas denuncias siempre tuvo el ataque de los que quieren salvaguardar el sentido de la patria catalana de cualquier sarpullido engorroso.

Bajo el escándalo Millet se encuentran los pozos negros de nuestra sociedad. Vía directa. Si alguien cree que un señor puede llevarse a casa unos 50 millones de euros de forma irregular, en solitario, (esta cifra no tiene valor informativo y sólo explica que cada día ascienda la cantidad desviada) es que no conoce como van estas cosas.

La supuesta repartidora del ex presidente del Palau es la que nos puede conducir a las alcantarillas catalanas. Ya se ha hablado de la fundación independentista de Àngel Colom, también la de CDC, o de la Fundación Olf Palme, mínima por su pequeña repercusión. ¿Qué hace Millet dando 1.000 euros al año a Anna Balletbó? Si hasta este organismo recaudó, ¿qué podemos pensar de otras instituciones o empresas?

Pasamos momentos de cambios. Son tantos los que denuncian las tropelías de Millet que pocos se atreven a calificarlos de facha. ¿Qué está pasando? El mundo independentista habría deseado que Arenys de Munt se llenara de fachas, que una marabunta de falangistas -fuerza que se presenta a todas las elecciones- provocaran disturbios.

Cuántos cambios. Por fin descubrimos que aquí no hay fachas y que por denunciar las travesuras del ex presidente del Palau, representante de la sociedad más intocable, no eres enemigo de Cataluña. El mundo nacionalista deberá inventar otros miedos. Este ya no cuela. Cataluña, país normal.

Álex Salmón

El Mundo (4.10.2009)

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