Informes: segunda parte

CorrupciónEl mundo visto con la mirada maniquea, sin otro gris que el que tiñe la mediocridad de quien mira

Llegó, habló en RAC 1, y no convenció. Por el camino, el bueno de Toni Bolaño me dedicó unos simpáticos insultos en un articulito internáutico, pero no se lo tengo en cuenta, porque me parecieron los clásicos arañazos de un animal acorralado. Y, por supuesto, digo lo de animal en la acepción feliz del término. Habrá que reconocer, sin embargo, que Bolaño hizo un gran ejercicio dialéctico y su intento de reinventar la gramática, para confundir las peras con los olmos, bien merecería una palmadita amable desde Palau. O desde la Moncloa, que gracias al estruendo de la escandalera sobre el control político de periodistas, no dedicamos todas las energías al naufragio del Gobierno Zapatero. Pero más allá de los esfuerzos titánicos por intentar justificar lo injustificable, el escándalo de los informes de la Generalitat crece a medida que se conocen nuevos datos, y se muestra desnudo de artificios.

Lo último es la información de otro informe, encargado por Joan Puigcercós, para saber, entre otras cosas fundamentales para el bien público, si su imagen en el Polònia de TV3 le hacía daño. 12.000 eurazos costó el amable ejercicio de vanidad política. Y a medida que el escándalo crece, crece también el espectáculo de cuchillos al aire, con ERC cargando sobre el PSC, este sobre ERC, y ambos lanzando los dos nombres clave que habrían ordenado el informe: Jordi Fortuny, a las órdenes republicanas, y nuevamente Antoni Bolaño, señalado por el primero como el único responsable. ¿Nos ha mentido Toni, cuando asegura que no fue él? No lo pregunto por simple curiosidad, aunque la curiosidad es una virtud teologal. Lo pregunto porque tengo el derecho ciudadano de saber quién dilapida 27.000 euros (27 meses del sueldo de un mileurista) en saber que servidora dice lo que dice cuando escribe un artículo. Es un informe vergonzoso, escandaloso y encima inútil. Pero lo peor es que es un informe de niño de primaria. ¡Qué malo que es! Por eso deben llamarle “auditoría de comunicación”. ¿Han pedido royaltis a Joan Oliver por copiarle el estilo?Más allá de estos desagradables aspectos, hay una cuestión de fondo que sitúa el escándalo en el centro de la madurez democrática de una sociedad: la capacidad del poder político, por entender la grandeza de la heterodoxia ideológica. El informe parte de la rancia y rastrera idea del “conmigo o contra mí”, cuya filosofía ha amparado históricamente la persecución periodística, a lado y lado de los extremos ideológicos. El mundo visto con la mirada maniquea, sin otro gris que el que tiñe la mediocridad del cerebro de quien mira.

Desde esta mentalidad intervencionista, el único periodista bueno es el periodista previsible, aquel cuyo artículo conocemos antes de haber leído. Es el miedo político a la heterodoxia, al matiz, a la sorpresa. Es decir, es el miedo político a la libertad.

Pilar Rahola

La Vanguardia (30.09.2009)

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