¿De verdad el dinero no huele?

MafiaEl mundo mafioso no admite preguntas, y quizá por eso nuestro periodismo está tan desvaído y acoquinado

Quizá vivimos en una sociedad mafiosa y apenas si nos damos cuenta, salvo cuando corre la sangre. Y no somos conscientes de que la sangre no es otra cosa que una quiebra de la sociedad mafiosa. Es el silencio, la complicidad, la rutina, el negocio pautado, lo que distingue a una sociedad mafiosa. El conflicto, la pelea social, la lucha frente al destino, son los rasgos que distinguen con frecuencia a una sociedad viva y democrática. Así es la realidad de paradójica. Cabría preguntarnos si no era una vitola mafiosa aquella tranquilidad que respirábamos con los negocios en alza misteriosa, donde todo subía como la espuma y había dinero a espuertas, o al menos así parecía, y buena parte del mundo se hipotecaba la vida soñando con ser un privilegiado a quien le otorgaban créditos más allá de su miserable existencia. Porque el sueño mafioso es un delirio construido a partir de la seguridad que dan los jefes.

¿A mí qué me importa de dónde saquen el dinero?

El mundo mafioso no admite preguntas, y quizá por eso nuestro periodismo está tan desvaído y acoquinado ante el empuje arrollador de las incontrovertibles realidades mafiosas. ¿Tiene usted trabajo, ahora que tantos los añoran? ¿Gana usted un buen dinero, cuando hay tan poco para pagar? ¿Goza usted de una vida asentada mientras la inseguridad se adueña de todo?

Pues entonces, no haga preguntas. Aquello que llamamos burbuja financiera estaba construido sobre las afirmaciones rotundas y los reflejos luminosos. Era un mundo sin interrogantes.

¿Quién era capaz de pararse a pensar que la bola no podía ir creciendo indefinidamente? En caso de duda, una rayita, y el mundo volvía a su sitio, perfecto, ordenado, inmutable en su paranoia colectiva. Los expertos no sólo eran unos ignorantes, lo que en ocasiones puede incluso ocurrir, sino que sobre todo ejercían de golfos, y es sabido que la golfería limita el lado creativo de la inteligencia.

Bastaría un pequeño detalle para confirmar que la sociedad española está inmersa hasta las cachas en una estructura mafiosa. Somos el único país donde por principio y consenso entre delincuentes, jueces, abogados, policías, políticos y medios de comunicación, en comandita y para mejor estado de los intereses de todos, se ha decidido que no se hagan públicos los nombres y filiaciones de los delincuentes, ni en grado de presunción, ni convictos y confesos, a menos que haya interés de las autoridades por ponerlos negro sobre blanco. Se hace, afirman, para proteger el honor de las familias. ¡La familia! ¿No les suena a algo eso de que la familia está por encima del delito?

Si la primera tesis enunciada por Roberto Saviano en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander se refería a la eventual conexión entre ETA y el narcotráfico, y fue enseguida convertida en grandes titulares, la segunda sufrió un peculiar achique mediático. Iba dirigida al corazón de nuestra cabizbaja economía, y esos temas, si pueden evitarse, apenas si aparecen en los medios de comunicación, y cuando lo hacen suele ser bajo la forma de la banalidad o la manipulación interesada. Las palabras de Saviano apuntaban a una de las peculiaridades de nuestra crisis:

«El día que se descubra en qué medida España está infectada por el lavado de dinero procedente de los clanes mafiosos, a través de los sectores de la construcción y el turismo, será realmente un mal día». O sea que, de creerle, los dos sectores clave de la economía española, la construcción y el turismo – el uno hundido y el otro tocado-sobreviven infectados de dinero mafioso.

Estamos absolutamente ayunos sobre la cotidianidad de un capo mafioso en España. Sabemos mucho sobre qué hacen y cómo se comportan en Sicilia, en Nápoles o Calabria. A la mafia italonorteamericana podemos seguirla día a día gracias a seriales televisivos que encandilan a la audiencia. Podríamos decir que no hay mafia sin cine y que el cine no sería el mismo sin la mafia. Pero la pantalla envenena nuestra capacidad de reflexión sobre los comportamientos mafiosos entre nosotros. Acerquemos un poco la lupa al plano. En los últimos meses se ha detenido en España, y casi siempre en la costa mediterránea, a una docena de capos mafiosos. El cine y la novela negra – ¿por qué creen que la llamada novela negra está en su momento de apogeo?, quizá porque describe la realidad que nos ocultan-dibujan unos capos mafiosos cual patriarcas bíblicos, crueles e implacables, pero justicieros, y con una deriva tierna en su corazón imperturbable. Si en la pantalla o en el libro apareciera un banquero humilde, simpático y sentencioso, consideraríamos que nos están engañando, y sería verdad este ejercicio de conciencia crítica. Sin embargo, si aparece un mafioso sentimental nos derretimos.

Un capo mafioso residente en Marbella, Sitges o Villajoyosa, fugado de la justicia de su país, significa muchas cosas. Si es capo, eso se traduce en que lleva escolta fija y acendrada, es decir, veterana en las lides del crimen, y esa gente también hace su vida cotidiana y tiene familia. Luego están los abogados; un mafioso valdría una mierda si no fuera por sus abogados, los mejores; es decir, los más caros. También tiene que llevar los negocios, porque para eso es el jefe, lo que significa empresas, con sus delegados, entrevistas… Y el dinero. Siempre una buena parte en metálico y de rápido acceso, porque la mafia obliga a las reacciones fulminantes. No se puede permitir las planificaciones a largo plazo y las inversiones en lustros; esa es otra etapa, la de los narcos convertidos en inversores de futuros. Para el dinero rápido y las operaciones sin huellas son imprescindibles las oficinas bancarias controladas, y eso requiere directores de área, y sucursales absolutamente dispuestas a todo, incluidos beneficios suculentos. ¡Ah, las oficinas bancarias de la costa mediterránea! Guardan más secretos que los confesores antiguos.

Alguien ajeno al gremio policial o al financiero, que son oficios de presente, obligados a contemplar el futuro con escepticismo, alguien de fuera digo, debería reflexionar sobre lo que significa que las mafias consideren España lugar privilegiado para el blanqueo de sus capitales. Vivimos una época de crisis permanente porque se fueron las certezas y sólo nos quedan las preguntas, y como hay muchas preguntas para ninguna certeza, ocurre que siempre hemos de remitirnos a alguna de ellas. Sabemos, por más que siempre ocupe un lugar mínimo en nuestras informaciones, que España es líder europeo en el consumo de cocaína. También sabemos que nuestro territorio es la puerta más abierta del narcotráfico. Bien, ¿y si ahora diéramos un pequeño salto dialéctico y nos planteáramos si el blanqueo de capitales, que se cebó en la construcción, no tiene mucho que ver con la burbuja inmobiliaria? Si es así, tendrán algo que contar los grandes constructores que ayer gozaban de yates escatológicos y jets de diseño, y que ahora van al psicoanalista y se han vuelto muy religiosos y han despedido a las queridas, e incluso sé de alguno que se ha vuelto vegetariano «y casi zen», afirma. La moda de lo zen entre nosotros merecería una glosa sarcástica sobre un aspecto poco señalado de los tiempos de resaca multimillonaria que estamos viviendo. Este país nuestro ha pasado en unos años del bocadillo – con o sin tomate, según las regiones-al tofu. Un salto de siglos en la civilización gastronómica. Esos caballeros inmobiliarios de ayer, ahora muleros, tan quejosos del destino, deben saber mucho de eso del blanqueo.

Quizá habría que empezar a poner a España como ejemplo del poder de la mafia en el conjunto de la sociedad. Porque consta que influyen sobre los alcaldes y sus golosas recalificaciones. Y sobre los partidos y los medios de comunicación ¿O se creen ustedes que es más difícil eso que alimentar la burbuja inmobiliaria? El día que la policía se dé cuenta… dice Saviano. La policía lleva mucho tiempo dándose cuenta. Somos nosotros los que hacemos como si no nos enteráramos. Lo conseguiremos cuando nos convenzamos de que el dinero huele. ¡Y vaya si desprende un olor característico! Que se lo pregunten a Fèlix Millet.

Gregorio Morán

La Vanguardia (19.09.2009)

 

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