Las tesis de Roberto Saviano

Roberto SavianoEn una guerra a muerte, donde se privilegia el asesinato, no hay procedimiento vedado

Que un hombre de apenas 30 años haya de vivir como un mafioso arrepentido mientras los criminales se ufanan en cazar al chico del retrato, algo así como al fotógrafo de sus bodas y banquetes, no deja de ser una de las tragedias de nuestro tiempo. Un drama sin paliativos. Roberto Saviano describió la Gomorra napolitana, y los clanes mafiosos, desvelados ante la opinión pública, dictaron su sentencia: ejecución fulminante o prisión atenuada de por vida, que no otra cosa es vivir rodeado de guardaespaldas y con las medidas de seguridad de un jefe de gobierno pero sin ninguna de sus contrapartidas. Porque si en unos la protección de los matones a sueldo del Estado es una prueba de su poder casi omnímodo, en el caso de este tipo pasa exactamente lo contrario. Su vida valdría bosta de vaca si no fuera por lo que tiene de frágil símbolo frente a la mafia. Como si el Estado, para justificarse ante quienes lo pagamos y sostenemos, necesitara garantizar la supervivencia a este muchacho, que tuvo la ocurrencia de decir lo que ellos saben y consienten.

Pero sobrevivir no es vivir. Es otra cosa.

Me impresiona y me conmueve la historia de Roberto Saviano, y si hay algo que me provoca el vómito es soportar el eructo de los defensores de la libertad on the rocks valorando, entre aspavientos de veteranos guerreros sin batalla, la gesta de este periodista que les enfrenta al verdadero peso de su inanidad.

Cuando escucho o leo a algunos de estos ilustrados cadáveres insepultos referirse a Saviano como a un producto mediático, o un chico con mérito para el espectáculo, entiendo por qué la historia de nuestro periodismo está preñada de mediocres «maestros» sin más mérito que el de canallitas. Pues somos herederos de los González Ruano, los Haro Tecglen, los Umbral, y otros que no cito por razones obvias, los hijos de la baba y el resentimiento, veteranos de la lengua arpillada de tanto lamer. Bastaría un capítulo de Gomorra,o los dos relatos que componen Lo contrario de la muerte (Debate), para dejar sentado que estamos ante un escritor. Y cuando se dice un escritor, uno se está refiriendo a ese punto que añade al periodista valiente una excelente pluma.

Yo no admiro a Roberto Saviano. Hay una edad para las admiraciones, y ya no la tengo. A mí Saviano me abruma. ¡Con veintinueve años y esa vida! Hay gente que sueña con ser alguien y que mataría por ello; incluso algunos lo han conseguido después de matar. He conocido a gente procedente del País Vasco que movió Roma con Santiago, y nunca mejor dicho, para que les proveyeran de escolta y se les considerara amenazados: para ellos ser alguien estaba ligado a la consideración de amenazado. Y por ello no sufrían, gozaban. Diríamos que se trataba de una especie de masoquismo de la vanidad. La clandestinidad como forma de vida cotidiana es una patología peligrosísima para la salud mental. Y la paradoja está ahí, que una sociedad enferma de cáncer mafioso se ve obligada a someter a implacable custodia y vigilancia a un sano, para que ella pueda sobrevivir a lo mismo que denuncia.

No hay medio de comunicación ni comentarista que no se haya hecho eco de las declaraciones de Roberto Saviano en la Menéndez Pelayo de Santander. Desde hace muchos años siento curiosidad hacia la Menéndez Pelayo y sus cursos veraniegos, son uno de los más encantadores y suculentos comederos de la cultura española. En este caso Saviano intervino en un seminario de inquietante título, «Escritor y ciudadano ante el compromiso», del que desconozco todo pero que me gustaría muchísimo saber a quién demonios llevaron y de dónde lo sacaron. Allí el periodista napolitano expresó dos tesis. La primera hace referencia a la participación de ETA en el tráfico de cocaína.

Dicho así, y con el ánimo simplificador del personal, más de uno lo interpretará como si la organización vasca se dedicara, entre atentado y atentado, a distribuir papelinas por los pueblos. Por la reacción de sobria reprobación de los expertos periodísticos en ETA, cabría pensar que Saviano ha meado fuera del tiesto, o lo que es lo mismo, en el mundo periodístico se tiene especial cuidado en que nadie te pise la manguera. Que venga ahora un napolitano introduciendo una variable exógena no gusta nada al consolidado pool de cerebros sobre el universo etarra, que son pocos y valerosos, dicho sea de paso. Ahora bien, todo análisis concienzudo exige estar abierto a cualquier hipótesis, incluidas las que no procedan del Ministerio del Interior. Hace ya años que los expertos periodísticos en ETA carecen de fuentes de información que no beban del Ministerio del Interior o sus contornos. Los contactos paralelos, transversales, que antes existían, se han roto o bloqueado. Se podría explicar el cómo y el por qué, pero nos llevaría fuera del asunto.

Saviano dice una cosa que me parece muy aguda, al señalar el manejo de tópicos en el tratamiento de ETA como organización, y uno es el que no consiente pensar que una organización política, radical e independentista, pueda actuar al tiempo como terrorista y como colaboradora en el narcotráfico. Y quizá sea por una doble concepción angelical de la realidad. Doble, porque de una parte las pruebas deba suministrarlas el Ministerio del Interior, que se cuidará muy mucho de poner sobre la pista a los periodistas de las conexiones entre narcotraficantes y terroristas. En Italia, sin ir más lejos, las conexiones entre las Brigadas Rojas, la Mafia y los Servicios de Información fueron un tabú que aún está sujeto a todo tipo de especulaciones. Cierto angelismo de los expertos también impide tomar en consideración que una organización terrorista radical pueda aprovecharse del tráfico de droga. Olvidan que en una guerra a muerte, donde se privilegia el asesinato, no hay procedimiento ni recurso vedado. Olvidamos muy pronto, porque nos descolocan las certezas. Tardamos muchos años en creer que la guerrilla latinoamericana sobrevivía gracias al narcotráfico, y cuando se hizo evidente que el gobierno revolucionario de Cuba, con Fidel y Raúl a la cabeza, era una parte del engranaje del tráfico de drogas en el Caribe, gracias al cual el Estado cubano tenía una fuente de fondos frescos de los que estaba más que necesitado, surgió el caso de los generales Arnaldo Ochoa y Patricio de la Guardia. Un puñado de dirigentes de los servicios de espionaje de Cuba hubieron de asumir decisiones que competían a todos y fueron ejecutados; enterrados ellos, se enterraba la historia.

No se trataba como pudiera creer un simple o un fanático anticastrista  de que el Estado cubano se dedicara al tráfico de droga. No, lo que hacía es facilitar ciertas operaciones del narcotráfico, con lo que conseguían un doble beneficio, económico y político: rentas suculentas y castigar el hígado del enemigo gringo. ¿Alguien en pleno uso de sus facultades analíticas puede dudar de que si a ETA se le ofrece una buena operación de cocaína con el mínimo riesgo y el máximo beneficio, va a decir que no, que sus principios se lo impiden? ¿Qué principios? El único temor sería que los narcotraficantes tienen más experiencia y les pueden engañar. Nada más. Desde los vendedores de costo en Donosti hasta los grandes, todos, con extremado rigor, abonan el impuesto revolucionario, y es sabido que hubo quien no lo hizo, pagó con su vida y fue al tiempo acusado de traficante; no por traficar, sino por no pagar. ¿Acaso el impuesto revolucionario es diferente al pizzo siciliano? ¿En qué se diferencian? ¿En los objetivos? ¿Qué objetivos? Ahora sería el momento de explicar que la mafia es una organización paraestatal, como ETA, donde uno corre riesgos pero tiene una serie de garantías de por vida. Digo bien, de por vida. Ysi no que se lo pregunten a los intelectuales que se acogen en su seno y llevan más de treinta años viviendo de eso. Por tanto no pasemos del angelismo a la frivolidad del experto on the rocks,y tengamos los ojos abiertos para ver y los oídos atentos para escuchar. Sabemos lo que el Estado quiere que sepamos. Hemos de ser muy humildes ante el que se atreve a ponernos delante un nuevo elemento con riesgo de su propia vida.

Gregorio Morán

La Vanguardia (12.09.2009)

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