¿No nos haremos daño, verdad?

Silencio cómplicePactan, compadrean, se reparten el espacio vital y comparten, por encima de todo, el silencio

Cada vez que se hace limpieza a fondo de alguna parcela de nuestra vida pública, descubrimos desbordantes letrinas. Resulta que el principal basurero de nuestra vida pública no estaba situado, como creíamos, en uno de esos platós de Tele 5 o Antena 3 en los que un pelotón de inquisidores de regadío se refocila en el estiércol íntimo de unos infelices adictos a la fama televisiva. No, el principal hedor no procede de la telebasura, sino del entrañable y culto Palau de la Música Catalana. Descubrir que los nobles antepasados de la Renaixença, el modernismo más preciosista y los armónicos ecos de Bach y compañía están cubiertos por la densa capa fecal acumulada a lo largo de los años por el inefable Fèlix Millet provoca algo más que indignación, estupor o vergüenza ajena. Provoca un aumento sideral del sentimiento de desconfianza civil. De todos los males del presente (que no son pocos), la desconfianza es el peor.

La inquina que ha levantando el inefable Millet es muy comprensible. ¡Qué tipo! Llora ahora desconsoladamente sus errores, pero días antes de descubrirse su inmundo pasteleo aceptaba alegremente el enésimo reconocimiento oficial. Las detalladas informaciones que Manel Pérez publicó ayer domingo en La Vanguardia permiten deducir que la ciénaga del Palau es mayor de lo que su autor confesó (con habilidad de picapleitos y buscando suscitar, con estudiado patetismo, la compasión de su entorno social). En la carta confesaba 3,3 millones, pero la auditoría encargada por el nuevo administrador apunta en sus primeras estimaciones que el importe sustraído durante los últimos 10 años (los anteriores han prescrito) alcanza los 12,5 millones.

Sería del género tonto, sin embargo, dejarse llevar por la indignación y contribuir a su linchamiento. No hay más mucho más que decir sobre este ladrón de guante blanco y Mercedes 500, excepto esperar y, en su defecto, exigir que el juez labore con celeridad y lo sentencie a la pena que le corresponde. Sería del género tonto añadirse al coro de los que se dedican a linchar a Millet, porque esta es, precisamente, la mejor manera de pasar de puntillas sobre algo mucho más importante: la crisis de la sociedad civil catalana. Manel Pérez relataba ayer que, a pesar de los importantes apoyos públicos, una parte no menor del presupuesto del Palau se debe a las aportaciones de particulares, lo que indicaría que la sociedad civil catalana está menos subvencionada de lo que dice el tópico. Pero, en cambio, la tranquilidad y la desfachatez con que Millet robaba a mansalva revelan que el problema principal de nuestra sociedad civil es (como no me canso de repetir desde estas páginas) su estructuración feudal.

La clase dirigente catalana no es que no se renueve: ahí están los metropolitanos Montilla y Corbacho, por un lado, o los comarcales Puigcercós o Carod, por otro, procedentes de sectores sociales excéntricos al poder tradicional. Ellos y los que llegan de su brazo entran a formar parte de los círculos dirigentes no por el camino del mérito personal – característico de una sociedad que premia el esfuerzo de los individuos-,sino gracias a la fuerza grupal. Consiguientemente, el poder en Catalunya tiende a repartirse en cuotas feudales, no por méritos individuales. Así renovó el pujolismo la estructura del poder social y cultural catalán: agregando un nuevo feudo a la mesocracia heredada del franquismo sociológico catalán y negociando el reparto de poder. Y así lo han hecho los que mandan ahora.

No es extraño que los patronos y los altos administradores del Palau no sospecharan de Millet. ¿Acaso han llegado allí por sus méritos? Algunos patronos cuentan con sobrados méritos personales o familiares: cumplían allí un rito meramente social. Y los que accedieron a tal institución representando a un organismo público (o procedentes de alguna canonjía de origen político) mimetizaban el rol social de los burgueses, sin haber creado riqueza alguna. Cambiemos de tercio: los mandarines culturales (es decir, los altos mandos de los grandes centros públicos) se quejan estos días de que la carta de Millet ensucia su profesión. Podríamos preguntarles: ¿están al frente de las instituciones culturales por su currículum personal o político? Sujetos a controles bastante severos, seguramente los centros culturales públicos no causan escándalo por corrupción, pero: ¿podemos estar seguros de que el dinero que administran está en manos de los que podrían sacarle mejor partido?

Todo lo que llegamos a ser los catalanes arranca de un colosal esfuerzo de unos individuos que, a finales del siglo XVII y a lo largo de todo el XVIII, el XIX y parte del XX, construyeron el único gran espacio industrial de la Europa mediterránea (Fradera: La pàtria dels catalans.La Magrana). Con el retorno al feudalismo, nos lo estamos cargando a ojos vista. Un conglomerado de feudos domina nuestro panorama. A veces, como sucedía en la edad media, los feudos pelean entre sí. Pero frecuentemente pactan y se reparten instituciones, presidencias de caja, consejos de administración, patronatos, mandarinazgos, canonjías. Con frecuencia lo hacen a regañadientes, como aquel chiste del paciente que aprieta las pudibundas partes del dentista mientras pregunta, sarcástico: «¿No nos haremos daño, verdad?». Pactan, compadrean, se reparten el espacio vital y comparten, por encima de todo, el silencio: «¿No nos haremos daño, verdad?»

Antoni Puigverd

La Vanguardia (21.09.2009)

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