Una puntualización. La imposición que

Una puntualización. La imposición que el franquismo llevó a cabo en torno a la lengua española fue, en esencia, una política liberticida, como todas las que emanan de un régimen dictatorial, ligada a un determinado modelo de Estado. Sin embargo, no podemos decir que tuviera objetivos clasistas, ni tampoco conllevaba las connotaciones de racismo cultural que acompañan a la imposición del vascuence y del catalán, por ejemplo. Tengamos en cuenta que ya antes de la dictadura la clase obrera y el lumpen de estas regiones estaban compuestos de población emigrada del resto de España, hispanohablante. Ni en las escuelas ni en las fábricas ni en la Administración les afectaba negativamente el uso corriente de la que era su lengua materna, el español. Es más, incluso en aquella época los cuadros de cargos intermedios de las empresas y de los centros de actividad económica estaban escogidos de entre las clases medias locales, urbanas o provenientes del medio rural, «la aristocracia obrera» local que conservaba un puesto privilegiado en detrimento del proletariado raso oriundo de otras comunidades. Esta jerarquía social no ha cambiado. En concreto, los peores puestos en el escalafón por clases de la sociedad catalana los seguimos ocupando los hispanohablantes, a quienes se nos suman en la actualidad los inmigrantes venidos de otras naciones. Las clase media-alta pequeñoburguesa y la burguesía regional más asentada siguen siendo las que mayormente apoyan la causa del catalanismo, hablan en catalán e identifican Cataluña con una nación al margen de España. La frontera del clasismo catalán lo ha marcado siempre la lengua, sobre todo últimamente. Y este clasismo viene henchido del racismo cultural que considera foráneo y, por tanto, sin derechos reconocidos a quien no se identifica exclusivamente con el catalán y con el nacionalismo. La palabra despectiva «xarnego» viene de esa supuesta inadaptación a la realidad «nacional» catalana. Todo nos lleva a concluir que el formato de la lucha de clases en Cataluña, y también en el País Vasco, no ha cambiado esencialmente desde los años del franquismo hasta ahora, sólo que a la hegemonía económica y social de la burguesía autóctona hay que añadirle el refuerzo explícito de un poder político en el que se inserta una cada vez más patente hegemonía cultural. Tenemos que recuperar, más que nunca con una necesidad imperiosa, las tesis gramscianas de lucha contrahegemónica a través de la vía señalada por el malogrado Jordi Solé Tura. Es hora de invertir los términos y asumir las riendas de nuestro propio destino.

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