El veraneo de ETA

Fernando SavaterNo recuerdo ahora si esta anécdota se la he contado ya a los lectores (puede ser la amnesia producida por fumar porros, imagínense a estas alturas, tantos años…). Trata de un amigo que dio una charla en Buenos Aires, el tema es lo de menos. Después del acto, una atildada señora porteña de mediana edad se le acercó, la mar de efusiva. Que si la alegría de recibir a alguien que venía de la Madre Patria, que cuantas ganas tenía de volver allá. «Porque yo soy etarra, ¿sabe usted?». Mi amigo se sobresaltó un poco: así que etarra… Y la señora, tan ufana: «¡De pura cepa! Y mi marido es etarra también». Caramba, también el marido, se inquietó mi amigo. «Claro, etarra por los cuatro costados… ¡Como sus padres y abuelos!». Una prosapia terrorista tan antigua ya no parecía de recibo. Poco después, mi amigo comprendió que para la buena señora «etarra» era una antonomasia pintoresca que equivalía a «vasco».

Afortunadamente, hace ya mucho que entre nosotros «etarra» no equivale a «vasco», ni mucho menos a «buen vasco». Y últimamente hasta vamos consiguiendo que «vasco» no sea sinónimo de «justificador de etarras o contemporizador con ellos». Yo espero ver el día en que hasta los nacionalistas vascos más acendrados pierdan cualquier ambigüedad o componenda al respecto. Sin embargo, aún quedan otros malentendidos semejantes circulando, no diré que tan grotescos como el de la dama argentina antes mencionada pero también bastante dañinos, incluso más peligrosos porque son menos evidentes. Los recientes atentados de la campaña veraniega de ETA han vuelto a sacarlos a la luz.

Uno de ellos, y grave, es el de la proclamada «debilidad» de la banda terrorista. Que ETA es hoy muchísimo más débil políticamente que hace 15 ó 20 años es algo felizmente indudable. Incluso me atrevo a suponer que ya nunca volverá a tener el peso político que antaño usurpó y que llegó a ser de primer rango en el País Vasco, cuando logró ejercer la segunda dictadura militar que padecimos después de la franquista. La larga lucha de los movimientos cívicos y los políticos constitucionalistas más consecuentes, jalonada por tantas víctimas y tanta incomprensión oportunista, no ha sido en vano. Hoy ya pocos dudan de que impedir que en el Parlamento o en los ayuntamientos se sienten juntos quienes se atienen a los procedimientos democráticos y los que pretenden utilizarlos para reforzar la lucha armada no es ilegalizar ideas sino negarse a institucionalizar la complicidad por hipocresía o estupidez. En Europa, la sentencia de Estrasburgo a este respecto ha corregido afortunadamente la confusión nefasta que se produjo en el Parlamento de la Unión tras una iniciativa del Gobierno español que más vale olvidar. Hay motivos para confiar en que la actual alternativa de cambio en Euskadi remachará los clavos del ataúd político de ETA.

Pero que la banda asesina esté políticamente débil no quiere decir ni mucho menos que haya perdido su capacidad destructiva, extorsionadora y criminal. Por ello resulta equívoco mencionar su «debilidad» cuando comete un atentado, porque puede llamar a engaño a la ciudadanía sobre la «debilidad» a que nos referimos, como en el asombroso titular que pudimos leer en este mismo diario: «Una ETA más debilitada que nunca asesina al inspector Puelles». ¡Hombre, por favor! Parece una broma, como decir que encontramos a Mike Tyson debilucho porque flojea cuando se le hacen preguntas sobre Kant. Con su medio siglo recién cumplido, ETA aún conserva recursos operativos más que temibles, gracias a la Viagra que le procuran quienes pagan impunemente su impuesto de terror y que le permiten adquirir lo último en tecnología punta del exterminio. Y también por su habilidad para aprovechar cualquier fallo en la seguridad de los amenazados y de quienes tienen el honroso deber de protegerlos. ETA no ahorra en gastos para matar, como en cambio a veces otros regatean en el alto precio de la seguridad, que vale tanto para cualquier ciudadano como para la Guardia Civil y demás defensores profesionales del orden democrático.

Fernando Savater

El País (12.08.2009)

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