Por qué asesina ETA a guardias civiles

Grupo antiterrorista de la Guardia CivilLa eficacia contra el terrorismo etarra convierte a la Guardia Civil en el enemigo principal

En mayo último, el diario abertzale Gara publicaba una de sus periódicas entrevistas a la banda terrorista ETA. La banda reconocía estar sumida en un proceso de debate interno al que llegaba por la dificultad de mantener una línea estratégica unívoca. En lo que conocemos como «entorno próximo» se abrían fisuras en la vía doctrinal sentida o impuesta. La mella eran los atentados, durante mucho tiempo cuestionados y aceptados por algunos sectores de ese entorno como tributo necesario para alcanzar el fin último y superior: la autodeterminación.

Dentro de la conocida ambigüedad con que ETA suele resolver y cerrar sus procesos de reflexión, trascendió, de manera un tanto difusa, cómo dos tendencias se disputaban la capacidad de decisión, el poder. De una parte, un contingente no desdeñable de presos, y otro, tampoco desdeñable, del espacio abertzale proclive a dejar las armas y replantear las tesis dialogantes que en 2004 cristalizaron en la llamada Declaración de Anoeta. De la otra parte, los conocidos como halcones, la línea dura, formada en su mayoría por jóvenes procedentes de la kale borroka, de reciente incorporación a las áreas de decisión y operativas de la banda, sobre todo a los comandos. Éstos serían partidarios de una vuelta de tuerca a la radicalización de acciones y de una estrategia resuelta a corto y medio plazo en un escenario de muerte capaz de conmover y herir a la sociedad y al Estado, obligándolos a una aceptación de sus tesis, una claudicación que lleve a la negociación, a su juicio inalcanzable de otra manera; para tal estrategia su principal instrumento es el atentado mortal, el ataque a la vida con métodos de especial perversidad que permitan la fácil visualización social del desprecio al más íntimo y arraigado sentimiento primario y moral de seguridad.

De hacia qué parte se inclinó la balanza de aquel debate de hace dos meses dan buena cuenta el atentado del 19 de junio, que costó la vida al inspector de policía Eduardo Puelles, el ataque salvaje a la casa cuartel de Burgos, el 29 de julio, y las alevosas muertes de dos jóvenes guardias civiles en Mallorca al día siguiente.

Con ellos, ETA ha asesinado a 208 miembros de este cuerpo en sus 50 años de atroz existencia. ¿Por qué este empeño homicida hacia el Instituto Armado?

En múltiples documentos incautados a la banda criminal cuando caen sus comandos, se mencionan como objetivos estratégicos las instituciones que vertebran el Estado, y como objetivos tácticos a los que las encarnan, cuanto mayor su nivel de representación, mejor. Así, en el íter criminis de su cruel permanencia en la sociedad española, han perdido la vida servidores públicos y ciudadanos ejemplares de todos los estamentos: jueces, empresarios, militares, periodistas, políticos, policías o personas que tuvieron la desgracia de pasar por allí en el fatal momento. Pero esta realidad inamovible no empece la pregunta de por qué asesina ETA con saña singular a guardias civiles. En la respuesta se funden dos circunstancias principales.

De un lado, la posición que ocupa en el sentimiento popular que, a través de encuestas de opinión, identifica y reconoce repetidamente a la Guardia Civil entre las tres instituciones más valoradas del Estado. El análisis muestra a este cuerpo como garante de los principios cívicos que vertebran y cohesionan la sociedad. Cuando ETA mata a un guardia civil no quiere matar sólo a un servidor público; quiere matar todos esos valores sustantivos de la sociedad española, y que se note.

De otro lado, la eficacia demostrada por la Guardia Civil en la lucha contra el terrorismo etarra la convierten en su enemigo principalísimo. A través de los medios de comunicación, la ciudadanía es testigo de los grandes golpes asestados por el Instituto Armado a las estructuras ideológica, operativa y logística de ETA. Caen los comandos, uno tras otro, para ser puestos a disposición judicial; caen las cúpulas, una tras otra, sin tiempo para «tomar posesión», asumir sus roles e impulsar sus estrategias de muerte… Pero Burgos y Mallorca nos muestran que falta camino por recorrer.

Cuando mediado 2009 hablamos de los atentados de ETA, hablamos de acciones ejecutadas por ciudadanos del siglo XXI; ciudadanos de un país de la UE, de un país líder en el reconocimiento, garantía, ejercicio, desarrollo y tutela jurisdiccional de los derechos humanos; hablamos, ahora y aquí en España, de desalmados, tantas veces militantes en la estulticia, como cuando nos insultan con comunicados del tenor de aquel en que, tras amenazarnos, nos explican cómo se puede matar durante un alto el fuego permanente y proclamado y seguir sin embargo en tregua; hablamos, en fin, de un fenómeno trasnochado, difícil de ubicar incluso en las montañas afganas, deleznable en la excusa irracional e intelectualmente opaca que enarbola.

Seguramente ETA está mucho más débil que hace tres años, que hace dos o incluso uno, pero su capacidad de muerte y destrucción permite todavía acciones como las sufridas recientemente. Ante ello sólo cabe la perseverancia, y de eso sabe bastante la Guardia Civil. El cuerpo ha perdido otra vez dos jóvenes guardias civiles, Carlos Sáez de Tejada y Diego Salvá Lezaún. Les arrebataron la vida quienes sólo entienden el rito de los dioses pequeños, el hedor de su cruel liturgia. Ciertamente, queda camino, y en él los ciudadanos encontrarán siempre a la Guardia Civil.

Juan Carlos Rodríguez Búrdalo es general de división de la Guardia Civil.

El País (11.08.2009)

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