Tradiciones y tradicionalistas

Lance en los encierros de Pamplona 2009En cuanto unas pocas voces cuestionan el futuro del encierro de Pamplona, por su brutalidad, algunos del lugar se ponen ariscos e invocan la sagrada tradición. Los encierros deben pervivir porque son tradicionales, tal es su réplica habitual. Quien esto escribe se inclina por su continuidad, pero descree del valor incontestable de la tradición como supremo argumento favorable al encierro o a cualquier otra práctica social. Instituciones o usos arraigados en una comunidad no valdrán porque vengan de antes, sino porque sean justos o convenientes para sus ciudadanos. De suerte que, más allá del encierro (y con mayor interés), ese criterio ha de servir para la justificación o rechazo de múltiples realidades que entre nosotros pasan por tradicionales. Y ello nos pide hacer algunas distinciones que parecen oportunas.

Hay una especie de tradición que aún no es, pero que se quiere que sea. Me refiero a esas costumbres o prácticas inventadas hace bien poco y que responden a la necesidad de dar pátina a nuestros actos más ordinarios. El presente suele ser prosaico y aburrido, y nada mejor para rescatarlo que infundirle alicientes novedosos y, mejor aún, dotarlo de presuntos antecedentes ilustres. Uniformes sanfermineros, encierro de la villavesa, cánticos al santo, “zambullidas” en la Navarrería, pañueladas y alubiadas, ajoarrieros de las peñas y otras reiteraciones -por ceñirnos sólo a nuestras fiestas- son de anteayer mismo, pero muchos las creerían llegadas de la noche de los tiempos. Desde épocas bien recientes existe aquí mucha afición a crear costumbres de la nada o de la casi nada. Ya se sabe: el prestigio de los orígenes, el valor de la diferencia, el respeto de la identidad, el fomento de los rasgos culturales y cuantas lindezas nos han cantado estos últimos años los antropólogos y gremios afines. Exaltamos el “nosotros”, lo mismo que hacemos del “ser de los nuestros” la consigna más fuerte. De este narcisismo colectivo a un nacionalismo inconsciente no hay más que un paso. Pero ahora sólo nos importa resaltar la maravilla de ser contemporáneos de vetustas tradiciones a las que hemos visto nacer.

 Ahí tienen asimismo las tradiciones que fueron antes, pero que ya no son. Esa o aquella tradición rigió durante un tiempo, tal vez a lo largo de siglos, pero dejó de hacerlo varios lustros o siglos atrás y no ha llegado viva a nosotros. La práctica en cuestión será antigua, todo lo vieja que se quiera, pero no es tradicional. Tradición no significa antigüedad. Tradicional es lo antiguo que pasa de padres a hijos (del tradere, entregar), y hay experiencias que las generaciones anteriores no entregan a las siguientes. Entre nosotros, por ejemplo, ese vascuence desaparecido del uso de las gentes en casi todo el territorio de Navarra nos revela lo que no es un presente tradicional y sí tan sólo pasado muerto. ¿Hará falta añadir que no hay dictamen de la historia ni decreto de la moral (y menos de la política) que nos obliguen a recuperar las tradiciones pasadas? Los vivos vivimos de incontables herencias que nos han legado los muertos, pero también gracias a que hemos abandonado otras muchas por inútiles o injustificables.
 Más conflictos suscitan en todas partes las tradiciones que todavía son, pero que no deben ser o seguir siendo. Se trata de todas aquellas que es preciso revisar, y en su caso transformar o sin más eliminar, a la luz de principios morales indiscutibles o principios políticos universalizables. La dignidad del hombre no tolera que subsistan los códigos tradicionales que incluyen la amputación de un miembro o la pena capital. Frente a la soberanía popular como clave de organización de lo público han de borrarse las invocaciones a la voluntad de una Iglesia, del señor o del amo, de la sangre o la casta, del caudillo o de la casta militar… por tradicionales que sean en una sociedad. Negarlo sería tanto como consagrar en política la llamada legitimidad tradicional, o sea, la conciencia de que la validez de las normas y de su obediencia estriba en que siempre ha sido así. En nuestra tierra la tradición institucional de mayor alcance es la foral, esos presuntos derechos históricos que quiebran el supuesto nuclear de nuestra igualdad como sujetos políticos. Fueron derechos cuando no había derechos individuales sino de territorios y monarcas, cuando no había ciudadanos sino súbditos, cuando no había leyes nacionales sino locales. Esa tradición del antiguo régimen se extinguió, por suerte, y con ella habrán de extinguirse todas sus secuelas. Podemos disimular y estirarla alguna temporada más, pero no llegaremos a justificarla.
Por eso, en fin, quedan tantas tradiciones que aún no son y deben llegar a ser. Son las tradiciones contrarias a todas las anteriores y abarcan creencias y conductas colectivas, instituciones y celebraciones acordes con la dignidad humana y la exigencia democrática… que todavía nos faltan. ¿Se instaurarán algún día? Sí, tan pronto como muchos de nuestros confundidos progresistas se liberen de su profundo talante tradicionalista.
Aurelio Arteta, Catedrático de Filosofía Política de la UPV
upyd.es (7.08.2009)

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