Hoy lunes

Albert BoadellaCuando evoco el pasado de esta compañía, lo primero que experimento es un ligero vértigo que provoca la nostalgia de la juventud ¡Y que juventud! Durante nuestras primeras veleidades escénicas vivíamos con una placentera sensación de impunidad alentada por cierta ignorancia, lo cual nos permitía entonces toda clase de disparates. Esta impunidad se veía acrecentada además con la petulancia de ir por el mundo como si fuéramos emisarios de la generación destinada a cambiar España ¿De veras hemos cambiado algo sustancial?

Hace unos días, discutiendo con un colega sobre esta cuestión, al ponerle en tela de juicio sus acciones “subversivas” durante la dictadura, me increpó preguntando: ¿Y tú que hacías entonces? Mi contestación fue cortante: ¡Yo hice Els Joglars! Sin duda el porcentaje de farol es muy alto pero como decía Dalí “En toda mentira hay siempre un fondo de verdad”.

En los últimos tiempos empiezo a pensar que lo más relevante de los 50 años de teatro, al margen del estilo de las obras, es la forma como ha ido evolucionando la actitud de la compañía frente a los acontecimientos externos. Desde un manifiesto fundacional que nos inducía a trabajar por la recuperación de las libertades nacionales (catalanas por supuesto) hasta llegar a la presentación pública del libro Adiós Cataluña en alta mar para no pisar territorio catalán, hay una historia que tiene mucho que ver con la propia transformación de la sociedad española. El autoexilio en el que se ha situado actualmente Els Joglars forma parte de la evolución, no solo de sus miembros, sino de unos principios éticos y artísticos mantenidos con una obsesiva tozudez. Es un principio muy sencillo y eficaz para el arte: nadar a contracorriente.

Ciertamente, en los primeros pasos hubo un público que nos identificaba con lo catalán a pesar de que solo nos expresábamos a través del mimo y con muy tímidas referencias al entorno. Pasado un tiempo, a este público de entusiastas folklóricos se sumó la entelequia antirégimen al descubrir algunos destellos de mayor precisión beligerante en los espectáculos. Sin embargo, la paradoja se produce en la transición, que es cuando en realidad comienza el aspecto más indómito de la compañía. Hay una búsqueda obsesiva sobre la realidad y la auténtica naturaleza del poder que no siempre es certera pero que, por lo menos, tiene la voluntad de no seguir las consignas de la corrección. Ello nos lleva a dirigir los dardos, primero a unas fuerzas armadas enclaustradas en el pasado cuya reacción brutal muestra la exactitud de nuestra exposición, y después, al grotesco espectáculo de una iglesia que destruye sus esencias rituales para intentar camuflarse en la modernidad. Cuando los teatros se llenan de público dispuesto a festejar estos aquelarres contra los residuos del pasado, aguamos la fiesta y la emprendemos con el nuevo poder emergente en la democracia, y como guinda final, satirizamos reiteradamente el tribalismo nacionalista que acabará dominando la política española. Esto último, se muestra con toda su hegemonía cuando consigue, con el tiempo, extinguir la audiencia de la compañía en Cataluña a causa de los constantes envites escénicos.

La vuelta de tuerca al historial ha sido poner a caldo la nueva sociedad del pensamiento único surgida del status político-intelectual de la izquierda. La llamada progresía y sus mitologías se han convertido en objeto de escarnio y sátira en las últimas obras, lo cual significan unos dardos lanzados precisamente a una parte sustancial del público que asiste a nuestras representaciones ¡Tampoco se trata de acudir al teatro para reírse solamente de los de fuera! Será más o menos oportuno, pero en cualquier caso nadie puede tildar Els Joglars de teatro comercial.   

A lo largo de los años nos han tachado de antipatriotas, blasfemos, zafios o fachas, por recordar solo tres o cuatro de las lindezas dedicadas desde todos los sectores. Un puñado de antiguos miembros de la compañía están enfurecidos por esta evolución que quizás consideran una degradación, especialmente en lo que se refiere al terruño. Obviamente, ellos se arrogan siempre el mejor momento del grupo y cuando se largaron (que casualidad) todo dejó de ser lo que era. En definitiva, hemos conseguido hasta cabrear incluso a los que un día participaron de esta dinámica rebelde y asilvestrada.

¿Dónde acabará la historia? Se admiten apuestas.

Hasta mañana… si Dios quiere.

Albert Boadella

Els Joglars (3.08.2009)

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