La noche del 9 de julio (II) desde el corazón de la Cataluña catalana (I)

carod y zapateroQueridos contertulios: he aprovechado algunos ratos del curso de mi graduación en la abuelidad en tierras catalanas, nada menos que en el corazón profundo de la que el primer alcalde constitucional de Vic llamó la «Cataluña catalana», para escribir un escrito, siguiendo las pautas aproximadas de un artículo, sobre el pacto de financiación autonómica. En realidad, es una exposición explicativa de lo que fue un correo anterior mío, a bote pronto, sobre ese pacto cerrado en la noche del 9 de julio a base de telefonazos entre Carod y ZP y de horas de encuentro paralelas o simultáneas entre A. Castells y E. Salgado. Como el artículo, escrito por agregaciones o acumulación de impresiones durante los días que he pasado allí y concluido después de mi retorno, es algo extenso, lo he dividido en dos partes. También ello me facilita el envío de algunos de los documentos adjuntos a los que hago referencia. El asunto da para un libro, pero de momento me consuelo con estos apuntes sobre lo que para mí, junto a la de la partitocracia, es la cuestión nuclear de la democracia en España desde la dos últimas décadas del siglo XX.

La noche del 9 de julio (II) desde el corazón de  la Cataluña catalana (I)
La aciaga noche del 9 de julio ha tenido la virtualidad de convertir en normal a ojos de una mayoría de ciudadanos catalanes (y puede que de una imprecisa buena parte de la ciudadanía española que vota izquierdas) el procedimiento de bilateralidad nacionalista y la desigualdad redistributiva del nuevo régimen de financiación autonómica; o sea, ha normalizado una ignominiosa bofetada a la democracia. Ha sido la consecuencia normal de la pedagogía nacionalista de tantos años de normalización lingüística y de otras esencias conceptuales de la normalización nacional catalana (como la del déficit fiscal). Hasta ahora, la normalización nacionalista se situaba aún, de manera preferente, en el campo lingüístico y simbólico, el que acaba proporcionando la gramsciana “hegemonía cultural”.

Después de los últimos logros del desafío nacionalista al Estado nacional o constitucional de 1808/1878, se ha producido una inversión marxiana de la hegeliana simbología y lingüística nacionalista y, al fin, el concepto y significantes del lenguaje nacionalista, el del “déficit fiscal”, etc., se han hecho carne y han levantado sus tienda en el campus de la democracia en España; la palabra se ha encarnado en pelas. 

El más reciente y glorioso episodio de esa normalización incesante y sin límite fue la aprobación de la LEC (de la que, por la importancia que le concedo, os ofrezco más comentarios adjuntos) y el próximo será la de una sentencia del T. C. sobre el Estatuto adaptada a las secuencias de normalización estatutaria de estos tres últimos años en el que el juego político ha venido marcado por las acometidas de los dirigentes de la “constitución interna” (“histórica”, no escrita, lingüística, cultural, etc.) de Cataluña,  en ausencia de árbitros constitucionales (de la Constitución española de 1978).

Ya que resido estos días, especialmente emotivos y estimulantes para mí, en el corazón boscoso de la “Cataluña catalana”, el mismo corazón montañoso de nyerros y cadells, de Perot Rocaguinarda y del Bac de Roda, que transitó D. Quijote, y corazón asimismo de los contemporáneos obispos Morgades y Torras i Bages y del canonge Collell, y, paradojas de la vida, de algunas de las huellas más profundas de mi juventud tardía y de mi madurez,  quiero ofreceros algunas impresiones mías de esta normalidad catalana resultante de las ya seculares campañas de normalización nacionalista, días después de la aprobación del nuevo sistema de financiación autonómica. Es sorprendente que, desde atalaya central de Osona, las Guillerías y el Cabrerés, la perspectiva teórica se me presenta más concreta, la lucidez analítica se me torna más real y entendible, que desde el Sur periférico (periférico por subalterno, subordinado y dependiente de los centros políticos y económicos).

El binomio que funciona aquí es bienestar (o prosperidad) y conservadurismo como  ejes significantes incluso de las actitudes más radicales y de la mentalidad popular. Ya he dicho en alguna ocasión que Vic y la comarca de Osona eran paisajes sociales típicamente franquistas, nacional-católicos, con algunos y obligados islotes disidentes (más que disidentes, ovejas negras familiares), cuando me asenté aquí hace más de siete lustros, y que, en cierto modo, todavía discurre bajo una hegemonía conservadora, catalanista, con su obligado correlato de oenegés y símbolos progres o radicales del nacionalismo de izquierdas. Pienso que, con estadísticas en la mano, esta impresión es extrapolable al conjunto normalizado y reglado de la política y sociedad catalanas.

No me resultó, por ello, extraño leer estos días en la prensa comarcal una reseña de la charla de Joaquim Nadal sobre las excelencias intelectuales de la figura del vigatá Balmes, una de las figuras del conservadurismo “pragmático” del siglo XIX español, que fue reivindicado en los años 30 del XX por la revista “Acción española”, una publicación que se centró en la justificación ideológica de futuras acciones para liquidar la República y el Estado liberal. J. Nadal fue candidato del PSC a la presidencia de la Generalitat después de Obiols y una de las cabezas visibles de la historiografía marxista de la escuela de P. Vilar. En este terreno, estoy curado de espantos desde el día que en su día que leí un artículo de J. Fontana, la patum de la historiografía marxista surgida entre los discípulos de izquierda de J. Vivens, sobre la trascendencia en la formación de la nación catalana de figuras como Guifré el Pilós y el Abad Oliva. Era un escrito manifiestamente hagiográfico de los mitos historicistas de la historiografía nacionalista.

Esta cápsula ideológica (historicista, lingüística, cultural, comunitaria o identitaria, etc.) de la normalización nacionalista, la existencia de un estado de opinión “políticamente correcto”, es lo que explica la concordancia de los logros nacionalistas en materias como la financiación y la redistribución fiscal con una opinión pública mayoritaria que dice lo que se puede y se debe decir respecto a los “asuntos delicados” (ya sabemos que opinión pública no es necesariamente opinión ciudadana ni democrática, pero sí que es la que se puede expresar sin mayores riesgos para la vida del que la expresa).

A una pregunta, “a peu de carrer”, en el semanario OSONA de esta semana, sobre la opinión que le merece al entrevistado el acuerdo “de Catalunya amb el govern central” (ni siquiera se habla de acuerdo de financiación estatal), algunos (profesionales, jubilados…) responden que el “finançament és positiu per a tothom” (todos los catalanes, se entiende), que “al final ha sortit un finançament força positiu”, etc. La otra mitad (jubilados, estudiantes, un pequeño empresario o botiguer…) se queja de que se queda corto: “es tracta dún enganyapastors per a callar a la gent”, “semblava que tindríem un finaçament just i al final res de res”, “Catalunya mereix un un finançamment millor”, etc.

En la selección de cartas del 9 Nou, otro medio comarcal del mismo grupo que La Opinión de Málaga o de Granada…, las únicas opiniones publicadas insisten en que este sistema es insuficiente porque la suficiencia es el sistema de concierto foral (el vasco) y el sistema aprobado sirve aún para que las “balanzas fiscales” (el mito del déficit fiscal autonómico) de las regiones ricas y responsables (que cumplen con sus deberes y realizan el “mayor esfuerzo fiscal”) sigan utilizándose por el Estado (España, Madrid, el centralismo) “per mantenir a les restants”. “Per comparació amb el país basc i navarrés no estaríem ja tan lluny del concert econóimc…”, pero “sembla que aquest concepte (el de no ajustarse a las balanzas fiscales y a la “creació de més bens autonòmics propis”)  només és aplicable a les autonomías més avançades…, condemnades a fer millor els deures per a mantenir a les restants… El factor competitivitat no és impositiu solament als voluntariosos. Ha de ser punitiu als mandrosos, si volem anar tots en el mateix tren”.

Aparte de las falacias conceptuales y estadísticas de la apología de la desigualdad fiscal y redistributiva de esas opiniones, que será el tema de mi próxima entrega sobre la aciaga noche del 9 de julio, hay algo que quiero destacar ahora, porque me parece la clave del arco de la bóveda nacionalista:  la asunción plena, normal, de la bilateralidad (Cataluña-España), la suposición de que ni Cataluña es España ni de España sino que tan sólo está en España debido a un contencioso histórico aún pendiente (el llamado “problema nacional” o “cuestión nacional”, la “cuestión catalana”, el “conflicto vasco”, etc.), y la tramoya ideológica para ocultar o metamorfosear las reales desigualdades del mercado español (de producción e intercambio, de movilidad laboral, financieras, fiscales, redistributivas…) y el lugar del binomio Cataluña-España en ese mercado. En realidad, al amparo de supuestas legitimidades historicistas, preconstituyentes y reaccionarias (antidemocráticas), han conseguido de tapadillo un cuarto del sistema de concierto, un 25 %; ésa es la verdadera carga de profundidad de este régimen de financiación, como vislumbró a la primera Rosa Díez.

Si las declaraciones citadas y, en general, el 90 por ciento de lo que he leído en la prensa catalana (El País incluido) durante estos días, se trasponen a un libro de textos historia, sin referencias de fecha y lugar, podrían confundirse fehacientemente con declaraciones de Bossi o de algún otro ideólogo lombardo de la Liga del Norte de Italia, con la opinión de de algún nacionalista bávaro, con alguno de los discursos imperialistas de Prat de la Riba, con alguna cita de Dencàs o de alguno de los fascistas de Estat Català en los años treinta, con el discurso racista de Vandellós hace ocho décadas y de hace menos Pujol sobre los inmigrantes españoles, con el pensamiento de algún colonialista y racista de los años 40 o de un xenófobo neocolonialista (puede que de la era Bush)…

Sin embargo, aquí, en Cataluña, y más en este epicentro catalanista, son posiciones “normales”, legítimas, habituales en grupos considerados progres y de izquierdas, auspiciadores de todo tipo de oenegés solidarias, etc. Son las posiciones, sin paliativos, explícitas o implícitas, del Tripartito que gobierna y de la coalición opositora (CiU). Estos días he leído en distintos periódicos la información del pleno parlamentario sobre la financiación lograda. Toda la discusión e interpretaciones han discurrido y se suceden dentro del círculo perverso del nacionalismo (perverso porque ignora y estigmatiza cuanto no es nacionalista, y si no se es catalanista se supone que es españolista). Es una muestra mediática que se parece a los manuales o códigos que utilizaban los periodistas durante el franquismo para percibir e interpretar los movimientos de las familias del régimen dentro del mismo régimen.  

Enric Juliana, uno de los analistas mejor dotados, hablaba de la demostración de la “capacidad hegemonista” (“¡al fin!”, decía) del tripartito, con lo que queda probada una capacidad equivalente a la mostrada por Pujol y el pujolismo; este mismo periodista elogiaba que al fin los servicios de propaganda del PSC y de la Presidencia de la Generalitat habían sido eficaces para presionar en la Moncloa, aislar y deslegitimar a los adversarios y sincronizar los apoyos sociales del Foment, la Cambra de Comerç y los sindicatos (fijaros en la posición y función de los sindicatos).

De la eficacia de los servicios de propaganda en la Moncloa dio fehaciente muestra Chaves al proclamar que es el “modelo más igualitario que he conocido” y negar su carácter bilateral, mientras A. Castells (el encargado por el PSC y el Tripartito para la ocasión) decía que el modelo pactado entre ellos y el Gobierno (tal cual) es el mejor modelo para España y que plasma las aspiraciones estatutarias. Se está abriendo el “melón muy gordo” (expresión del gobierno de Madrid) del “federalismo asimétrico” (concepto y expresión del catalanismo y socialismo maragalliano).

De hecho, en la prensa catalana lo de la bilateralidad se da por supuesto. Un gran titular de L. V. hace unos días (el 22) decía: “Estado y Generalitat diseñan el modelo de traspasos para todas las autonomías”. El pie de foto era: “Los consellers Saura y Castells –que miran sonrientes al fotógrafo- en la reunión de la comisión bilateral en Madrid”.   

Otra patum periodística, Lluís Foix, creo que aún director de La Vanguardia, situaba las críticas al acuerdo dentro del “viejo contencioso entre España y Catalunya”, que “abre la vía a una España federal” en la “que Catalunya se pueda sentir cómoda y justamente tratada”, etc. Las críticas le parecen una muestra más de la catalanofóbia que respira el eterno centralismo madrileño y el ancestral y rancio españolismo. Este titular de El Periódico de Catalunya es aclaratorio: “La financiación agua el café para todos de Madrid y Valencia”.

El subtitular difería del titular de L. V. que anunciaba que el modelo fue aprobado por las demás autonomías sin ningún voto en contra; venía a decir que las críticas eran fruto de la catalanofobia españolista y madrileña sin mayores precisiones. El subtitular de El Periódico centraba el ataque en el PP, encarnación del anticatalanismo y del españolismo. Desde los tiempos de Vidal Cuadras, el PP y expresiones como vidalquadrismo (e incluso vidalquadrismo de izquierdas) han reemplazado a otras expresiones tradicionalmente estigmatizadoras como lerrouxismo y neolerrouxismo para identificar al españolismo y centralismo opresor. “Los bastiones del PP –empezaba diciendo ese subtitular- vetan el modelo que antes loaban por perder comba en Catalunya…”.

P. Rahola acierta en la columna en la que dice que contra el PP los nacionalistas radicales viven mejor o encuentran el pretexto para ahorrarse las argumentaciones. Lo dice no para atacar el acuerdo sino para ofrecer una justificación convincente del mismo. Estos días no he podido comprar en la librería del hospital la prensa que se considera próxima al PP (El Mundo, ABC…). Sí están La V., El P. de C., El País, Avui…, además de los deportivos. Hasta ahí llega la presión en la vida y opinión pública “a peu de carrer”.
   
Rafa N.
3/08/2009

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