Obama, uno de los nuestros

Kennedy vs. ObamaTras su gran conferencia en El Cairo, el presidente de EE.UU. ha hecho un recorrido por Moscú, Roma y Accra que probablemente será histórico

Los que recordamos al mítico John Kennedy podemos ver muchas similitudes entre la personalidad y los mensajes de ambos presidentes: jóvenes, carismáticos, reformistas, idealistas y, a la vez, pragmáticos. No obstante, cuando menos una diferencia los distingue: su origen social y su experiencia de la vida.

Kennedy era de ascendencia irlandesa, católico y miembro de una familia de millonarios. Si bien su religión parecía ser entonces una dificultad para ser elegido presidente, en lo demás todo eran facilidades: pertenecía al establishment norteamericano.

Obama, en cambio, es todo lo contrario: nada en su vida hacía prever que pudiera llegar a presidente. Sin embargo, paradójicamente, es precisamente su azarosa vida la clave de su atractiva personalidad. En efecto, Obama es un norteamericano peculiar.

De padre keniano y madre de Kansas, separados cuando Barack tenía dos años y fallecidos a edad temprana, pasó su infancia en Yakarta con su padrastro indonesio. Ahora Obama tiene hermanos en Kenia y en Indonesia.

Tras estudiar la segunda enseñanza en Honolulu, residencia de su abuela materna, vive después un tiempo en Los Ángeles, obtiene la licenciatura en Ciencias Políticas por la Universidad de Columbia (Nueva York), ejerce de organizador comunitario en los barrios pobres de Chicago, consigue el título de doctor en Derecho por la Universidad de Harvard (Massachusetts), es abogado y profesor de derecho de nuevo en Chicago, senador en el Congreso de Illinois en 1996 y, finalmente, en el 2004, senador federal en Washington.

Todo ello en cuarenta y tres años. Una acelerada trayectoria vital sólo explicable por el talento y el esfuerzo, quizás como tantas otras vidas, pero con una particularidad especial: Obama es el producto de una mezcla de culturas, religiones, clases sociales y experiencias vitales muy diversas.

Sus ideas, su personalidad intelectual, no están conformadas sólo por los estudios, no es el resultado de una enseñanza universitaria y libresca, sino es el producto de su vida misma: Kenia, Kansas, Indonesia, Hawái, California, la Costa Este, Harvard y Columbia, los barrios pobres, los barrios negros, los barrios ricos, la política estatal, la política federal.

Su experiencia vital es la base de la formación de su carácter y es el valor añadido a su preparación académica, profesional y política. Todos estos factores sin duda dieron credibilidad a Obama ante los norteamericanos.

Ahora, algunos de estos factores pueden contribuir poderosamente a que otras partes del mundo le otorguen confianza. Por ejemplo, los musulmanes: convivió de niño con ellos en Indonesia, donde todavía viven sus hermanos.

También los africanos, porque, en cierto modo, es y se siente uno de ellos y allí viven también otros hermanos y demás familiares. En este sentido, Obama tiene condiciones para ser el primer líder global. Y no por el hecho de ser el presidente de Estados Unidos, un país con prestigio ante muchos ciudadanos del mundo, sino por sí mismo, porque muchos ciudadanos del mundo lo pueden llegar a considerar “uno de los nuestros”, una persona que suscita una empatía especial debido a su poliédrica personalidad africana, musulmana, protestante, anglosajona, rica y pobre, además de norteamericana.

Sólo así pueden comprenderse los mensajes de su reciente gira por el mundo. En El Cairo predica respeto y tolerancia religiosa, en Moscú critica la corrupción y liga la prosperidad económica a Estado de derecho, en Roma sostiene ante los países del G-8 que lo adecuado a la realidad actual es el G-20 y en Accra les dice a los africanos que la herencia colonial ya no es la causa de sus actuales males.

Se permite, pues, criticar sin ofender. ¿Cómo se presenta, por ejemplo, ante los africanos? Como un africano más: habla desde dentro, con la pasmosa seguridad de quien forma parte de la tribu: “Mi familia tiene la misma historia de tragedias y triunfos que la larga historia de África. Mi abuelo fue un cocinero para los británicos en Kenia a quien, pese a ser un viejo respetado entre su pueblo, sus jefes siempre llamaron boy (muchacho, mozo, criado). Mi padre criaba cabras en una pequeña aldea”.

Y, una vez esto ha quedado bien claro, les habla del futuro y apela a su responsabilidad: “Pero el mundo será tal como vosotros lo construyáis (…) Es fácil señalar con el dedo y culpar [al colonialismo de todos los problemas (…) Pero Occidente no es responsable de la destrucción de la economía de Zimbaue o de las guerras en las que alistan a niños como combatientes (…) Ningún país va a crear bienestar si sus líderes se dedican a enriquecerse, si la policía se vende a los traficantes de drogas. Nadie va a querer vivir en una sociedad donde el imperio de la ley da paso a la brutalidad y la corrupción (…) Recibisteis la herencia de la libertad, ahora tenéis que construir sobre esta herencia”.

Este lenguaje es insólito en política internacional. Quizás Obama, como dicen, es un ingenuo que pronto se dará de bruces con la cruda realidad. Quizás. En todo caso, el estilo es nuevo y sólo una personalidad como la suya, el hecho de que tantos puedan considerarlo “uno de los nuestros”, permite que sea creíble esta nueva forma de hacer política.

Francesc de Carreras

La Vanguardia (16.07.2009)

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