Una ojeada por el retrovisor

Robert McNamaraRecordar nuestro modo de afrontar lo de Vietnam nos ayudaría a entender en qué mundo vivíamos

Hay muertes que evocan una época. Ocurre cuando el personaje que desaparece ha sido un protagonista de excepción de un periodo de la historia que nos ha tocado vivamente, y cuyo nombre, con tan sólo citarlo, nos retrotrae varias décadas, cuando él ordenaba el universo, o más bien lo desordenaba, y nosotros le veíamos a lo lejos como el poder por excelencia, el poder con mayúsculas, del cual dependía no sólo nuestro inmediato presente sino la suerte del planeta en su conjunto. Quizá no fuera tanto, pero a nosotros nos lo parecía, y aunque el tiempo tiene la virtud de achicarlo todo, salvo la estupidez, que es irreductible y aumenta con los años, echarle una ojeada al retrovisor fue como una reacción inmediata al enterarme de la noticia. Robert McNamara ha muerto. Él, que contribuyó a segar tantas vidas, murió de viejo en su casa de Washington, a los 93 años.

La historia del pasado, de nuestro pasado, cada vez se parece más a esas cajas rusas, las matrioskas. Nuestra historia personal, generacional, es como una matrioska.

A la inmensa mayoría de gentes de mi generación y asimiladas no les dirá nada Robert Mc-Namara, y sin embargo para algunos, quisiera pensar que un buen puñado, ese nombre encierra a su vez otra figurita que dice John Fitzgerald Kennedy, y luego otra donde se lee Bahía de Cochinos, y otra más que dice crisis de los cohetes de 1962, y así sucesivamente, pasando por Lyndon B. Johnson, hasta llegar a una matrioska pequeñita que encierra en sí todo un mundo y que se decía Vietnam.

A Robert McNamara le dedicaron los versos más truculentos e infelices poetas muy grandes como Neruda e Hikmet, por decir algunos que me vienen a la memoria y por no citar otros españoles perfectamente olvidables. No hubo ningún redactor de panfletos de entonces, cuando este arte nefando de la literatura constituía una manifestación libre del pensamiento, que no le dedicara un párrafo insultante.

No exagero si digo que McNamara fue el hombre más odiado y temido en su condición de ministro-secretario de Defensa de Estados Unidos bajo las presidencias de Kennedy y Johnson. Quizá no hay otra figura que represente de manera más fidedigna uno de los lados de la barricada durante los borrascosos años sesenta, esa década en la que todo parecía posible y donde nada ocurrió conforme a nuestras pretensiones, digamos que felizmente, sin entrar en mayores detalles. Salvo una cosa, trascendental, que sí se cumplió: la victoria de Vietnam en la que sería la primera derrota del imperio más poderoso de la tierra.

Una guerra terrible que costaría la vida de millones de vietnamitas y casi cincuenta mil norteamericanos, y que iluminó con una luz tenebrosa nuestra adolescencia política. Vietnam fue como una herida sangrante expuesta al público y donde no había posibilidad de cerrar los ojos. El gobierno de Estados Unidos llevó a cabo una guerra de exterminio y fue derrotado por un pueblo pobre en lo que constituye una de las hazañas del siglo XX, y donde se dio la paradoja, casi inédita hasta entonces, de que la barbarie la representaba el país más civilizado del orbe y la dignidad la asumía uno de los pueblos más humildes.

La vida y el mundo de Robert McNamara, promotor y organizador de esa guerra, cambió a partir de la experiencia de Vietnam y no tardó en reconocer que toda aquella superchería de la carrera de armamentos y el dominio absoluto de la técnica había sido una atrocidad sin paliativos. ¿Y nosotros? ¿Qué significó aquella guerra? ¿Nos hizo cambiar algo, nos enseñó algo, aprendimos?

No sé si sería posible echar una mirada por el retrovisor e ir abriendo nuestras matrioskas generacionales. Más de uno podría interpretarlo como una provocación. ¿Qué hacía y opinaba usted, caballero asentado y liberal de toda la vida, sobre la guerra de Vietnam? ¿Y qué hacía frente a ella? Echar una ojeada por el retrovisor tiene un inconveniente que conocen muy bien los conductores. La precaución ante los ángulos muertos.

Oficialmente en España nadie se oponía a la invasión norteamericana de Vietnam. Fuera de los silencios, no sería fácil demostrar que en la prensa oficial – es decir, la que se vendía en los quioscos-había posiciones divergentes. Por eso nuestros ángulos muertos son tantos que corremos el peligro de estrellarnos. Había una línea general favorable a Estados Unidos; tan general que resultaba apabullante. Bastaría decir que detrás de los vietnamitas-Vietcong, en el lenguaje de la época-estaba el comunismo internacional, lo cual colocaba a cualquier oponente en la tesitura de ser considerado compañero de viaje,término burlón y sarcástico hoy, y calumnioso entonces.

Desconozco si algún estudiante de historia o de periodismo ha osado hacer alguna tesis sobre el impacto de la guerra de Vietnam en la España del franquismo. Lo creo poco probable, por razones más vinculadas a la provisión de cátedras de historia y periodismo durante la transición y hasta ahora mismo que a desinterés del alumnado. Las inclinaciones de los estudiantes por la historia están directamente mediatizadas por el escoramiento de los profesores hacia lo que les interesa a ellos investigar y, sobre todo, lo que no les interesa de ninguna manera que se investigue. Pero sería revelador un acercamiento a este tema: la guerra de Vietnam en la prensa y en la sociedad españolas de los años sesenta. Exactamente el periodo que va del incidente en el golfo de Tonkín – un montaje norteamericano programado por el equipo de McNamara para justificar la intervención directa de tropas estadounidenses-a la invasión y los bombardeos masivos del territorio vietnamita.

Porque estamos ante la singularidad histórica, una más de las nuestras, según la cual sabemos con pelos y señales la evolución del pensamiento político de Robert McNamara desde que asume la secretaría de Defensa en Washington hasta que la abandona a comienzos de 1968, e incluso lo que es más revelador, el proceso posterior de autocrítica sobre su papel y sus errores, pero lo desconocemos todo sobre el nuestro. Hasta tal punto que más de un estudiante o simple ciudadano moderno se preguntará qué queremos decir al referirnos a la guerra de Vietnam. Porque en el mejor de los casos, y eso si es cinéfilo, podría hacer mención de dos extraordinarias películas, el Apocalipsis de Coppola y El cazador de Cimino.

No hay razón para pensar que un suceso que conmovió al mundo durante más de una década no hubiera afectado a nuestra vida. O quizá sí, en cuyo caso tendríamos que deducir que vivíamos en un estado de ignorancia yde abandono de nuestra responsabilidad de ciudadanos que consentiría cualquier aberración del régimen que nos gobernaba, por ejemplo, el que fuéramos súbditos y no ciudadanos. Recordar nuestra manera de afrontar la guerra de Vietnam nos ayudaría a entender en qué mundo vivíamos, y por tanto asumir debilidades y frivolidades que hoy resultan patéticas.

¿Adónde voy? Muy sencillo, si  una buena parte de la izquierda de entonces se sentía fascinada ante la lucha armada, hasta el punto de hacerla prioritaria frente a la dictadura franquista, eso consentiría la exigencia de ocultar ese pasado como única forma de no pegarse un tiro – con la pistola de juguete-ante el espejo el día que te concedieron la Creu de Sant Jordi o te nombraron de la Real Academia de la Lengua Española. Porque o una de dos, o nos equivocábamos entonces o nos equivocamos ahora.

Incluso pudimos equivocarnos entonces y ahora. Lo que no es posible es acertar siempre. Tengo la impresión, de un tiempo acá, de que vivo entre gente que ya lo había previsto todo. Y al parecer, con éxito.

Robert McNamara, después de ser halcón de guerras y represiones, se convirtió en un notable director del Banco Mundial. Incluso tuvo el valor personal de proponer un gran préstamo a Vietnam, porque si había un país que se lo merecía era ese. Pero no lo concedieron; sus mismos colegas norteamericanos, que debían pertenecer al grupo de los que lo habían previsto todo, consideraron que era mejor otorgarlo a China. Las inversiones no tienen corazón, y McNamara demostró que lo tenía. ¿Y nosotros? ¿Qué teníamos y qué nos queda?

Gregorio Morán

La Vanguardia (11.07.2009)

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