La soledad ética de José Tomás

José TomásSi el toro de lidia fuera una cultura circunscrita sólo a Cataluña, los ruedos serían sagrados y el toro la identificación del alma nacional. Por doquier se levantarían estatuas y el Parlamento se erigiría en un coso

En algún momento del tiempo brotó de la materia inerte el pulso de la vida, y con ella se inició un lento, pero ininterrumpido proceso evolutivo hacia la biología superior y la consciencia.

En esa evolución primera, la lucha por la supervivencia era incompatible con la sensibilidad ante el sufrimiento de los demás seres. Sólo después de que la humanidad se asegurase la continuidad de la vida y los valores brotasen de la necesidad de acomodar la propia conciencia a la de los demás, apareció la conciencia del sufrimiento ajeno. Primero hacia la propia especie, después hacia el resto de seres vivos. Un equilibrio entre la tendencia natural a la piedad y la necesidad de sobrevivir. Es la filosofía de la cadena circular de la vida, una cadena infinita que hilvana la muerte de unos seres a costa de la vida de otros.

Pero la tendencia inevitable de la conciencia a evolucionar y crecer hacia estadios superiores de sutileza, podría enfrentarla a la fatalidad que la hizo posible: la necesidad de sobrevivir. Si Teilhard de Chardin tuviese razón, esa inexorable evolución de la biología hacia la conciencia nos haría incapaces de hacer daño siquiera a una brizna de hierba.

¿Se imaginan si en lugar de distraernos, nos hiciéramos cargo de los miles de millones de miedos, angustias y padecimientos de miles de millones de animalitos desgarrados por el dolor y la muerte en cientos de miles de mataderos? ¿Se imaginan si, cada vez que un ser humano se pone rimel en los ojos, captara en ese instante los horribles sufrimientos que padecen en el laboratorio conejos inmovilizados por el cuello al aplicarles en uno de sus ojos los efectos de ese producto hasta producirle úlceras, llagas, hemorragias y cegueras mientras lo comparan con el otro, para conseguir la fórmula que permita evitar esos daños en los humanos? ¿Cuántos antitaurinos se bañan por la mañana con champús seguros, inconscientes del dolor terrible ocasionado a pobres animales indefensos en salas de laboratorios?

La arena de la Monumental refleja la mítica tarde de toros, bañada en una multitud entregada. Son las 18:30 del 5 de julio de 2009. José Tomás sale al ruedo, solo, envuelto en un trapo. Pretende dibujar en el aire suspiros con la bravura libre de un toro de lidia. Todo es real, sobre todo la muerte. De los dos.

¿Han pensado alguna vez mientras degustan un solomillo tierno, cómo se consigue esa carne blanca de ternera? Jesús Mosterín nos lo dice: «Se separa a la ternerilla de su madre cuando sólo tiene una o dos semanas y más la necesita, se la introduce en un cajón de madera y se la ata de tal modo que no se puede mover, y ni siquiera tumbarse, condenada a la soledad, a la penumbra y a una alimentación antinatural y sin fibra».

El toro sale con furia, como si buscara los encinares de la dehesa donde ha pacido y vivido libre. Aún no sabe que el privilegio de dormir bajo las estrellas le ha condenado a morir en un duelo. Lo perderá casi siempre, ¿pero qué humano tiene garantizada una vida plena y una muerte rápida?

Dos huevos fritos y una pechuga de pollo. Si es a la plancha, ni siquiera engorda. Los primeros parecen fabricados en una cadena de montaje. Y en realidad es así, miles de gallinas hacinadas en jaulas de alambre dispuestas en batería y encerradas hasta el resto de sus días son degradadas a meras máquinas de poner huevos, incluso confundidas por ráfagas de luz a media noche para engañar su instinto y sobreexplotarlas. «La peor tortura a la que es expuesta una gallina en batería –nos dice el etólogo Konrad Lorenz– es la imposibilidad de resguardarse en un lugar en donde pueda hacer su puesta». Por su parte, los poyuelos son apartados de sus madres, a menudo se les corta el pico con cuchillos al rojo vivo produciéndoles horribles dolores porque entre la córnea y el hueso hay una capa de tejido blando muy doloroso. Esa mutilación es una medida comercial para que la agresividad por hacinamiento evite el canibalismo entre ellos. «El último día de su vida es el primero en que los pollos ven el sol, cuando se los saca boca abajo y a veces malheridos para ser empaquetados y cargados en camiones que los conducen al matadero, completamente aterrorizados». ¿Quién se angustia por su suerte, cuántos dejarán de comer alitas de pollo para evitar la esclavitud y la vida degradante de estos pobres seres vivos?

El toro embiste a regañadientes, la furia primera la dejó en una puja correctiva. Tiene el lomo adornado de flores y teñido de sangre. José Tomás le invita, le habla y enfrentan la mirada. No arranca, el torero se acerca y pisa el terreno del toro. La plaza enmudece. Y en un instante la suerte se torna azar. Sólo unos milímetros han separado la muerte de la vida. Público y torero son un mismo latido. La fiesta es belleza y riesgo, una y otro dramáticamente reales. Barcelona es allí emoción y se estremece.

Acaban de llegar al Parlamento de Cataluña 180.169 firmas para avalar una Iniciativa Legislativa Popular con el objetivo de prohibir las corridas de toros en Cataluña. Seguramente la noche de su aceptación a trámite, algunos de esos ciudadanos antitaurinos incluyó en la celebración cava catalán y paté francés. Me vienen al recuerdo los gansos, esas aves cuya vida se les reduce a una constante tortura por empacho. Inmovilizados, se les introduce a la fuerza grandes cantidades de maíz engrasado mediante el tubo de un embudo empotrado hasta 40 centímetros en su cuello. Así se le impide regurgitar hasta lograr enfermar su hígado y poder extraer un exquisito foie gras. Una vida reducida al sufrimiento y a la indignidad. ¡Pasan tan desapercibidos, tantos detalles, para tantos humanos!

Hoy los antitaurinos llaman asesinos a toreros y ganaderos. Nunca conocí humanos más alejados de la crueldad hacia estos bellos animales como ellos. Como no existe animal en el mundo más respetado en su ecosistema vital, como los toros. La ignorancia de esta circunstancia les lleva a no comprender por qué el ganadero que ha criado con mimo a un astado, no encuentre gloria mayor para él que el ruedo más mítico y el maestro más templado.

Los seres humanos somos muy selectivos a la hora de seleccionar los ecosistemas morales: toda nuestra alimentación y comodidad se asienta en la eliminación de miles de millones de seres vivos, pero sólo nos indignamos cuando la imagen es interesada. Si el toro de lidia fuera una cultura circunscrita sólo a Cataluña, los ruedos serían sagrados y el toro la identificación del alma nacional. Por doquier se levantarían estatuas y el Parlamento se erigiría en un coso. Seguiría habiendo antitaurinos, pero no serían mayoritariamente nacionalistas.

Antonio Robles
Libertaddigital (9.07.2009)

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