Las servidumbres de un periodista son un

Las servidumbres de un periodista son una realidad testaruda y a veces indecorosa: escribes en un medio de comunicación con responsables directivos, accionistas, posiciones editoriales, y no ingrávidamente en la brisa de los alisios. En el periodismo encaja esa concepción tan pobre de la libertad según Engels: la libertad consiste en el conocimiento de la necesidad. Sin embargo ocurre, con cierta frecuencia, que el periodista se identifica marcialmente con las necesidades y no con el doloroso ejercicio de adaptarse a ellas, es decir, de explorar sus límites. Dos periodistas admirables que siempre leo con atención y respeto, Arcadi Espada y Santiago González, llevan varios artículos refiriéndose a las fotos de Berlusconi y sus invitados en su maravillosa villa de Cerdeña. Arcadi y González han criticado, con gran alarde de ironía sangrante, la decisión de «El País», porque la vida privada de los dirigentes políticos no debe convertirse en asunto público con el obvio propósito de estigmatizarlos frente a los ciudadanos. Que Berlusconi caracolee cuanto quiera con jovencitas aerodinámicas y políticos empitonados al borde de la piscina de mármol de Carrara. Espada alude sarcásticamente a la actitud de «El País» ante «el caso Lewinsky». Con Clinton no se podía, viene a decir Espada, pero con Berlusconi sí. Y el admirable articulista y bloguero se queda muy satisfecho tras desenmascarar la inocultable hipocresía socialdemócrata. Si conocerá Arcadi Espada a los socialdemócratas; él LO FUE durante muchos años. Encuentro, sin embargo, que la comparación no es odiosa, pero sí desacertada. Berlusconi traslada a sus invitados en aviones oficiales, gracias a una ley que se hizo aprobar para ahorrarse anualmente muchísimo dinero: como la mayoría de los multimillonarios, es un pichirre mayúsculo. Los guardaespaldas que custodian su mansión, en el interior y el exterior, los paga el Estado italiano. Y las pibitas y los políticos amigos reciben regalitos que no salen de los bolsillos de Il Cavaliere. Los bonchos de Berlusconi -se dedique el primer ministro a mirar, a cantar o a excretar en el transcurso de las fiestas- no le salen precisamente gratis a sus conciudadanos. Claro que en el accionariado de «El Mundo» está presente capital italiano que no es ajeno a Berlusconi. Arcadi y González no lo cuentan, seguramente, por un respeto nada socialdemócrata al lector.

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