¿La venganza puede ser bella?

Imagen de un campo de concentración naziEliahu Itzhovitch estaba presente cuando mataron a su madre, a su padre y a sus tres hermanos

Tenía por nombre Eliahu Itzhovitch, lo que nos acerca a algunos rasgos obvios de su tejido familiar. Rumano y judío. Debía de haber nacido hacia los años treinta, es decir cuando su país vivía el borrascoso periodo de la efervescencia fascista, con la Guardia de Hierro de Codreanu y Horia Sima, tan cara entonces a personajes importantes de nuestra cultura como Cioran y Mircea Eliade. Tratándose de un niño judío no debió de serle fácil aquel ambiente de pogromo permanente que para él y su familia desembocó en la dictadura del mariscal Antonescu y la adhesión a la Alemania nazi. Poco importa la historia en este caso; hizo las veces de telón de fondo en una tragedia que abarcó a una familia, un puñado de nombres que no cabe meter en la estadística mortuoria. La palabra genocidio ha perdido su fuerza porque se ha vulgarizado tanto que cualquier simple apela a ella como mantra de su pereza mental, y así resulta que toda represión parece ejercicio de genocidas, y el exterminio masivo y manifiesto se achica y vulgariza. Cada vez que se pronuncia la expresión «genocidio cultural» debería pagarse un canon por trivializar el crimen.

Eliahu Itzhovitch, rumano y judío, tenía diez años cuando deportaron a toda su familia. Probablemente los llevaron a aquellos campos de concentración de tránsito que se improvisaron en las zonas de dominación del III Reich, auténticos apeaderos asesinos, donde se les preparaba para el largo viaje hacia los grandes centros de tortura y muerte. O quizá fueron sencillamente, si es que puede utilizarse esta palabra, detenidos en su propio pueblo y puestos bajo la férula de la soldadesca colaboracionista. Lo único que sé es que Eliahu Itzhovitch estaba presente cuando mataron a su madre, a su padre y a sus tres hermanos. No se lo contaron, ni les reconoció cuando estaban ya muertos. Él estaba allí y lo vio con sus propios ojos. Los tuvo delante y presenció cómo una misma persona los iba matando, uno a uno. A cualquier edad eso te cambia la vida. Desde entonces hay un antes y un después, o quizá ni eso, porque todo se convierte en algo borroso salvo esos instantes, sucesivos, de ver morir a tu madre, a tu padre y a tus tres hermanos. Esa fulminante morosidad del dolor. El crimen supremo, que no me cuesta imaginar que debe consistir en presenciar el asesinato de los que más amas. Ni siquiera saber que los van a matar y que tú no puedes remediarlo sino que estás delante, que lo vas a presenciar y que debes correr porque el último vas a ser tú. Es el único privilegio que te concede el destino, que al ser el más pequeño te regalan unos minutos más de vida. Pero hay algo más que es preciso subrayar.

El crimen vulgar e incluso el crimen mafioso se ejecutan mudos y rápidos porque lo importante es dejar constancia de la muerte, de la liquidación. Tiene que quedar patente el carácter irreversible del crimen. Por eso insisten siempre en rematarlos, para garantizar que están «bien muertos», que son irrecuperables. Sin embargo el crimen político, aquel que se realiza por razones raciales, patrióticas o ideológicas, exige, cuando se ejecuta con impunidad, una cierta prepotencia verbal. Necesita del discurso. Por más zafio que sea, siempre hay discurso. Basta una frase, un improperio, un insulto, una blasfemia.

Los asesinatos políticos parecen demandar al criminal que les ponga un imperdible con el lema. Es su modo de dejarlos «bien muertos».

No creo que haya ni un solo liquidado en las cunetas o los paredones de nuestra guerra incivil que no haya sido rematado con una palabra despreciable. No sé cuáles debieron ser las que oyó Eliahu Itzhovitch, o si llegó a oírlas mientras huía, pero de seguro que no las necesitó para que le quedaran fijos, grapados – de grapa-en su memoria, los interminables instantes de la muerte. Primero el padre, luego la madre – en los crímenes políticos, los hombres siempre van delante-y por último los chavales, de mayor a menor. Así es el ritual. Lo cumplió uno de esos fascistas locales que al fin había conseguido la máxima categoría que se le concede a un verdugo voluntario: la posibilidad de decidir sobre la vida de los demás. Pongamos que se llamaba Roman, un nombre común entre la ciudadanía rumana.

Con diez años y te han cambiado la vida. Te la han cambiado tanto que a punto has estado de perderla. Eliahu consiguió huir y vagar por esos mundos dantescos que son los territorios de las guerras para los niños huérfanos. Lo recogió una familia cristiana. Con ella vivió en la Rumanía de posguerra, primero corrupta monarquía y luego brutal República Popular bajo control soviético. Aunque la información de que dispongo señala que emigró a Israel en 1952, debe tratarse de un error. A menos que consiguiera escapar no creo que fuera posible abandonar Rumanía, ni a Israel ni a ninguna parte, hasta después de marzo del 53 que murió Stalin. Pero da lo mismo. Eliahu Itzhovitch llega a Israel y lo incorporan al ejército. Es entonces cuando tiene noticia de que Roman, el hombre que mató a los suyos, ha logrado sobrevivir a todo y se ha enrolado en la Legión francesa. ¿Cómo le llegó el soplo a Eliahu? ¿Una carta desde su pueblo? ¿Alguna confidencia de otro paisano rumano y judío? Caben todas las posibilidades de la imaginación, pero todas muy sencillas; nada de grandes operaciones de servicios de espionaje, ni de cazafascistas con sede en Viena. Nadie sería capaz de seguir a Roman, un fascista de menor cuantía, si no fuera por la ansiedad de liquidarle. Mientras él esté vivo, Eliahu no tiene vida más que para eso. Como si necesitara matarlo para poder sentir que tiene derecho a vivir. No es una obligación, pero se parece mucho a una necesidad.

El ejército de tierra israelí ofrece pocas posibilidades de viajar, por eso solicita cambiar de cuerpo y se hace marino. Deserta, cruza Italia y llega a Francia. Ahora ya es posible inscribirse en la Legión francesa, allí donde puede encontrar a Roman. ¡Menudo sitio, la Legión Extranjera de los años 50! Indochina, destino obligado. El ejército colonial francés es derrotado por los vietnamitas en Dien-Bien-Phu. ¿Fue entonces cuando encontró Eliahu Itzhovitch a Roman? Era el año 1954 y debió de pasar algún tiempo hasta que consiguió que le destinaran en la misma compañía. ¿Se conocieron? No es probable que el verdugo recordara a quien apenas era un niño. Lo que sí es seguro es que el rostro de Roman estaba grabado a buril, imborrable, en la mente de Eliahu.

Ya estaban juntos. Ahora les tocaba a ellos matar vietnamitas. O morir en la más estúpida de las guerras que es la que haces cuando no te queda otro remedio que aceptar tu muerte. Es sabido que los verdugos no se suicidan si pueden evitarlo. En general tienden a convertirse en soldados de fortuna, que es una fórmula que sirve lo mismo para un mercenario que para un sicario o un guardaespaldas. Ahora se trataba de encontrar el momento idóneo para ejecutarlo. ¿Qué lugar más adecuado que el frente de combate para liquidar a un compañero? Es un territorio donde se mata por obligación y nadie pregunta de dónde vino el tiro.

No cabe ningún tipo de piedad; ni el tipo la alimenta, ni el lugar la consiente. ¿Emoción? Quizá, pero sobre todo ansiedad. No creo que provocada por encontrarse a Roman sino porque después de tanta peripecia había llegado el momento de no fallar, de no errar el tiro, de no descubrirse y que se le fuera la presa. Nada que ver con la satisfacción del cazador, aquí estamos hablando de algo íntimo, nada generalizable. Eliahu Itzhovitch tenía una familia y en esa familia había un padre, una madre y tres hermanos, y dejó de tenerla porque un día Roman decidió matarlos – no importa que le hubieran dado una orden, o no- el que los asesinó fue él y con toda seguridad se tomó su tiempo y dijo sus palabras de desprecio antes de descerrajarles unos tiros. No hay disculpa posible y por eso lo ha buscado desde entonces para cumplir una necesidad imperiosa, aplastante. La evidencia de que él no podría vivir mientras supiera que Roman seguía vivo e impune. «Lo maté como merecía», dijo a los jueces. Había abandonado la Legión francesa y vuelto a Israel. El tribunal lo condenó sólo a un año de prisión impresionado por la gesta. Hay jueces que incluso son personas. Lo leí en un periódico francés en el 50. º aniversario del suceso.

Gregorio Morán 

La Vanguardia (6.06.2009)

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