Las manzanas de Séraphine

Carátula de la película SéraphineLo que impresiona de la trayectoria de Séraphine Louis es su creatividad desbordante

Qué hermosa película es Séraphine! Sencillamente hermosa, por más que sea dura y acabe mal, y esté cargada de matices subrayados por un tempo lento que en ocasiones la convierten en una pieza teatral para una gran actriz; con pocos personajes y un fondo de naturaleza empapada de quietud. Si tiene usted el privilegio de vivir en una ciudad donde aún queden cines, no se pierda Séraphine,un filme de Martin Provost. Modelnos de Star Trek y consola, abstenerse. No hay sangre, ni misterio, ni situaciones para el pasmo del espectador funcionario, ese que asegura «ir al cine para distraerse, porque bastantes preocupaciones te da la vida». El hecho de que esté pasando entre nosotros sin pena ni gloria contrasta con el éxito de crítica – desconozco si también fue de público-que obtuvo en Francia. Siete premios César – los Oscar del cine francés-son algo insólito incluso en el país que inventó el chovinismo.

Cuenta la historia de Séraphine Louis, una señora de bajísima extracción, casi analfabeta, de profesión criada de servir,que se decía antaño, cuya sensibilidad artística hacia la pintura la convertirá en un personaje importante dentro de lo que se ha dado en llamar pintores naif,que tuvieron en Francia y en el aduanero Rousseau su personalidad más cualificada y prestigiosa. Estamos hablando de la pintura francesa a caballo de dos siglos, el final del XIX y el comienzo del XX, periodo único, se puede decir con absoluta seguridad, en la historia de la pintura europea por su riqueza, variedad y ruptura con todo lo que se había hecho antes. Ella pasaría a la historia de la pintura, si es que se puede definir así a quien apenas alcanza una nota a pie de página, con el nombre de Séraphine de Senlis (1864-1942). No conozco su obra pictórica, sólo una fotografía, fechada en 1920, la única que al parecer se conserva, donde se ve a Séraphine con la paleta en la mano, al lado de una de sus telas.

Lo que impresiona de la trayectoria de Séraphine Louis no está tanto en su trabajo artístico como en todo lo que rodea la creatividad desbordante de una mujer de complejísima sencillez, de violenta ternura, de hedonista religiosidad, de pasional amor a la naturaleza, es decir, de todas las paradojas posibles yque podríamos ir añadiendo hasta llegar a la más obvia, la que desembocó en la locura. La criada de servir, la asistenta a domicilio, o como se dice en catalán, en equívoca expresión, mujer de hacer faenas,no es una artista en el sentido convencional que tiene esa palabra. Lo suyo es más simple y al tiempo representa la máxima complejidad del ser humano. Ella necesita pintar.

Lo suyo no es una vocación artística, por tomar la expresión tópica, sino una obsesiva necesidad de pintar. Tan es así que, falta de mayores recursos intelectuales, lo entiende como una llamada de lo más alto,que dada su singular personalidad y su humildad sentida, no puede interpretarse como obra de Dios; algo fuera de su alcance y pretensiones. Ella baja el escalafón hasta los ángeles. Los ángeles, también divinos, que rodean a la Virgen. En el inteligente guión del filme se incluye un diálogo, tan natural como surrealista, que ilumina la peculiaridad del personaje. Pasmada ante el marchante Wilhelm Uhde, que confiesa no ser creyente, le pregunta con gesto de asombro: «Que usted no crea en Dios puede ser hasta posible, pero ¿en la Virgen? ¿Verdaderamente no cree usted en la Virgen?».

Y aquí entra en nuestro particular escenario la figura de Wilhelm Uhde, el marchante. Si no hubiera existido el personaje, y alo que parece, bastante más complejo y contradictorio de como nos lo presenta la película, creeríamos que estamos ante una invención de los guionistas. Sobre Séraphine Louis existen un par de trabajos – una biografía y un estudio psicoanalítico, que yo sepa-;basta el hecho de fallecer en un psiquiátrico para que se muestren más interesados los médicos y los escritores que los historiadores del arte, pero de Wilhelm Uhde no estoy al tanto más que de su autobiografía. Debió de ser un personaje complicado en una época en la que los marchantes tenían personalidades fuertes, equiparables a los grandes artistas. Sucedía también en el mundo de la literatura; los grandes editores de la primera mitad del siglo XX son figuras dignas de ser retratadas como auténticos creadores.

Siguiendo el hilo de Wilhelm Uhde uno se encuentra con buena parte del mundo artístico del primer tercio del siglo XX. Picasso le hizo un retrato cubista muy bonito hacia 1910, antes de que rompieran relaciones. Alimentó la economía de Braque y puso en circulación el mundo de los naif, expresión que él detestaba y que gustaba llamar modernos primitivos.En el filme se cuela una reflexión artística de Uhde llena de sentido y sobre la que me confieso interesado desde hace muchos años.

¿Eran ingenuos los artistas del románico?, pregunta Wilhelm Uhde. Y es evidente que no. Bastaría la riqueza erótica – la desvergüenza pornográfica, para ser más precisos-de los escultores eclesiales en esa cuña de la España antigua formada por Cantabria y Palencia.

¿Qué es un pintor naif? Todo, menos un ingenuo. Sin embargo, hay como una simpleza en la gente, en este caso evidentemente naif, que la contempla como pintura inocente, cándida. Ese mismo candor que algunos creen ver en la Alicia de Carroll y que a mí siempre me ha producido una desazón fácilmente explicable, que no viene al caso.

Si hay algo de chiste cruel en un filme tan sugerente como Séraphine está en el esfuerzo por señalar la singularidad del artista frente al diletante. La obsesión de Séraphine por pintar alcanza lo patético, porque ella no parte de nada que no sea su primitivismo cultural, religioso, místico.

Y sin embargo esa obsesión, que en un montón de pintores amateurs no es más que asunto privado, alimentador de frustraciones y visitas al psicoanalista, en el caso de Séraphine es arte. Cosa que ella no sólo desconoce sino que la sorprende, gratamente por supuesto, porque es inteligente y conoce, o intuye, las categorías. No es lo mismo tener la costumbre obsesiva de pintar – inclinación humana de lo más inocente aunque la compartieran tipos como Churchill, Hitler o Franco-,sino que además eres un artista, un creador. ¿Y quién decide eso? Pues la más simple de las respuestas: la sociedad.

La plasticidad cómica del encuentro entre un hombre de gusto, refinado y experto, como Wilhelm Uhde, que había estudiado en Italia antes de instalarse en París, nacido en tierras polacas, entonces parte del imperio prusiano, ese Uhde, homosexual, frío, oculto siempre tras las apariencias, en el acto de cenar con las fuerzas vivas de una pequeña población del centro de Francia, es un momento estelar en el filme.

Porque en las actitudes elitistas de esas gentes barnizadas de una cultura tradicional, impostada de las clases que la Revolución Francesa ha tamizado, está el dogma, la vulgaridad de las creencias fidedignas, la superioridad del canon sobre el talento, y por supuesto, la vanidad de los mediocres autosuficientes.

Por eso las manzanas pintadas por Séraphine, que descubre Wilhelm Uhde en la espantosa cena social con las inteligencias locales, son una radiografía de la sensibilidad. A él le honra el ojo maestro, ese golpe de visión que detecta la diferencia entre lo banal y lo esencial. Los demás no cuentan; ganado de lujo, criado con esmero y en cautividad. Pero ¿y ella? ¿Cuál es su secreto? Ni lo sé, ni aspiro a saberlo, lo único que puedo decir es que nosotros, los que escribimos, trabajamos con algo tan común como las palabras. Sofisticadas o pedestres, en prosa o verso, no pueden escapar de sí mismas. Pero la pintura es otro lenguaje y no tiene límites.

¿Por qué siento envidia ante las manzanas de Séraphine? Porque son arte que no necesita de las palabras para serlo, y eso las hace invulnerables. Las palabras mueren, las imágenes no. O al menos, eso creo.

Gregorio Morán

La Vanguardia (30.05.2009)

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