Punto y seguido

Juan-Antonio CorderoCualquiera que haya seguido mínimamente la génesis, el discurso y la acción política de C’s desde las fechas del Primer Manifiesto, y lo haya hecho sin prejuicios, tiene derecho a sentirse confundido, por decirlo con suavidad, ante el traumático viraje decretado por la dirección con motivo de las próximas elecciones europeas. Como es sabido, tras agotar definitivamente los intentos de entendimiento con la otra gran fuerza progresista y no nacionalista española, UPyD, la dirección de C’s ha optado por dar media vuelta y embarcar al partido en una extravagante coalición electoral cuyos compañeros de viaje desmontan con metódica crudeza todos y cada uno de los principios y las bases sobre los que se ha construido el proyecto político de Ciudadanos desde 2005.

Una coalición electoral es un objeto político delicado. Por un lado, hermana a formaciones políticas que se reconocen como distintas; por otro, obliga a los votantes a no distinguir entre ellas a la hora de escoger a sus representantes. Existen diferencias, se viene a decir, pero tan irrelevantes que serí­a redundante presentarse por separado. Detrás de una coalición electoral, por tanto, hay siempre una comunión de prioridades, una mirada común sobre los diagnósticos y una muy amplia afinidad en los proyectos políticos, que son, al final, los que se someten al examen de las urnas. No es de extrañar, por ello, el malestar en el seno de C’s ante los compañeros de viaje que se han ido añadiendo a la travesía europea. Ya la inclusión en la coalición de la formación leonesista Unión del Pueblo Salmantino desencadenó en su momento un tenso debate por la incompatibilidad del leonesismo, como ideología identitaria, con los valores y los ejes de la acción política de C’s. La verdadera fractura, sin embargo, vino con la sorpresiva adhesión de C’s a la candidatura “pan-europea” de Libertas, la plataforma euroescéptica del multimillonario irlandés Declan Ganley. Tanto por la forma (la coalición se presentó en público antes de que el Consejo General pudiera siquiera valorarla, y cuando lo hizo, se limitó a validar el hecho consumado tras un exhaustivo debate de… ¡16 minutos!) como por el fondo, esta alianza supone un atropello sin precedentes y una completa desfiguración, rayana en la inversión, del proyecto de C’s.

En efecto, para un partido que siempre se ha definido como sinceramente europeísta y comprometido con el proceso de construcción de la UE, la alianza con Libertas es un contrasentido. Libertas surgió en 2005 para evitar que Irlanda ratificara la Constitución Europea, y el éxito en el empeño animó a su creador a lanzarla a escala continental. Así lo ha hecho para estas elecciones europeas, reconvirtiéndola de hecho en una suerte de Internacional de la reacción antieuropea cuyo ideario explícito se reduce a una combinación de populismo, oportunismo y demagogia anti-Bruselas que resulta realmente indigesta cuando se aparta la hojarasca vacía. Una hojarasca entre la cual resultan especialmente cínicas las protestas de europeísmo de los portavoces de Libertas; así como los intentos de disfrazar su patrioterismo y su fobia a la construcción federal de la UE con vagas apelaciones a valores tan nobles como “democracia”, “transparencia” o “rendición de cuentas”. Nobles y cada vez más urgentes, pero sin ninguna credibilidad en boca de los señores “No” de la construcción europea. Y es que todo lo que el discurso oficial de Libertas pueda tener de calculadamente ambiguo, amable, moderno, plural y pro-europeo se disuelve como un azucarillo cuando se examina la naturaleza, perfectamente inequívoca y reconocible, de los partidos reconvertidos en “secciones” de Libertas a lo largo y ancho del Continente. Hay que recordar que Libertas se presenta como “el partido pan-europeo”, así que en ese ámbito habrá que valorarlo. Dentro, pues, de esta candidatura pan-europea en la que la dirección de C’s ha embarcado al partido, se encuentran formaciones como la Liga de las Familias Polacas, antisemita, homófoba y considerada como integrista católica por el propio Vaticano, el soberanista y tradicionalista Movimiento por Francia (MPF) del vizconde De Villiers, colindante con la extrema derecha y acusado de xenofobia, o “La Destra” (“La Derecha”) italiana, escisión (más) radical de la Alianza Nacional posfascista. Estas tres formaciones son las únicas afiliadas a Libertas que hoy ya están presentes en el Parlamento Europeo: las dos primeras se adscriben al grupo parlamentario anti-UE “Independencia / Democracia”, mientras que la tercera se encuadra dentro de la “Unión por la Europa de las Naciones”, igualmente soberanista. ¿Europeísmo? La coalición en la que se ha embarcado C’s no es sólo populista y alérgica a cualquier asomo de federalismo europeo, sino que sirve de vistoso cobijo a las ideologías más reaccionarias, premodernas e intransigentes de Europa.

¿Qué hace un partido laico como Ciudadanos de la mano de formaciones confesionales, puritanas e integristas religiosas? ¿Qué comparte un partido no nacionalista como C’s, con fuerzas que basan su discurso político en el rechazo al extranjero y la exaltación más zafia del sentimiento identitario? ¿Qué tiene en común C’s, que se ha definido como un proyecto heredero del socialismo democrático y el liberalismo progresista, con una amalgama de formaciones tan antiliberales como antisocialistas? ¿Qué afinidad ideológica, programática, política, en fin, justifica que C’s permanezca en una coalición pan-europea cuyos miembros representan todo aquello que Ciudadanos dice combatir, y hasta ahora ha combatido? C’s surgió como una propuesta política de progreso basada en la ciudadanía, que reivindicaba el legado de las revoluciones liberales, sociales y democráticas del siglo XIX. Era, en ese sentido, un proyecto preocupado por las personas, sus derechos y sus libertades, y no por la tribu; que apelaba a la razón y no al sentimiento o al miedo; comprometido con la modernidad y no con la nostalgia de ningún pasado idealizado. Un proyecto que quería ensayar otra forma de hacer política, capaz de renunciar a la demagogia, al oportunismo y al populismo de bajos vuelos. Y su acción política, hasta ahora, había sido coherente con esas posiciones: en el Parlamento, en los ayuntamientos, en nuestras movilizaciones, en las grandes decisiones, lo dicho ha estado siempre en línea con lo hecho. Hasta ahora. Porque la política de alianzas que se ha impuesto supone, también, un poderoso elemento de definición e identificación del partido: en la política, como en la vida, saber con quién se anda es una buena forma de hacerse una idea sobre lo que se es. Y la coalición europea con partidos identitarios, euroescépticos, tradicionalistas, homófonos, xenófobos, integristas, desanda ostentosamente la trayectoria política que hemos seguido desde la fundación. La niega, sitúa al partido enfrente de ella, de todos sus principios y de todos sus vectores políticos. Por la vía de los hechos, la participación de C’s en la candidatura de Libertas-Intereconomía en España supone una mutación radical de proyecto político que no puede pasarse por alto, bien hacia el oportunismo más descarnado, bien hacia un populismo reaccionario y sin escrúpulos. Por supuesto, la dirección de partido niega este extremo, y sostiene que el proyecto político de C’s permanece y va a permanecer inalterado, reconociendo que nuestros nuevos compañeros de viaje se encuentran “en nuestras antípodas”. Pero, estando en nuestras antípodas en lo social, en lo político, en lo económico, en lo europeo, ¿qué sentido tiene entonces una coalición con ellos? Se aduce entonces que la coalición es con Libertas, y no con las formaciones con las que Libertas se haya asociado en cada país. Pero, ¿qué es Libertas sino la agregación de todas esas formaciones, de todos esos discursos? Al margen de sutilezas retóricas y lógicas, el intento de lavarse las manos de lo que diga, lo que haga y lo que sea nuestra coalición en otros países no es de recibo cuando se está pregonando a los cuatro vientos la supuesta vocación de “primera candidatura pan-europea” de Libertas, y no casa tampoco con el más elemental sentido de europeísmo, que no es otro que el de no considerar ajeno nada de lo que pase en Europa. Encaja, en cambio, perfectamente, con la euroaversión que demuestra la trayectoria política, más allá de discursos vacíos y brindis al sol, de Libertas y de sus fuerzas políticas asociadas. Lo cual nos lleva, de nuevo, al principio. En realidad, dejando de lado consideraciones, por así decir, estrictamente prosaicas, logísticas y pecuniarias, no se ha puesto sobre la mesa ningún argumento propiamente político a favor de sumarse a una coalición tan extemporánea como ésta. Quizá porque no los hay, o quizá porque los hay pero no son defendibles. En estas circunstancias, no puede sorprender que esta cuestión haya conseguido literalmente romper el partido. Con un apoyo a la coalición de menos del 52% de los miembros del Consejo General (máximo órgano político del partido), el abandono de dos de sus tres diputados y la mayor contestación interna desde la fundación, la dirección ha situado a C’s ante una fractura orgánica y un descrédito social y político que parece irreversible, independientemente del resultado electoral de su apuesta. En lo que a mí respecta, observo con estupor y tristeza cómo, sin haberme movido de las mismas posiciones políticas y las mismas convicciones personales que me llevaron, junto con muchos otros compañeros, a participar en la fundación de C’s y en la definición de su proyecto político, la actual dirección del partido se sitúa de repente en posiciones, en trincheras y en compañías que no sólo me resultan ajenas, sino que no puedo dejar de denunciar y de combatir políticamente, como socialista, como no nacionalista, como demócrata y, desde luego, como europeísta. Hace cuatro años, un grupo de intelectuales puso la primera piedra de una iniciativa cívica y después política que ha resultado histórica para Cataluña y para toda España, tanto por su desarrollo directo como por la amplitud de sus ecos en otros ámbitos. Confluyeron, confluimos entonces en C’s ciudadanos preocupados por la calidad de nuestro sistema institucional y democrático, atraídos por la promesa de la ciudadanía, hartos de la asfixiante hegemonía nacionalista e identitaria en regiones como Cataluña o el País Vasco, indignados ante la traición de la izquierda oficial y su complicidad con proyectos identitarios, excluyentes y profundamente reaccionarios. Independientemente del rumbo actual del partido, estos cuatro años han descubierto la potencia del impulso político que lo sostuvo: los éxitos y avances conseguidos evidencian que no sólo era deseable, sino también posible y sólido. La ilusión y las esperanzas que consiguió movilizar en la ciudadanía muestran hasta qué punto era y sigue siendo necesario. Y ellas, y la magnitud de los retos por afrontar son suficientes razones para sobreponerse a las dificultades, más allá de las siglas, y seguir construyendo un futuro por escribir. 

 

Juan Antonio Cordero Fuertes es ex militante y ex consejero general de C’s, y fue coordinador del Programa Electoral para las elecciones autonómicas catalanas de 2006.

 

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