Pilar Rahola y el nacionalismo aranés.

El documento que os reenvío lo he recibido de un joven amigo historiador y archivero, que, quizá por no haber conocido ni padecido en carnes propias el nacionalismo (ni en época franquista ni en democracia) y por razones de su formación, debe sentirse «impactado» por la irracionalidad y desvaríos, casi cómicos (como el Hitler de Chaplin), del discurso nacionalista llevado a extremos casuísticos.
 
Cuando uno oye hablar del conflicto con los araneses, en la Franja de Ponent, es fácil pensar en litigios localistas. Y no es así.  El caso es que muchos confunden el nacionalismo con los LOCALISMOS. No tienen nada que ver, aunque los nacionalismos suelen azuzar los localismos. Por ejemplo, el franquismo fue un régimen experto en proclamar la unidad de «los pueblos de España» y en alentar a su vez todo tipo de rivalidades locales: malagueños contra granadinos, perianenses contra alfarnateños, estudiantes del pueblo contra los que no eran estudiantes, entre los barrios de una ciudad, etc. (Un inciso que no viene ahora al caso, pero que no conviene olvidar es que la España de los pueblos del nacionalismo franquista tiene nexos ideológicos estrechos con el concepto multiculturalista -asumido en muchos puntos por los lepenistas- de la Europa de los pueblos). En la exaltación de esos localismos había además una veta machista, viril, pueblerina, que estimulaba los instintos más chabacanos.

 Hay, además, ciertas reivindicaciones locales (locales, no nacionalistas) que responden a reales agravios comparativos en razón de las contradicciones de los intereses de quienes manejan el poder y de quienes lo sufren. Cuando entré por la Puebla de Don Fadrique en agosto de 1992 me topé con unas pancartas en la carretera que denunciaban con toda razón la concentración en la Sevilla del 92 de inversiones en infraestructuras (propias, para colmo, de regiones ricas y de haciendas de ricos, algo así como los del déficit fiscal catalán) y el olvido de comarcas como la del Poniente granadino.
 
Esas desigualdades se han ido agrandando desde entonces, en la misma medida que ha ido creciendo la magnitud de la burocracia autonómica y la concentración de ese magma de burócratas, organismos e instituciones, en Sevilla. Con el 9 % de la población de la Comunidad Autónoma de Andalucía, Sevilla concentra casi el 70 % de organismos, burocracia e instituciones políticas, lo que es una enormidad insostenible, teniendo en cuenta que en cada capital de las ocho provincias y en algunas comarcas hay delegaciones de ese poder institucional y burocrático centralizado en ese espejismo de los Nuevos Ministerios en que la Junta ha convertido a Sevilla.
 
La brecha con la sociedad se agrava (no sólo se agranda) por cuanto en Andalucía es clave el papel y el peso de las ciudades medianas (tipo Jerez, Ronda, Úbeda, Baeza, Antequera, Lucena, Priego, Utrera, Osuna, Motril y un verdadero sin fin de ellas) y que, a diferencia de Cataluña, Aragón, País Valenciano o Castilla-La Mancha-Madrid, en Andalucía no hay una ciudad claramente predominante, pues entre las varias grandes ciudades, por peso o por población, Málaga, por ejemplo, es mucho más dinámica que Sevilla y posee una movilidad social mucho mayor, en contraste con los patéticos déficit de movilidad urbana e interurbana que padece si se compara con la sobredotada Sevilla. Cada vez que miro con lupa los eternos litigios entre el Ayuntamiento de Málaga y la Junta, veo que, en la gran mayoría de los casos el Ayuntamiento lleva toda la razón en sus reclamaciones de mayor descentralización municipal, de una más equitativa redistribución de fondos europeos y de inversiones autonómicas; éstas son casi inexistentes; la mayor tajada corre a cargo de la administración central, atendiendo a la oportunidad de mantener vivo el turismo.
 
Con todo, el retraso es casi tercermundista. Todavía en plena Costa del Sol hay playas -e incluso reservas de agua potable, como ocurre con algunos pantanos- sin depuradoras en funcionamiento. Por ejemplo, ni Nerja la tiene construida, ni Torrox la tiene en funcionamiento, y son los dos grandes núcleos turísticos del extremo oriental de la Costa del Sol.
 
Lo explica la alarma ciudadana, que en una democracia puede ocasionar el vídeo que os reenvío, es que no se trata de controversias localistas sino de enfrentamientos ideológicos y políticos. El nacionalismo es ideología y una ideología con vocación de control del poder político y del espacio público en el que subvierten todos los programas de la razón ilustrada y de los supuestos democráticos. El nacionalismo genera un encadenamiento ideológico de la tierra-el territorio-la lengua y otros mitos de la tradición inventada-la identidad-los símbolos comunitarios… con la jerarquía social-el clasismo-el miedo de ciertas clases medias a contaminarse con la masa («murciana», xarnega. maketa, mora o como se le quiera llamar en cada lugar)… y la estratificación y monopolio de la vida política, hasta el punto de rozar siempre el objetivo totalitario.
 
Nacionalismo no es el patriotismo localista, el de la patria chica. Los pueblos del localismo están en otra dimensión de los sentimientos de pertenencia de la gente totalmente alejados de la sumisión a las ideologías etnicistas, historicistas, fascistoides de los sentimientos de pertenencia que auspician los nacionalistas y de su valor instrumental para el control antidemocrático de la vida política.
 
Hay dos textos, que os adjunto, de A. ARTETA y A. ELORZA, que revelan a las claras el trasfondo esa ideología nacionalista en el País Vasco, que en nada se parecen a los agravios, pongamos, de los malagueños contra los sevillanos, por mucha demagogia que medie en ellos. De igual manera, os adjunto asimismo otros textos de Jesus ROYO y algún  otro que revela asimismo el componente ideológico y político antidemocrático del catalanismo que es hoy «casa común» de la política y vida pública catalana. Por mucha demagogia, corrupción y clientelismo que ahogue la democracia y la vida pública en Andalucía, los ciudadanos siempre dispondremos de más libertad que en Cataluña o el País Vasco. Esa es la diferencia. Qué la herencia franquista lastra todo el espacio público; allí, es un cuestionamiento permanente, una negación, de la democracia.

Rafa N.
24/05/2009
Nota ACP: en breve pondremos los enlaces a los artículos indicados en el texto
Nota ACP: en breve pondremos los enlaces a los artículos indicados en el texto

Texto del correo recibido:

Hay quienes en el Valle de Arán, esa hermosa comarca del Pirineo leridano, pretenden que se le reconozca a ésta el carácter de nación. Con todas sus consecuencias.. Tan nación y tan independiente de Cataluña, como ésta pretende serlo de España. ¿O es que los araneses no tienen también derecho a
la secesión en fidelidad a la ideología nacionalista?
Así se lo soltó a la muy separatista (y escandalizada) Pilar Rahola un mozalbete venido del valle, donde 2.785 campesinos, pastores… y promotores turísticos (un 34% de la población) tienen como lengua materna una variedad dialectal del occitano, parecida al catalán.
Según la propia doctrina nacionalista habría que empezar a segregar territorios de la propia Cataluña , porque en el Valle de Arán no hablan catalán, sino aranés. ¿Serán otra nación? Vean lo que sucede cuando un joven propone la segregación del Valle de Arán con los mismos argumentos con que los catalanistas proponen la segregación de España.
La cosa sucedió en un programa de la televisión catalana. Alguien lo subtituló y lo colgó en Youtube. Pasen y vean la ceremonia de la confusión a la que puede dar lugar el nacionalismo llevado hasta sus últimas consecuencias.

Ver vídeo en YouTube: http://www.youtube.com/watch?v=ezYhUDCwDlc

 

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